Hay una palabra que los cobardes evitan pronunciar porque saben que les costará invitaciones a cócteles y aplausos en redes. Yo la voy a decir sin el menor pudor: comunismo. No socialismo light, no progresismo simpático, no justicia social con buenas intenciones. Comunismo. La ideología que en el siglo XX produjo más cadáveres que cualquier guerra, que destruyó más familias que cualquier dictadura militar, que convirtió naciones enteras en cárceles a cielo abierto. Esa plaga, que el mundo creyó enterrada, lleva años reencarnando en América Latina con nuevos uniformes, nuevo vocabulario y la misma ambición de siempre: el poder total, el poder perpetuo, el poder sin rendición de cuentas.
Y Colombia, con una ingenuidad que ya roza el suicidio colectivo, está a punto de regalárselo por segunda vez.
No llegaron con tanques. Nunca llegan con tanques. Llegaron con micrófonos, con promesas de dignidad para los humillados, con un discurso emocional tan bien construido que resultaba casi hermoso si uno se abstenía de pensar. Llegaron hablando de los pobres, que es la coartada más vieja y efectiva de todos los autoritarismos modernos: usar el sufrimiento real de la gente como combustible para un proyecto que jamás ha aliviado ese sufrimiento en ningún lugar del mundo donde se ha instalado. Cuba lleva décadas demostrándolo. Venezuela lo confirma cada día con seis millones de personas regadas por el mundo, huyendo de la revolución que iba a salvarlos. Nicaragua lo repite con una ferocidad casi aburrida. El comunismo no fracasa por accidente ni por mala ejecución. Fracasa porque su promesa es, en esencia, una mentira.
Pero lo que ha ocurrido en Colombia en estos años no admite ya el beneficio de la duda ni la lectura caritativa.
Estructuras guerrilleras han celebrado abiertamente la posibilidad de continuidad del proyecto petrista. No lo insinuaron. Lo celebraron. Porque saben exactamente lo que significa: cuatro años más operando con impunidad, cuatro años más financiándose, cuatro años más consolidando territorios mientras el gobierno habla de paz en La Habana y firma papeles que no valen el papel en que están escritos. En las zonas rurales que controlan —las zonas donde el Estado colombiano llegó siempre tarde y mal— el voto no es libre. Es dirigido, intimidado, coaccionado por hombres armados que no rinden cuentas ante ningún juez. Eso no es democracia. Es una farsa con urnas, un teatro macabro al que llamamos elecciones porque nos falta el coraje de llamarlo por su nombre.
Han sido identificadas personas comprando votos con un descaro que ya ni siquiera se molestan en disimular. Una manada de desocupados furibundos llegó a la casa del Presidete Uribe a vandalizar, insultar y amenazarlo a él y a su familia, y hubo colombianos —colombianos con cédula, con voz, con presencia en redes— capaces de aplaudirlo. De justificarlo. De encontrarle alguna épica revolucionaria a lo que no era más que cobardía organizada.
Y luego está Miguel Uribe Turbay. Tenía 39 años. Era senador, precandidato presidencial, y era sobre todo el tipo de político que este país produce una vez por generación: brillante, valiente, sin el cinismo que pudre a casi todos los que duran demasiado en la política. Lo asesinaron porque incomodaba. Lo asesinaron porque era exactamente lo que el autoritarismo no puede tolerar: un hombre joven, lúcido y libre que no tenía miedo.
¿Y qué hizo buena parte del establecimiento progresista colombiano? Lo que siempre hace cuando el muerto no es de los suyos: guardar silencio, cambiar el tema, encontrar alguna manera de que la culpa fuera de otro. Porque el comunismo —y sus idiotas útiles, que son infinitamente más numerosos que los comunistas convencidos— tiene una habilidad extraordinaria para la indignación selectiva. Se indignan cuando conviene. Callan cuando incomoda. Y siguen adelante.
Todo esto tiene una explicación y una solución. La explicación es vieja y simple: esto es lo que el comunismo hace siempre y en todas partes. Corrompe, intimida, compra, asesina y llama a todo eso revolución. No hay una sola excepción en la historia. No una. La solución también es simple, aunque requiere algo que escasea peligrosamente en Colombia: voluntad. Votar.
No votar con resignación ni con la nariz tapada ni con el argumento mediocre de que todos son iguales, que es la frase favorita de quienes prefieren la comodidad del escepticismo a la incomodidad de elegir. Votar masivamente, organizadamente, con la conciencia clara de lo que está en juego. Votar como quien defiende algo, porque eso es exactamente lo que hay que defender: la República, las instituciones, la posibilidad de que Colombia no termine siendo otro capítulo más en la larga y trágica historia de países que creyeron que a ellos no les podía pasar.
Venezuela también votó, durante años, convencida de que sus instituciones aguantarían. No aguantaron. Cuba tuvo una revolución que comenzó con el respaldo genuino de millones de personas que querían justicia. Terminó siendo una cárcel de isla administrada por una familia. Nicaragua tuvo elecciones hasta que dejó de tenerlas, y el tránsito fue tan gradual que cuando la gente quiso reaccionar ya era demasiado tarde.
Colombia no está vacunada contra ese destino por el simple hecho de tener una Constitución bonita o una Corte Constitucional que todavía funciona. Las instituciones no se defienden solas. Las defienden los ciudadanos, o no las defiende nadie.
Esta elección es, probablemente, la última oportunidad real de hacerlo de manera pacífica, ordenada y democrática. Después, si el proyecto se consolida, las opciones serán mucho más costosas y mucho más dolorosas.
Así que la pregunta no es si te gusta el candidato de la oposición. La pregunta es si todavía quieres vivir en un país libre.
Porque la plaga tiene antídoto. Pero el antídoto hay que tomarlo antes de que la infección sea terminal.
Por: Juan Diego Vélez Forero -@juandiegovelezf
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