Colombia normalizó la violencia ante la ausencia del Estado

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Escribir sobre seguridad en Colombia se ha convertido en un ejercicio desalentador. No es el primero y, lamentablemente, parece que no será el último editorial que dedicamos a este tema en los casi cuatro años del gobierno de Gustavo Petro. Sin embargo, insistimos en que la seguridad no es un asunto que deba politizarse. Cuando se pierden vidas y heridos, el origen de los hechos bien sea de izquierda, de derecha o de centro pasa a un segundo plano. El gran error de los políticos es querer convertir cada tragedia en una herramienta de su narrativa.

Existe una realidad dolorosa y es que Colombia se acostumbró. Aunque pensamos que somos un país resiliente, esa supuesta virtud es en concreto la normalización de lo que no está bien. El terrorismo, la criminalidad y la inseguridad no son normales, aunque hayamos decidido convivir con ellos como si fueran parte del paisaje.

Lo que vive el país hoy no es un hecho aislado. Es una escalada terrorista que ha venido creciendo desde el segundo gobierno de Juan Manuel Santos, atravesando el periodo de Iván Duque y profundizándose en la administración actual. Las estadísticas y las pruebas confirman una verdad amarga, gran parte del territorio nacional está ocupado por criminales. Estos grupos han aumentado su poder económico, militar y territorial ante la ausencia de un Estado que nunca ha logrado ocupar el territorio de manera integral. Mientras las fuentes de recursos ilegales se vuelven cada vez más lucrativas, el Estado se muestra incapaz de plantear una ofensiva completa.

Ante esto, los mensajes de solidaridad, las ceremonias fúnebres y los ramos de flores terminan siendo «cantos a la bandera». Duele la indolencia de quienes tienen la obligación constitucional de actuar y garantizar la seguridad, pero duele aún más que existan personas que prefieran que esta historia no cambie.

Colombia tiene un historial de muerte que no podemos seguir viendo como algo normal. Es incomprensible que, como sociedad, parezca que nos quedó gustando vivir así. No podemos permitir que los criminales sigan afectado al país y a la población más vulnerable; es momento de rechazar la idea de que el terrorismo es nuestro destino inevitable.

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