El negacionismo

Foto: miguelgomezmartinez.com

Por: Miguel Gómez Martínez


¡Y Trump lo hizo! Cumplió una de sus más polémicas promesas de campaña, al anunciar que Estados Unidos se retirará del Acuerdo de París sobre el cambio climático. Firmado en diciembre del 2015, luego de veinte años de difíciles negociaciones, el Acuerdo prevé limitar el calentamiento global, producido por los gases de efecto invernadero, a dos grados centígrados por encima de los registros existentes en la era preindustrial. La decisión del gobierno estadounidense produjo conmoción internacional y puso a Trump nuevamente en el centro del huracán mediático.

La evidencia empírica, en otras palabras, aquella que es recolectada por la observación o la experimentación, está en contra de Trump. Los veranos y los inviernos son más fuertes. Las lluvias más torrenciales y las sequías más largas. Las playas se estrechan a medida que el nivel de los mares aumenta, los cascos polares se reducen y los ecosistemas están bajo muy fuertes presiones.

No hay que ser un gran científico para entender que estos desequilibrios son reales y que el modelo económico es, en buena parte, responsable de lo que está sucediendo. Consumimos y desperdiciamos demasiada energía, las exigencias de mayores productividades pueden tener impactos depredadores sobre el medioambiente y la contaminación resultante no ha podido ser mitigada.

Pero es justo reconocer que los mismos científicos no están de acuerdo sobre la eminencia del colapso ambiental. Es tal la complejidad del ecosistema planetario, que los modelos de previsión del clima son todavía muy limitados. Algunos creen que los gases de efecto invernadero nos llevarán a achicharrarnos, mientras otros ven el escenario de una nueva glaciación. Otros sostienen, con argumentos, que estas fases de calentamiento son normales y se han producido a lo largo de la historia de la humanidad. Incluso existen los que, con optimismo, piensan que el mercado puede resolver, mediante incentivos y castigos, el problema de emisión de gases de efecto invernadero.

La jugada de Trump es política, pues envía un mensaje contra uno de los grupos más poderosos del mundo contemporáneo: los ambientalistas. Los protectores de la naturaleza son una inmensa y heterogénea coalición de intereses cuyas posiciones fundamentalistas incomodan a muchos. Respaldados por una impresionante batería de ONG, abogados, políticos, bien financiados y organizados, han ido arrinconando a quienes han sido designados como ‘enemigos del planeta’. Hasta el papa Francisco los respaldó en su encíclica Laudato Sí (Alabado seas). Bueno es, también, reconocer que los objetivos de los ambientalistas no son siempre transparentes y que son utilizados con fines no tan loables como aparecen en el papel.

Trump ha logrado enfrentar al frágil consenso ambientalista que representa el Acuerdo de París. Reducir las emisiones de gases de efecto invernadero cuesta mucho dinero y afectará la competitividad de millones de empresas. Muchos no cumplirán con lo firmado. Los europeos creen que las barreras verdes pueden permitirles recuperar los mercados perdidos frente a productores que utilizan tecnologías contaminantes. Los chinos, indios y rusos –feroces depredadores ambientales– están felices de dejarle el papel de malo a Trump. Pero son muchos los que a nivel mundial condenan al mandatario estadounidense de dientes para afuera, mientras en su interior lo aplauden a rabiar. La jugada de Trump es arrogante y peligrosa. Manda un mensaje equivocado y polariza aún más la opinión internacional en su contra.

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