¿Cómo incrementar la productividad empresarial? De la teoría a la evidencia práctica

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Esta publicación hace parte de la tercera edición de la Revista 360, la cual puede encontrar en el siguiente enlace: https://issuu.com/revista_360/docs/revista_360_edicion_3-2


Por: Santiago Echavarría Escobar – Director del Centro de Ciencia y Tecnología de Antioquia

Son muchos los estudios económicos y las políticas de estado en diferentes geografías que apuntan a la productividad como uno de los asuntos centrales más relevantes para avanzar en la senda del desarrollo económico. Pero más allá de ello, ya en el terreno empresarial, en la práctica de crear, sostener y crecer empresas, el reto diario para miles de emprendedores y empresarios consiste en encontrar fórmulas para mantener su competitividad y, por ende, su nivel de ingresos y empleo. Incrementar la productividad es una parte muy importante de la ecuación.

Según un estudio del McKinsey Global Institute (2015), referenciado por el Consejo Privado de Competitividad e incluido en la Política Nacional de Desarrollo Productivo (Conpes 3866), aproximadamente el 80 %del potencial de crecimiento de la productividad que puedan lograr las empresas en países emergentes como Colombia, proviene directamente del “catch up” o “alcance” de buenas prácticas productivas existentes y usadas en ciertos lugares del mundo; y el restante 20 % de incremento potencial se deriva de “mover o empujar”, vía innovaciones de diferente tipo, esa frontera productiva definida por las buenas prácticas existentes.

Considero que esto es una muy buena noticia para nuestros empresarios, pues da pistas claras de cómo abordar el reto de la productividad. Y más específicamente, invita a elegir con mayor probabilidad de éxito en dónde se deben focalizar los esfuerzos y los recursos con que se cuentan, que solamente en el terreno de los deseos, son ilimitados.

Para explicarlo con otras palabras, si nuestros empresarios se proponen incorporar deliberadamente buenas prácticas existentes en sus sectores y en otros de los que también pueden aprender, muy seguramente van a incrementar significativamente sus niveles de productividad, con el consecuente impacto en el empleo y crecimiento económico esperado. El estudio referenciado dice que allí es donde están las mayores ganancias de productividad, y lo más interesante es que es un camino más fácil, rápido y económico.

Las evidencias prácticas nos lo confirman. Desde la experiencia del CTA, los logros económicos que obtienen las empresas que hemos acompañado con programas para el incremento de la productividad operacional, mediante la transferencia de buenas prácticas, son del orden de 1 a 10. Este valor es el resultado promedio obtenido por casi 1.000 empresas acompañadas en los últimos siete años a través del programa Enplanta, financiado por la Alcaldía de Medellín, donde por cada peso invertido, las empresas han obtenido un retorno de 10 pesos, de acuerdo con lo reportado por ellas mismas. Y no hicieron inversiones cuantiosas, ni compraron la última tecnología, ha sido más bien producto del talento y creatividad de sus propios colaboradores. Y como esta, hay otras experiencias en el país.

El abanico de buenas prácticas a copiar -en el buen sentido de la palabra- es inmenso, lo que nos da la posibilidad de apropiar cientos de conocimientos y tecnologías de gestión ya probados en muchas empresas, que lógicamente será necesario adaptar al contexto y sector específico en que nos ubiquemos. Nuevos formatos de retail, prácticas que aumenten la eficiencia, prácticas que reduzcan el nivel de desperdicios en los procesos, incorporación de nuevos productos o servicios de mayor valor agregado, cadenas de suministro más esbeltas, prácticas culturales que fomentan la economía circular, sistemas de gestión integrados, son algunas de las buenas prácticas ya maduras a las cuales hay que ponerle el ojo.

Los resultados económicos obtenidos por las empresas que incorporan buenas prácticas productivas se expresan en: disminución de costos, mejoras de calidad, incremento de ventas, desarrollo de nuevos o mejorados productos, disminución de desperdicios y reprocesos, ahorros de materias primas, mejoras de proceso, entre otros, lo que a nuestro juicio es el mejor argumento para creer que este no sólo es un camino posible, sino que es uno real y probado.

También es cierto que la innovación tecnológica permite ampliar la frontera de la productividad y diversificar la oferta, llevando las empresas a otro nivel, y hacer que en el mediano y largo plazo la competitividad de estas sea sostenible. Aquí hay demasiado por construir con el apoyo de la ciencia y la tecnología, pero también es claro que para la gran mayoría de nuestros empresarios las condiciones no están dadas aún: es costoso, incierto y exige personal con un alto grado de calificación. Por el contrario, la adopción de buenas prácticas es más sencilla, menos riesgosa, exige menores inversiones y no requiere un talento humano tan diferenciado.

Así las cosas, y entendiendo que existe gran diversidad en las capacidades de nuestras empresas, en el desarrollo de sus sectores y en los niveles productivos entre el campo y la ciudad, estamos seguros de que una manera “inteligente” de comenzar a cerrar brechas y aumentar la productividad es decidirnos a apropiar, cuanto antes, las
buenas prácticas existentes. La teoría lo explica, las evidencias prácticas lo confirman.