jueves, enero 26, 2023
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    ¿A dónde van los sueños?

    «Allí están los jóvenes que alguna vez fueron niños, renunciando a los sueños que los vieron crecer, que vendieron sus sueños por un sueldo, cambiaron la felicidad por una corbata y vistieron el gris remiendo de vida que pudieron encontrar…»


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    Autor: Orlando David Buelvas Dajud

    Qué será de los anhelos de los niños que alguna vez se atrevieron a soñar sin tapujos, sin límite alguno, tocando el cielo, riendo en sus ruedos.

    Ahí están los niños, llenos de vida y jugando con el azar, corriendo sin cansarse buscando la felicidad, plantados sin zozobra frente a un futuro paciente e impasible.

    Ahí la vida parece no tener fin, la ilusión de la niñez llena de magia todas las creencias, para vivir sin luchar, reír sin mentir.

    Cómo una vela agobiada entre el espesor de la noche, el frío y la nostalgia, se consume el tiempo para vivir una vida sin vivirla, para olvidar sin recordar, para soñar sin creer.

    Ahí rehúye la inocencia de los sueños que tocan el cielo y vuelven para saludar a los soñadores que solo con la esperanza se conformaron.

    Tal vez, en algún lugar perdido en el tiempo, se encuentran los sueños de los niños que se atrevieron a soñar, los que los jóvenes entre lágrimas tuvieron que olvidar, para ser hombres de hogar, sin mancha ni error, perfectos ante el cristo redentor.

    Quizá sea acertado, cómo los maestros enseñan, que no hay nada que aprender, frustrados en sus luchas, por nadie a quien buscar, acabamos todos en el mismo camino hacia la nada, envueltos en los sueños rotos de generaciones pasadas.

    Del mismo autor: Es momento de cuestionar la educación tradicional

    ¿A dónde van los sueños? Foto: Serargentino.com

    Qué será de los músicos, científicos, astronautas que hoy se funden en un escritorio de nueve a cinco, qué será de los sueños huérfanos perdidos en la soledad, olvidados no por miedo, sino, porque para ellos nunca hubo tiempo.

    Qué será de los llamados locos que preñaron las calles marchando por un país mejor, recogiendo las cenizas de lo poco que quedaba ya, repitiendo las protestas de siglos pasados para dejar la misma ruina, con la triste promesa de que las cosas van a cambiar.

    Noble ha de ser el camino de la mente colonial, que nos sentenció a poco esperar, a dividir en partidos de colores diferentes, pero fines iguales, las esperanzas perdidas de un pueblo sin identidad.

    Allí van los niños que sueñan, creciendo cada vez más en ideas revueltas queriendo el mundo cambiar, alucinando en las mieles de la vida, buscando un lugar para nunca dejar de luchar. Allí van, soñando para nunca dejar de soñar.

    Qué será de los sueños de los niños, los que se atrevieron a soñar con la luna tocar. Soñaron, sueñan y soñaran.

    Tal vez estamos enfermos de realidad, y la cura será volver a soñar, embriagados en los anhelos que nunca van a llegar. No hay tristeza, no hay orgullo, solo hay una vida gris que parece llenarse de hierba por podar, ropa que planchar y cuentas por sacar.

    Campantes y triunfantes caminan los que la suerte ha premiado, ropas finas y miradas altaneras, desprovistos de preocupaciones cuestionan las vidas ajenas, burlan las penas más crueles, y ríen con sus ideas sueltas.

    Allí están los niños soñadores, cansados de esta realidad, agobiados de su verdad, destruidos por sus ilusiones, cadáveres andantes que entendieron el precio de soñar.

    Allí van los niños soñadores, cansados de soñar, prudentes entendieron que es mejor la felicidad cuando es poca.

    Aquí están los jóvenes que alguna vez soñaron, soñando para dejar de soñar, rendidos por fin ante la vida escrita en prosa, sin armadura ni piedad.

    Allí están los jóvenes que alguna vez fueron niños, renunciando a los sueños que los vieron crecer, que vendieron sus sueños por un sueldo, cambiaron la felicidad por una corbata y vistieron el gris remiendo de vida que pudieron encontrar.

