Colombia sí es atractiva. El problema fue el gobierno

Colombia sí es atractiva. El problema fue el gobierno
Foto: Redes sociales

Las cifras publicadas esta semana merecen leerse con cuidado, porque cuentan dos historias al mismo tiempo, y solo una de ellas es buena noticia.

La Inversión Extranjera Directa creció 63,4% en el primer trimestre de 2026, alcanzando US$3.794 millones. Los sectores no extractivos —manufactura, tecnología, servicios— captaron US$3.166 millones, un salto del 49% frente al trimestre anterior. Son números que, en otro contexto, serían motivo de celebración oficial y fiesta en el Palacio de Nariño.

Pero hay otra cifra que el gobierno prefiere no mencionar: la inversión total en Colombia, sumando la nacional y la extranjera, representa hoy apenas el 17,5% del PIB. Es el nivel más bajo en dos décadas. Nunca, en veinte años, Colombia había invertido tan poco de su propia riqueza en su propio futuro.

Esas dos cifras, leídas juntas, cuentan algo que la narrativa oficial no puede explicar: el capital extranjero no está celebrando cuatro años de gobierno de Petro. Está apostando a que se acaban. La IED que está llegando hoy es anticipación, no reconocimiento. Es la señal de que los mercados internacionales le están poniendo ficha al cambio que viene, no al legado del que se va.

El diagnóstico es importante porque define el reto. Colombia no necesita que el próximo gobierno «arranque de cero»: el interés existe, el potencial existe, la geografía y los recursos existen. Lo que se perdió en estos cuatro años es la confianza. Y la confianza se perdió por razones concretas, no abstractas: una reforma tributaria que encareció la inversión y castigó al sector productivo; una retórica de confrontación permanente con el empresariado privado; una incertidumbre regulatoria que convirtió cada decisión de inversión en una apuesta de alto riesgo; y una política energética que sembró dudas sobre el futuro de sectores enteros de la economía.

Recuperar esa confianza no es automático. No basta con ganar una elección. El próximo gobierno tendrá una ventana —corta y valiosa— para enviar señales inequívocas: estabilidad jurídica, respeto a los contratos, reglas de juego predecibles, diálogo real con el sector privado. Si esa ventana se aprovecha, el rebote de la IED puede convertirse en un ciclo virtuoso de inversión, empleo y crecimiento. Si se desperdicia en disputas políticas o en reformas que generen nueva incertidumbre, el capital se irá tan rápido como llegó.

Colombia tiene todas las condiciones para crecer con consistencia. Tiene una clase empresarial sólida, una población joven, una ubicación geográfica privilegiada y una institucionalidad —golpeada, pero en pie— que distingue al país del resto de la región andina.

Lo que no puede permitirse es otro ciclo de cuatro años en que la ideología le gane la batalla al sentido común económico.

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