La dictadura de las palabras

Foto: Cortesía

Por: Miguel Gómez Martínez


El gran pensador británico Isaiah Berlin reflexionó sobre la apropiación de las palabras por los modelos ideológicos. Quien domina una palabra y la distorsiona impone a los demás su sentido. Es un mecanismo de tipo totalitario que resulta muy eficaz para imponer una forma de pensamiento.

Ejemplos hay muchos. La palabra “democracia” es tal vez la más manipulada. Las repúblicas de Europa del Este, controladas por la Unión Soviética, era “Democráticas” cuando la libertad de elegir, circular u opinar no existía. Pero la República Democrática Alemana posaba de ser tanto o más democrática que la República Federal de Alemania que sí era una democracia.

Hitler quería la libertad para Alemania. Quería “liberarla” de la humillación del Tratado de Versalles pero sobretodo “liberarla” del poder de los judíos. El régimen nazi proscribió todas las libertades en búsqueda de esa “liberación”.

“Progresista” es otra de esas palabras distorsionadas como lo es “retrógrado”. La primera es sinónimo de bien mientras la segunda es un epíteto negativo. Tan absurdo es oponerse al progreso como rechazar el cambio que es negativo. “Progresista” es que los padres dejen que sus hijos desarrollen su personalidad así ello los lleve a la perdición del mundo de la droga. “Retrógrado” es educar en los valores tradicionales como el respeto de los mayores, el civismo o las buenas maneras. Es como si lo único bueno de un automóvil fuese el acelerador y no el freno. Quien sólo acelera termina matándose.

En Colombia tenemos nuestros conceptos distorsionados como el de creer que es bueno “no tener compromisos”. Se dice que debemos elegir personas que no tengan compromisos porque eso nos garantiza su transparencia. Resulta que una persona es la sumatoria de sus compromisos, de aquellos principios y valores que para él son relevantes como el respeto a la vida, la honestidad, la obediencia a la ley o la responsabilidad de sus actos. Si no tiene compromisos con la vida, la honestidad, la ley o la responsabilidad, ¿es el idóneo para gobernarnos?

Pero la “paz” es tal la palabra más manoseada. La Paz, que ellos la escriben en mayúscula, todo lo supera. Nos quieren convencer que debemos ser súbditos de ella, entregar nuestras libertades en su altar y doblegarnos ante sus exigencias. La Paz, la que Santos nos quiere imponer a la fuerza, es la dictadura de unos intelectuales que se creen superiores a sus conciudadanos, rompe las instituciones, destruye la democracia y reduce las libertades.

Yo prefiero la paz con minúscula, aquella que es sinónimo de justicia.

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