Hasta ahora el senador Iván Cepeda Vargas ha podido lanzar su campaña presidencial. No lo hizo antes porque carecía de los medios y porque urdía, en silencio, un plan siniestro que hoy, como se ve, se ha convertido en la plataforma de su vida política y electoral.
Cepeda es conocido en Colombia no solo por ser un vocero de la izquierda recalcitrante y empobrecedora, sino también por sus antiguas y turbias cercanías con el grupo narcoterrorista de las FARC.
Se presenta como defensor de los derechos humanos y de las causas justas. Pero, en boca de la izquierda radical, “causas justas” significa acosar judicial y moralmente a todo aquel que se considere enemigo. Y sus enemigos, claro está, son los hombres y mujeres que enfrentaron con coraje a la banda criminal que durante décadas secuestró, extorsionó y asesinó en nombre de una revolución impostora.
Las FARC, parapetadas en el escudo de la ideología, justificaron sus atrocidades como una lucha contra el opresor y en nombre del proletariado. Cepeda, en un juego de espejos, ha repetido la misma farsa: envolverse en la bandera de la justicia mientras protege y exalta a quienes la desgarraron. Decir que es, cuando menos, un adulador de las FARC no es calumnia ni difamación: es un hecho sustentado. Su nombre apareció en los computadores de Raúl Reyes y sus defensas públicas a Jesús Santrich quedaron registradas en la memoria de los colombianos.
Álvaro Uribe Vélez, en contraste, asumió la presidencia con la decisión férrea de enfrentar a las FARC. Los persiguió, los arrinconó y capturó a sus cabecillas como quien cierra las madrigueras de la barbarie. Desde entonces, Cepeda lo convirtió en su obsesión. Lo criticó con furia en el Congreso, lo difamó una y otra vez, y cuando Uribe dejó el poder, se dedicó a horadar su reputación.
En 2014, tras el regreso de Uribe al escenario político como senador, Cepeda lo acusó desde la tribuna parlamentaria de vínculos con el paramilitarismo. Vomitó infamias, pero en los tribunales, donde no hay fuero que sirva de escudo, tuvo que retractarse y admitir que nada podía probar.
Años después, con un andamiaje retorcido y un proceso marcado por el sesgo, Cepeda logró lo que parecía imposible: una condena contra Uribe, no fruto de la justicia, sino del manoseo político de la justicia. Era la pieza maestra de su estrategia: encarcelar a Uribe y allanar el camino a su propia candidatura presidencial.
Hoy Cepeda se lanza a la primera magistratura de la República sin más credenciales que ese triunfo espurio. No ofrece soluciones, no propone un horizonte distinto: su único proyecto de vida política ha sido fabricar mentiras contra Uribe y sus defensores, y perseguir judicialmente a todo aquel que lo critique.
Ya se perfila como el candidato del Pacto Histórico y del llamado “Frente Amplio” para las elecciones de 2026. Es, en la práctica, el heredero político de Petro y el candidato predilecto de quienes todavía creen que la violencia puede disfrazarse de ideología.
La República está sitiada. Y si la justicia ha sido herida, corresponde a los ciudadanos salvar lo que queda de la democracia. El deber de cada colombiano es librar esta batalla en el único campo legítimo: las urnas.
Iván Cepeda no es más que un tribuno de la impostura, un mercader de odios que pretende, con el disfraz de justicia, sentarse en el solio de Bolívar. Pero la República no se rinde ante farsantes ni se arrodilla frente a quienes mancillan su dignidad. Que resuene, entonces, en cada rincón de Colombia el clamor de los ciudadanos libres: no permitiremos que la mentira gobierne, ni que el sacrificio de quienes nos defendieron sea arrojado al basurero de la historia.
Como en las batallas más grandes de Roma, hoy estamos llamados a levantar los estandartes de la verdad y de la justicia. Que nadie se quede inmóvil, que nadie se calle: la patria exige de nosotros valor, entereza y unidad. ¡Colombia no se entrega, Colombia se defiende!
Por: Aldumar Forero Orjuela- @AldumarForeroO
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