La democracia NO se negocia

Un presidente que hace esto no está defendiendo la democracia.

Compartir

Colombia votó. Y cuando Colombia vota con rabia acumulada y memoria viva, produce resultados que las maquinarias más corruptas del populismo no pueden doblegar completamente.

Abelardo de la Espriella obtuvo más de diez millones trescientos mil votos. Esa cifra no es un número electoral: es una acumulación de dolor convertida en voluntad política. Es el voto del empresario que vio huir su inversión mientras el gobierno lo llamaba explotador. Del campesino que siguió viviendo bajo el yugo de las guerrillas mientras el Estado les tendía la mano y los llamaba actores del conflicto. Del joven que heredó un país más pobre, más inseguro y más roto que el que recibieron sus padres. Del ciudadano que se hartó de que su indignación legítima fuera despachada como fascismo por intelectuales de pacotilla que nunca han pagado una nómina ni enterrado a un hijo víctima de la violencia. Diez millones de personas no son una encuesta. Son una sentencia.

Iván Cepeda alcanzó cerca de nueve millones seiscientos mil votos. Quien no sienta ese número como un golpe no está leyendo bien la realidad. Significa que casi la mitad del electorado, después de cuatro años de deterioro acelerado e irreversible, decidió que quería más de lo mismo. Detrás de esos votos no hay únicamente pobreza y desesperanza legítima. Hay presunta compra de votos. Hay intimidación armada en zonas donde las guerrillas deciden quién gana antes de que se abra una sola urna. Hay narcos financiando campañas porque saben perfectamente qué gobierno los persigue y cuál se sienta a negociar con ellos como si fueran interlocutores válidos.

Pero lo que ocurrió anoche no fue únicamente una elección. Fue una confesión pública, obscena y desvergonzada, de lo que este proyecto es en su núcleo más desnudo.

Antes de que los resultados terminaran de consolidarse, Gustavo Petro salió a desconocer el preconteo. No como ciudadano agraviado, sino como jefe de Estado, usando la investidura de la Nación entera para ejecutar la maniobra más vieja y más predecible del manual autoritario: acusaciones gravísimas lanzadas sin una sola prueba verificable, sin un documento, sin un perito independiente, en el momento exactamente calculado para sembrar duda antes de que la institucionalidad pudiera responder. Esto no es la reacción de un demócrata que desconfía del proceso. Es la ejecución fría y deliberada de un guión que Chávez escribió con la sangre de Venezuela, que Maduro perfeccionó con la miseria de su pueblo y que Ortega copió hasta convertir Nicaragua en una mazmorra. Primero la duda. Luego la movilización de las masas. Luego la presión sobre las instituciones. Luego, si nadie lo detiene con firmeza, la narrativa fabricada se convierte en realidad jurídica y la democracia muere entre tecnicismos mientras la gente mira desconcertada sin entender exactamente cuándo fue que todo se perdió. Un presidente que hace esto no está defendiendo la democracia. La está estrangulando desde adentro con sus propias manos.

Y luego Cepeda. El hombre que encarna con más fidelidad lo que el petrismo es en su esencia: resentimiento puro, industrialmente producido, cuidadosamente envasado y vendido como pensamiento político. Anoche, en lugar de reconocer la derrota con la dignidad mínima que exige la vida pública, salió a calentar las calles con el mismo disco rayado de siempre, ante bases que jamás le han exigido una sola propuesta concreta ni un solo resultado tangible en décadas de vida política. Lo verdaderamente revelador fue lo que ninguno de los dos dijo: nadie reconoció la legitimidad del proceso, nadie llamó a la calma, nadie antepuso a Colombia sobre el proyecto. Porque para ellos Colombia y el proyecto son la misma cosa, y esa confusión monstruosa no es un error político. Es la esencia misma del totalitarismo.

Antes de mirar hacia adelante, hay un nombre que merece ser escrito con precisión: Paloma Valencia. Llegó a esta campaña sin el combustible del resentimiento que tan eficazmente moviliza al populismo, sin doblar la columna ni una vez ante quienes le pedían que suavizara sus convicciones para ganar más votos. Se fue siendo exactamente la misma persona. En una época de políticos que se reinventan según el viento de las encuestas, esa consistencia no es una virtud menor. Su respaldo inmediato a Abelardo, generoso y sin condiciones, habló con más elocuencia que cualquier discurso. La verdadera grandeza política no se mide en los momentos de triunfo sino en los momentos en que hay que anteponer algo más grande que uno mismo. Colombia todavía no sabe el regalo que tiene en ella. Me siento profundamente orgulloso de a quién puedo llamar maestra.

