Colombia no necesita un presidente que reparta la escasez: necesita uno que salga a crear riqueza

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Este país es el segundo más biodiverso del mundo, tiene nueve millones de toneladas de cobre sin extraer, posición geográfica estratégica y una población joven. Lo que no ha tenido es un gobierno dispuesto a aprovechar eso. Ese es el verdadero desafío del próximo presidente.

Hay dos maneras de gobernar una economía. La primera es mirar la torta existente, decidir cómo se reparte y diseñar los impuestos que financian esa redistribución. La segunda es salir al mundo a conseguir que la torta sea más grande. Colombia lleva cuatro años atrapada en la primera lógica. El próximo presidente tiene la oportunidad —y la obligación— de apostar por la segunda.

Los activos son reales y están ahí. Colombia es el segundo país más biodiverso del planeta en términos absolutos y el primero en proporción a su superficie. Tiene reservas estimadas de cobre en 9,7 millones de toneladas en el cinturón andino, con exploración que creció 40% solo en 2024. Tiene agua, tierras agrícolas, vientos y sol para energías renovables, posición en dos océanos que ningún otro país de América del Sur tiene, y una población joven que todavía no ha alcanzado su pico productivo. Lo que no ha tenido es un gobierno que le diga al mundo: vengan, aquí hay negocios serios, reglas claras y socio confiable.

En cambio, lo que el mundo recibió en estos cuatro años fue retórica antiempresarial, reformas diseñadas para asustar antes que para transformar, y un modelo que apostó por gravar lo que existe en vez de atraer lo que falta. El resultado está en las cifras: la inversión extranjera directa en minería cayó más del 30% en dos años, múltiples proyectos estratégicos están congelados o migraron a Perú y Chile, y la inversión privada total llegó al 17,5% del PIB —el nivel más bajo en dos décadas—. No es que Colombia no sea atractiva. Es que sus señales políticas ahuyentaron a quienes querían apostar por ella.

Un presidente que piensa en grande no es un presidente que ignora la equidad. Es uno que entiende que sin crecimiento real no hay nada que distribuir. Que una Colombia con inversión, con empleo formal, con sectores productivos funcionando, genera más recursos para educación, salud e infraestructura que cualquier reforma tributaria que exprime a quienes ya contribuyen. La diferencia entre un líder y un administrador de la precariedad es exactamente esa: el líder no se pregunta cómo repartir lo que hay; se pregunta cómo hacer que haya más.

El próximo presidente debería tener una agenda clara en sus primeros cien días: una gira internacional para reposicionar a Colombia como destino de inversión, un marco normativo predecible para el desarrollo responsable de recursos naturales, una política de Estado para el turismo de biodiversidad y una señal inequívoca al sector privado de que las reglas del juego no cambiarán con cada decreto. Eso no se opone a la protección ambiental ni al bienestar social. Al contrario: es la única manera de financiarlos de forma sostenible. Colombia tiene todo para ser un país grande. Lo que necesita es un presidente que lo sepa y que esté dispuesto a demostrárselo al mundo.

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