lunes, agosto 8, 2022
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    “Cesó la Uribe noche”…

    “Cesó la Uribe noche. Colombia era un país sin esperanza. Con una subversión envalentonada, bien armada y repartida por todo el territorio nacional, se creían dueños del futuro…»


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    Por: Wilmar Vera Z

    Hace 20 años los colombianos elegimos la mano dura para imponer la paz. En una semana, dos décadas después, Colombia decidió imponer la paz sin necesidad de violencia. Termina, así, con más sombras que luces, la era del uribismo en la presidencia nacional.

    En 2002 éramos un país inviable, como hoy lo dejó el Ñeñe subpresidente Duque. De acuerdo con informes de la época, el 70% de la violencia que padecíamos era producto del accionar demencial de las guerrillas (en especial Farc y ELN), mientras que el 30% restante era producto de los no menos salvajes paramilitares. Más de 2.200 personas habían sido secuestradas, el 88% por la guerrilla y el resto por los paracos.

    Desde 1995 a 2001, de 4.901 fueron asesinados, el 60 % eran por los hombres de Tirofijo y el resto, 39%, de Castaño, Mancuso y compañía. Además, de 281 colombianos masacrados, el 64% correspondía a los paramilitares y 35% la guerrilla.

    Colombia era un país sin esperanza. Con una subversión envalentonada, bien armada y repartida por todo el territorio nacional, se creían dueños del futuro. Su triunfo militar parecía inevitable, toda vez que la incapacidad del Ejército y la corrupción política permitía que se jugaran el país por regiones: unos manejados por la extrema izquierda armada y otra apoyada por empresarios, ganaderos, políticos y FFAA con los “justicieros” paramilitares.

    Sin contar que $5.1 billones se destinaba a la defensa ni los millones de colombianos humildes víctimas de desplazamiento forzado, masacres, reclutamiento obligatorio y hasta servicio militar que era más para los hijos de campesinos y pobres que para los retoños de la exclusiva clase alta y media.

    Del mismo autor: ¿Se llevaron el Festival y Premio Gabo de Medellín?

    En ese estercolero nació el fenómeno Uribe.

    Como la flor de fango, el exalcalde echado por sus nexos con el Cártel de Medellín, exgobernador y fenómeno político paisa gracias al apoyo de las castas conservadoras (Valencia Cossio, Villegas, Gómez Martínez, entre otros) vieron en esa figura minúscula pero vociferante la salida honrosa del desgobierno conservador del delfín Andrés Pastrana. Mismo que llegó a la presidencia con la promesa de pactar con Tirofijo una paz definitiva, quien odia con razón a Juan Manuel Santos, que sí desarmó a la guerrilla más antigua de Occidente y además ganó el Nobel de Paz que él acariciaba en sueños. Hoy sólo es un nostálgico viajero a la isla del pedófilo Epstein y el segundo peor presidente de Colombia. Hasta en eso ya es irrelevante.

    Así Pastrana, conservador tradicional, le legó el “chicharrón” al reaccionario paisa con la esperanza de que “si quieres la paz, prepárate para la guerra”. Y más de 10 millones votamos enceguecidos por la venganza que él representaba, ignorantes de que el remedio sería peor que la enfermedad. Dos décadas después, los hijos de esa Colombia anegada en sangre se levantaron, los pueblos hasta 2022 olvidado dieron una lección de grandeza a nuestra generación, votando por el cambio y el sueño de no repetir nuestros errores y miserias.

    Uribe y su era deja una estela de terror y miseria para la gran mayoría de colombianos. Quitando el receso que fueron los ocho años de Juan Manuel Santos, el afortunado “traidor”, los 12 años de su gobierno en propia persona y por interpuesto títere, demostró que sí era posible llevar la corrupción a política de Estado, que lo público se podía manejar para beneficio propio y de unos cuantos, los mismos de siempre, esos que se creen herederos de un “destino manifiesto” para mandar y abusar. Fuera en ciudades, departamentos o a nivel nacional, si tiene la bendición del ex presi (diario, dente) contaba con patente de corso para hacer y deshacer.

    Hoy, a Duque le queda pocas horas como inquilino en la Casa de Nari. Es el mejor final para un patriarca que fue llamado “el segundo Libertador” por unos medios y una sociedad mendaces y áulicos, que prefirieron cerrar los ojos ante las atrocidades del “mesías anunciado”.

    “Pudimos volver a las fincas”, dijeron un puñado que se alegraron de ver que el Estado recuperaba el terreno, sin tener en cuenta que esa falacia fue gracias a que no estaban ganando la guerra contra la criminal Farc sino porque se bajaron al mismo nivel que los delincuentes. Incluso aliándose con ellos, como las declaraciones de exmilitares ante la JEP ha develado para dolor y rabia de los amigos de hacer trizas la paz.

    Uribe llega a su fin. Como todo mortal le llegará su hora y si hay Justicia Divina allí no podrá amenazar, eliminar testigos o hacer jugarretas, como en vida.

    Y en unos años, como le pasó a Pinochet, Videla, Castro o Somoza, los colombianos miraremos esa época de la Historia y parodiando la letra de ese predecesor que fue Núñez, el godo retrógrado, dirán que en 2022 “cesó la Uribe noche” y un glorioso orgullo circundará su alba tez.

    Del mismo autor: ¿Puede la democrática derecha colombiana dar un golpe de estado?