Nuevamente es importante decirlo sin el lenguaje cobarde que tanto le gusta a la academia: el comunismo es un proyecto criminal. No una corriente de pensamiento, no una alternativa al capitalismo, no un horizonte de justicia social mal ejecutado. Un proyecto criminal. Concebido para concentrar el poder en manos de una casta que se declara redentora y gobierna con el látigo, financiado invariablemente por el narco y el crimen organizado que reconocen en ese Estado cómplice a su mejor socio, y perpetuado por una corte de imbéciles que repiten el catecismo con la misma convicción con que sus antecesores repitieron los de Stalin, los de Mao y los de Castro, sin que ninguno de esos cadáveres haya sido suficiente para producirles una sola duda.

El comunismo no muere en las urnas porque no cree en las urnas. No acepta el veredicto democrático como definitivo porque en su arquitectura ideológica la democracia liberal es apenas un instrumento: útil cuando gana, ilegítima cuando pierde, prescindible siempre que el poder esté en juego. Por eso Petro no acepta los resultados. No es una reacción emocional de mal perdedor. Es la consecuencia lógica, predecible y perfectamente coherente de una cosmovisión que coloca el proyecto por encima de la Nación, la causa por encima de la ley y el líder por encima de la Constitución.

Lo que viene en las próximas semanas será una operación coordinada y sin escrúpulos. Las guerrillas seguirán intimidando en los territorios que controlan con una impunidad que clama al cielo. Los narcos seguirán financiando lo que necesiten financiar. Los medios afines convertirán cada irregularidad menor en evidencia de fraude monumental. Y Petro seguirá usando la presidencia como trinchera para deslegitimar un proceso que él mismo convocó, porque sabe que si pierde con las instituciones intactas pierde para siempre, y eso es lo único que su ego mesiánico genuinamente no puede tolerar.

Abelardo de la Espriella, si llega a la Casa de Nariño, no recibirá simplemente un gobierno deteriorado que hay que reparar. Recibirá una misión histórica que diez millones de colombianos le entregaron con sus votos. Tendrá que revertir cuatro años de destrucción institucional, recuperar la confianza de los inversionistas que huyeron espantados, reconstruir una fuerza pública diezmada por años de estigmatización sistemática y desmantelar las redes clientelares que el petrismo sembró metódicamente en las entrañas del Estado. Pero su responsabilidad más trascendente va mucho más allá de los cuatro años: tiene que gobernar tan bien que Colombia no tenga ni la tentación ni la excusa de volver a esto. El efecto péndulo es despiadado: cada vez que un gobierno decepciona, el populismo regresa con más rabia, más votos y menos escrúpulos. Si Abelardo falla, lo que venga después será peor que lo que estamos dejando atrás.

Esa posibilidad se ejerce votando el 21 de junio con la cédula en la mano, con los ojos abiertos y con la conciencia de que cada voto es una trinchera y cada abstención es una rendición sin condiciones al proyecto que ya demostró anoche lo que es capaz de hacer cuando las urnas no le dan la razón.

No con resignación. No con el cinismo barato del todos son iguales, que es la frase favorita de los cobardes que prefieren la comodidad del escepticismo a la incomodidad de defender algo que vale la pena defender.

Con convicción. Con furia republicana. Con la determinación de quien entiende que hay batallas que no se pueden perder porque lo que aguarda al otro lado del fracaso no es simplemente otro gobierno de turno: es el fin de la República, el principio del silencio y la muerte lenta de todo lo que todavía hace de Colombia un país libre. Que la fragmentación del presente no sea la excusa para el arrepentimiento del futuro.

Demostrémosle a los tiranos y a los escépticos que Colombia es, y seguirá siendo, el bastión inexpugnable de la libertad en América Latina.

Por la fe, por la familia, por la Ley y por la República: ¡Dios salve a Colombia!

Por: Juan Diego Vélez Forero -@juandiegovelezf

Del mismo autor: La dictadura del consenso vacío

Última hora

Te recomendamos

Le puede interesar