Un mal vecino

Foto: Cortesía

Por: Miguel Gómez Martínez


Hay que ser muy miserable para seguir defendiendo lo que sucede en Venezuela. Un pueblo sometido al delirio de unos personajes incultos y con alma de mafiosos que sólo buscan el poder para abusar de él y enriquecerse. La izquierda colombiana, el gobierno y su cancillería, la prensa santista y todos los que hemos sido espectadores de esta tragedia, deberíamos sentir vergüenza de haber dejado a nuestros vecinos sufrir sin hacer nada por ellos.

No soy optimista sobre el futuro de Venezuela porque creo que la estructura represiva montada y controlada por los cubanos es muy superior a los que todos estiman. Cuba logró conformar una dictadura estalinista en la isla y la experiencia les ha servido para replicarla muy cerca de nosotros. La banda de maleantes que gobierna al vecino país tiene el control de la fuerzas armadas además de la lealtad de una policía corrupta y violenta. El régimen, mediante favores y presiones, mantiene el control de una justicia doblegada y arbitraria. Tiene el dominio total sobre el sistema electoral que es la garantía para darle una apariencia de legalidad a un sistema ilegítimo.

Los colombianos hemos tolerado la pasividad de nuestro gobierno ante lo que sucede en Venezuela. Durante los siete años de Santos se ha guardado silencio sobre los abusos y atropellos crecientes de las libertades y los derechos humanos. En aras de no molestar al gobierno de Caracas, soporte de las Farc, la Cancillería toleró y justificó lo intolerable y lo injustificable.

Callamos cuando debíamos haber gritado; sonreímos cuando debimos haber protestado y huimos en lugar haber sido solidarios. Cuando en el mundo comenzaron las protestas y las denuncias sobre la corrupción rampante, Santos y su gobierno sonrieron con cinismo. Cuando los miembros de la oposición fueron uno a uno encarcelados, nunca protestaron. Ni siquiera recibieron a quienes, con un coraje inmenso, pedían por su libertad. Nada, nada hicieron por proteger a los millones de venezolanos sometidos a la más salvaje dictadura.

Hemos sido los peores vecinos, indolentes frente a la suerte de quienes sufren cerca de nuestra frontera. Como cobardes miramos al lado o apuramos el paso como si lo que sucede en Venezuela no fuese una causa en la que deberíamos participar con energía y entusiasmo. Les hemos fallado a los venezolanos. Ojalá que un día, cuando estemos en una circunstancia similar, no nos arrepintamos de nuestra falta de carácter y solidaridad.

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