    Ñapa: Otro mes más y el caso del periodista Eliécer Santanilla sigue camino al olvido. Sus familiares y amigos lo tenemos presente y esperamos que en 2023 se haga justicia con su crimen y los culpables, el asesino confeso y los intelectuales, purguen la condena que merecen. #JusticiaParaElicerSantanilla

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    “Cesó la Uribe noche. Colombia era un país sin esperanza. Con una subversión envalentonada, bien armada y repartida por todo el territorio nacional, se creían dueños del futuro…»


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    Por: Wilmar Vera Z

    Hace 20 años los colombianos elegimos la mano dura para imponer la paz. En una semana, dos décadas después, Colombia decidió imponer la paz sin necesidad de violencia. Termina, así, con más sombras que luces, la era del uribismo en la presidencia nacional.

    En 2002 éramos un país inviable, como hoy lo dejó el Ñeñe subpresidente Duque. De acuerdo con informes de la época, el 70% de la violencia que padecíamos era producto del accionar demencial de las guerrillas (en especial Farc y ELN), mientras que el 30% restante era producto de los no menos salvajes paramilitares. Más de 2.200 personas habían sido secuestradas, el 88% por la guerrilla y el resto por los paracos.

    Desde 1995 a 2001, de 4.901 fueron asesinados, el 60 % eran por los hombres de Tirofijo y el resto, 39%, de Castaño, Mancuso y compañía. Además, de 281 colombianos masacrados, el 64% correspondía a los paramilitares y 35% la guerrilla.

    Colombia era un país sin esperanza. Con una subversión envalentonada, bien armada y repartida por todo el territorio nacional, se creían dueños del futuro. Su triunfo militar parecía inevitable, toda vez que la incapacidad del Ejército y la corrupción política permitía que se jugaran el país por regiones: unos manejados por la extrema izquierda armada y otra apoyada por empresarios, ganaderos, políticos y FFAA con los “justicieros” paramilitares.

    Sin contar que $5.1 billones se destinaba a la defensa ni los millones de colombianos humildes víctimas de desplazamiento forzado, masacres, reclutamiento obligatorio y hasta servicio militar que era más para los hijos de campesinos y pobres que para los retoños de la exclusiva clase alta y media.

    Del mismo autor: ¿Se llevaron el Festival y Premio Gabo de Medellín?

    En ese estercolero nació el fenómeno Uribe.

    Como la flor de fango, el exalcalde echado por sus nexos con el Cártel de Medellín, exgobernador y fenómeno político paisa gracias al apoyo de las castas conservadoras (Valencia Cossio, Villegas, Gómez Martínez, entre otros) vieron en esa figura minúscula pero vociferante la salida honrosa del desgobierno conservador del delfín Andrés Pastrana. Mismo que llegó a la presidencia con la promesa de pactar con Tirofijo una paz definitiva, quien odia con razón a Juan Manuel Santos, que sí desarmó a la guerrilla más antigua de Occidente y además ganó el Nobel de Paz que él acariciaba en sueños. Hoy sólo es un nostálgico viajero a la isla del pedófilo Epstein y el segundo peor presidente de Colombia. Hasta en eso ya es irrelevante.

    Así Pastrana, conservador tradicional, le legó el “chicharrón” al reaccionario paisa con la esperanza de que “si quieres la paz, prepárate para la guerra”. Y más de 10 millones votamos enceguecidos por la venganza que él representaba, ignorantes de que el remedio sería peor que la enfermedad. Dos décadas después, los hijos de esa Colombia anegada en sangre se levantaron, los pueblos hasta 2022 olvidado dieron una lección de grandeza a nuestra generación, votando por el cambio y el sueño de no repetir nuestros errores y miserias.

    Uribe y su era deja una estela de terror y miseria para la gran mayoría de colombianos. Quitando el receso que fueron los ocho años de Juan Manuel Santos, el afortunado “traidor”, los 12 años de su gobierno en propia persona y por interpuesto títere, demostró que sí era posible llevar la corrupción a política de Estado, que lo público se podía manejar para beneficio propio y de unos cuantos, los mismos de siempre, esos que se creen herederos de un “destino manifiesto” para mandar y abusar. Fuera en ciudades, departamentos o a nivel nacional, si tiene la bendición del ex presi (diario, dente) contaba con patente de corso para hacer y deshacer.

    Hoy, a Duque le queda pocas horas como inquilino en la Casa de Nari. Es el mejor final para un patriarca que fue llamado “el segundo Libertador” por unos medios y una sociedad mendaces y áulicos, que prefirieron cerrar los ojos ante las atrocidades del “mesías anunciado”.

    “Pudimos volver a las fincas”, dijeron un puñado que se alegraron de ver que el Estado recuperaba el terreno, sin tener en cuenta que esa falacia fue gracias a que no estaban ganando la guerra contra la criminal Farc sino porque se bajaron al mismo nivel que los delincuentes. Incluso aliándose con ellos, como las declaraciones de exmilitares ante la JEP ha develado para dolor y rabia de los amigos de hacer trizas la paz.

    Uribe llega a su fin. Como todo mortal le llegará su hora y si hay Justicia Divina allí no podrá amenazar, eliminar testigos o hacer jugarretas, como en vida.

    Y en unos años, como le pasó a Pinochet, Videla, Castro o Somoza, los colombianos miraremos esa época de la Historia y parodiando la letra de ese predecesor que fue Núñez, el godo retrógrado, dirán que en 2022 “cesó la Uribe noche” y un glorioso orgullo circundará su alba tez.

    Del mismo autor: ¿Puede la democrática derecha colombiana dar un golpe de estado?

    Ñapa: Otro mes más y el caso del periodista Eliécer Santanilla sigue camino al olvido. Sus familiares y amigos lo tenemos presente y esperamos que en 2023 se haga justicia con su crimen y los culpables, el asesino confeso y los intelectuales, purguen la condena que merecen. #JusticiaParaElicerSantanilla

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