Acerca de la educación y otras cuestiones

Estamos frente a una encrucijada, pudiéramos de-construir a la forma de Jacques Derrida, quitando escombros inservibles y recuperando todo aquello que aún esta en pie o, simplemente, destruirlo todo y empezar de nuevo, lo cual podría, esto último, acabar con la ya disminuida salud física y mental con que cuenta el hombre en la actualidad.

Por: Felipe Jaramillo Vélez

En una verdadera encrucijada se encuentra la educación; atada entre dos discursos ambiguos, pero que que co-habitan.

Por un lado, se habla de la necesidad de evolucionar de la “vieja escuela” a nuevas formas de aprendizaje.

Sin embargo, al mismo tiempo, se espera el final de la pandemia para poder regresar a clases, con los mismos salones, los mismos currículos, los mismos alumnos y los mismos profesores.

Como en todos los ámbitos, las enseñanzas de la pandemia deberían desembocar en una verdadera transformación, sino, tanto “sacrificio” habrá sido en vano.

Y para ello, como siempre debe hacerse, en tanto “somos” hombres reflexivos y no animales impulsivos, hay que partir de las preguntas necesarias para después tratar de develar posibles respuestas que nos satisfagan como sociedad.

¿Estamos realmente pensando la educación como un acto de formación de hombres y mujeres en busca de su bienestar en la tierra y su felicidad?

¿Estamos en la actualidad frente a una educación prudente, pertinente y humilde, capaz de generar valores más allá de satisfacer las necesidades de productividad de las organizaciones?

¿Hemos reducido la educación a un modelo? ¿Estamos justo frente a la muerte de la educación, dando paso a la instrucción en ámbitos exclusivamente técnicos?

¿Acaso el hombre no creó la máquina para que respondiera exclusivamente a tareas técnicas? ¿Estamos ya con esto dando pasos gigantes al post-humanismo?

La lista de preguntas podría seguir, y deberá seguir, si en verdad estamos haciendo la tarea como hombres y mujeres reflexivos, pues de ello depende, en gran medida el futuro, no solo de la educación y su institucionalidad, sino de la humanidad.

Para empezar a buscar respuestas, un camino puede ser utilizar la especulación como método, lanzar una suerte de hipótesis, que bien pudieran servir para aclarar un poco la niebla del camino, reduciendo con ello la posibilidad de tropiezos fatales.

¿Será que, paulatinamente, hemos perdido el verdadero sentido de la educación, reduciéndola a una cosa, a un tangible y no a una esencia?

¿De un objeto de humildad, se ha pasado a un objeto de arrogancia, pasándola de un bien común a un bien particular, monetizando con ello la capacidad de pensamiento y de reflexión?

Una señal de lo anterior podría estar dada por la necesidad de auto-reconocimiento de la institucionalidad, por exigencias de métricas que “avalen” el poder de la institución, pasando con ello de una correlación cualitativa, donde se puede reconocer la formación de un hombre integro, a una escala cuantitativa donde ya se puede reconocer a un hombre “capaz” medido por la cantidad de unidades productivas que pueda desarrollar en un lapso determinado de tiempo.

Eximiendo con ello a las personas de su capacidad reflexiva de percibir por sí mismas la calidad, en tanto esta ya está siendo determinada por entes externos con la potestad de acreditar o desacreditar un actuar.

¿Será que los rankings han llevado a convertir la educación, no en una relación constante de armónica del hombre con sus semejantes y su entorno, sino más bien en una fabrica, donde la productividad esta dada por la cantidad de unidades de pensamiento producidas, por el número de formas completadas a satisfacción, o por la capacidad de acercamiento y de lobby que pueda ejercer?

¿No será que la arrogancia de las instituciones ha diezmado su fuerza y con ello su capacidad de impacto?

Quizás para evidenciar lo anterior podríamos en un ejercicio más amplio esculcar un poco a lo que ha pasado con la familia, la escuela, la religión, la política incluso con la filosofía, misma que en otros tiempos fungía como amalgama social.

En lo que se refiere a la institución educativa ya se perciben en el camino cambios subterráneos que como submarinos avanzan sin ser captados fácilmente por la vista o los sonares.

De regreso al jardín, ese que proponía en la antigüedad Epicuro de Samosy que hoy retoma Byung-Chul Han, pareciera ser la forma emergente de educación, volver a la educación en casa, con profesores personalizados, ahora con ayudas tecnológicas en red que potencian la capacidad de acceder al conocimiento.

Esta pudiera ser la estocada final a la escolaridad institucionalizada llevando y, con ello, a la  obsolescencia de las grandilocuentes catedrales edificadas más por vanidad que por necesidad.

Estamos frente a una encrucijada, pudiéramos de-construir a la forma de Jacques Derrida, quitando escombros inservibles y recuperando todo aquello que aún esta en pie o, simplemente, destruirlo todo y empezar de nuevo, lo cual podría, esto último, acabar con la ya disminuida salud física y mental con que cuenta el hombre en la actualidad.

Este impasse que puso la vida ante nosotros tendrá que servirnos para volver a una vida reflexiva.

Y, en ese sentido, la invitación es a hacer un sencillo ejercicio, partiendo – como ha sido la invitación en éstas líneas de preguntas:

¿Como individuos podremos ya advertir cambios sustanciales en la forma de percibir y de actuar?

¿Como organizaciones seguiremos con el plan trazado hasta antes de empezar esta crisis sanitaria o por el contrario ya se esta reconfigurando nuevas formas de actuación, no como medidas desesperadas de supervivencia sino como una reflexión acerca de los que significa estar para los otros y no estar solo para sí mismo?

Regresar a lo esencial podría ser maravilloso, podría ser una invitación a ralentizar la vida, quizás podría representar volver a las verdaderas reflexiones de los libros, esas que no nos exigen una data para alimentar una máquina.

Un pasaje de La Peste de Albert Camus nos hacen volver en sí, nos recuerda que somos efímeros, pasajeros al igual que lo es la arrogancia, caduca como todo lo humano. 

“Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles”.

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