El decreto ya es un hecho. El 2026 comenzará con un salario mínimo que roza los dos millones de pesos, una cifra que el presidente Gustavo Petro ha denominado Salario Vital Familiar. El concepto no es menor: desplaza la lógica tradicional del mercado laboral para anclarla en el costo real de la vida, en una premisa que él afirma: nada genera más riqueza que el trabajo.
Desde el plano social, la discusión sobre dignidad salarial es necesaria y legítima. Desde el plano empresarial, en cambio, el anuncio introduce una tensión que no admite matices: el costo del trabajo crece a una velocidad muy superior a la productividad. Estamos hablando de un incremento cercano al 24 %, en un contexto donde la productividad laboral apenas avanzó alrededor del 0,5 % en el último año. Esa brecha no es ideológica; es aritmética. Y en economía, la aritmética siempre termina imponiéndose.
Ahí está la paradoja que definirá el próximo ciclo económico: el costo del trabajo humano sube por ascensor, mientras la eficiencia operativa avanza por las escaleras.
Ante este nuevo escenario, surge un dilema que no aparece en el decreto. Las empresas colombianas enfrentan una encrucijada silenciosa pero profunda. La teoría clásica ofrece dos salidas conocidas: trasladar el mayor costo a precios o ajustar la nómina. Ambas son socialmente costosas y económicamente limitadas. Pero hay una tercera vía que empieza a consolidarse como protagonista del 2026: la incorporación masiva de inteligencia artificial en los procesos operativos.
En su intervención, el presidente afirmó que el trabajo moderno es cada vez menos músculo y más cerebro. La afirmación es correcta, pero sus implicaciones son más radicales de lo que el debate público suele reconocer. Cuando el trabajo operativo se encarece de forma abrupta, tareas repetitivas (como registrar facturas, conciliar pagos o transcribir datos) dejan de ser ineficientes: se vuelven financieramente inviables para ser realizadas por humanos.No se trata de una decisión tecnológica ni de una postura ideológica. Se trata de supervivencia empresarial.
Una empresa que hoy gestiona su back office con procesos manuales acaba de recibir un golpe directo a su estructura de costos. La ineficiencia, que antes era tolerable, ahora es cara. Y cuando algo se vuelve caro, el mercado reacciona.
La respuesta no será un reemplazo arbitrario de personas, sino una aceleración inevitable en la adopción de agentes de inteligencia artificial capaces de ejecutar tareas operativas sin auxilio de transporte, sin errores por cansancio y con una trazabilidad que el ojo humano no puede garantizar de forma consistente.
Cuando el costo de un asistente operativo supera los dos millones de pesos sin una mejora proporcional en resultados, la tecnología que automatiza la recepción, validación y causación de facturas deja de ser una apuesta por la innovación. Se convierte en el único blindaje posible para proteger márgenes y sostener la operación.
El 2026 no será recordado sólo como el año del salario vital. Será recordado como el año en que la productividad dejó de ser un concepto aspiracional y se transformó en una condición de vida o muerte para el tejido empresarial.
Para los directores financieros, el mensaje es incómodo pero claro: la inflación salarial es una variable que no controlan; la eficiencia de sus procesos, sí. En un entorno donde operar cuesta más, la única forma de sostener el margen es permitir que la tecnología haga el trabajo pesado.
Paradójicamente, una política diseñada para dignificar el trabajo humano está empujando a las empresas a apoyarse más que nunca en la inteligencia artificial para poder pagarlo. No por convicción ideológica, sino por necesidad económica. La era de la ineficiencia barata terminó. La productividad obligatoria será el nuevo estándar, y la inteligencia artificial, el principal habilitador para sostenerlo.
Por: Matías Umaschi, CEO de Payana
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