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    «Allí están los jóvenes que alguna vez fueron niños, renunciando a los sueños que los vieron crecer, que vendieron sus sueños por un sueldo, cambiaron la felicidad por una corbata y vistieron el gris remiendo de vida que pudieron encontrar…»


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    Autor: Orlando David Buelvas Dajud

    Qué será de los anhelos de los niños que alguna vez se atrevieron a soñar sin tapujos, sin límite alguno, tocando el cielo, riendo en sus ruedos.

    Ahí están los niños, llenos de vida y jugando con el azar, corriendo sin cansarse buscando la felicidad, plantados sin zozobra frente a un futuro paciente e impasible.

    Ahí la vida parece no tener fin, la ilusión de la niñez llena de magia todas las creencias, para vivir sin luchar, reír sin mentir.

    Cómo una vela agobiada entre el espesor de la noche, el frío y la nostalgia, se consume el tiempo para vivir una vida sin vivirla, para olvidar sin recordar, para soñar sin creer.

    Ahí rehúye la inocencia de los sueños que tocan el cielo y vuelven para saludar a los soñadores que solo con la esperanza se conformaron.

    Tal vez, en algún lugar perdido en el tiempo, se encuentran los sueños de los niños que se atrevieron a soñar, los que los jóvenes entre lágrimas tuvieron que olvidar, para ser hombres de hogar, sin mancha ni error, perfectos ante el cristo redentor.

    Quizá sea acertado, cómo los maestros enseñan, que no hay nada que aprender, frustrados en sus luchas, por nadie a quien buscar, acabamos todos en el mismo camino hacia la nada, envueltos en los sueños rotos de generaciones pasadas.

    Del mismo autor: Es momento de cuestionar la educación tradicional

    ¿A dónde van los sueños? Foto: Serargentino.com

    Qué será de los músicos, científicos, astronautas que hoy se funden en un escritorio de nueve a cinco, qué será de los sueños huérfanos perdidos en la soledad, olvidados no por miedo, sino, porque para ellos nunca hubo tiempo.

    Qué será de los llamados locos que preñaron las calles marchando por un país mejor, recogiendo las cenizas de lo poco que quedaba ya, repitiendo las protestas de siglos pasados para dejar la misma ruina, con la triste promesa de que las cosas van a cambiar.

    Noble ha de ser el camino de la mente colonial, que nos sentenció a poco esperar, a dividir en partidos de colores diferentes, pero fines iguales, las esperanzas perdidas de un pueblo sin identidad.

    Allí van los niños que sueñan, creciendo cada vez más en ideas revueltas queriendo el mundo cambiar, alucinando en las mieles de la vida, buscando un lugar para nunca dejar de luchar. Allí van, soñando para nunca dejar de soñar.

    Qué será de los sueños de los niños, los que se atrevieron a soñar con la luna tocar. Soñaron, sueñan y soñaran.

    Tal vez estamos enfermos de realidad, y la cura será volver a soñar, embriagados en los anhelos que nunca van a llegar. No hay tristeza, no hay orgullo, solo hay una vida gris que parece llenarse de hierba por podar, ropa que planchar y cuentas por sacar.

    Campantes y triunfantes caminan los que la suerte ha premiado, ropas finas y miradas altaneras, desprovistos de preocupaciones cuestionan las vidas ajenas, burlan las penas más crueles, y ríen con sus ideas sueltas.

    Allí están los niños soñadores, cansados de esta realidad, agobiados de su verdad, destruidos por sus ilusiones, cadáveres andantes que entendieron el precio de soñar.

    Allí van los niños soñadores, cansados de soñar, prudentes entendieron que es mejor la felicidad cuando es poca.

    Aquí están los jóvenes que alguna vez soñaron, soñando para dejar de soñar, rendidos por fin ante la vida escrita en prosa, sin armadura ni piedad.

    Allí están los jóvenes que alguna vez fueron niños, renunciando a los sueños que los vieron crecer, que vendieron sus sueños por un sueldo, cambiaron la felicidad por una corbata y vistieron el gris remiendo de vida que pudieron encontrar.

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