Las campañas electorales se parecen cada vez más a un mercado de valores, hay candidaturas que se cotizan al alza, otras que van en caída libre y algunas que permanecen quietas, casi estériles, sin que nadie sepa con certeza hacia dónde se moverán. Están ahí, congeladas en la incertidumbre, hasta que de un momento a otro se disparan.
Eso es lo que hoy ocurre con las aspiraciones de Claudia López y Sergio Fajardo, ambas parecen contenidas, sin mayor tracción en este momento del calendario electoral, aunque con diferencias claras, la candidatura de Fajardo conserva más margen para recobrar vida que la de López. No tanto como una opción fuerte para ganar en primera vuelta, pero sí como un actor decisivo en una segunda.
Ese centro político suele ser despreciado en campaña, se le mira como un espacio excesivamente centralista, capitalino, cercano a ciertas élites académicas y empresariales, y por eso se le subestima en términos electorales. Sin embargo, su verdadero peso no está solo en el número de votos, sino en su capacidad de influir, de marcar agenda en los grandes medios, de legitimar o deslegitimar candidaturas y de orientar respaldos en momentos clave.
Sobre el volumen de votos del centro hay todo tipo de cálculos. Algunos hablan de un millón en el escenario más conservador; otros elevan la cifra a dos millones y los más optimistas incluso proyectan hasta tres. Lo único claro es que se trata de un electorado volátil: votos que fluctúan, que vienen y van, y que no se alinean de manera automática.
Aun así, su capacidad de arrastre en una segunda vuelta es innegable. Basta recordar la polémica decisión de Fajardo en 2022, cuando optó por no respaldar a ningún candidato el recordado “me voy a ver ballenas” o los acercamientos que tuvo con Rodolfo Hernández, un apoyo que muchos consideran habría sido determinante.
El centro suele ser irrelevante hasta que llega el día de la elección. Ese votante que ha acompañado a figuras como Alejandro Gaviria, Jorge Robledo o Humberto de la Calle y que también se identifica con López y Fajardo es, en buena medida, un voto joven, liberal, inconforme, a veces apático, pero que termina participando. Y cuando lo hace, puede ser decisivo.
La gran incógnita es otra: ¿qué candidatos están vetados por ese centro para un eventual respaldo en segunda vuelta? No hace falta decir nombres; cada lector puede imaginarlos. Mientras tanto, Fajardo y López sostienen que no apoyarán a nadie porque aspiran a ser ellos quienes pasen al balotaje. Es una postura lógica. Están en campaña para eso.
Sin embargo, en un escenario cada vez más polarizado y más distante del centro, ese objetivo luce hoy cuesta arriba. La consulta no cuajó, se perdió una oportunidad clave de medirse y salir con un respaldo claro. Y, en ese contexto, Clara López parece enfrentar más riesgos de salir debilitada que fortalecida.
El centro, una vez más, parece quieto. Pero sigue ahí. Y cuando llegue la hora de decidir, puede volver a mover el mercado.