Cuando una batería de un vehículo eléctrico deja de ofrecer la autonomía necesaria para seguir impulsando un automóvil, no significa que haya llegado al final de su vida útil. En muchos casos conserva entre el 70 % y el 80 % de su capacidad de almacenamiento, suficiente para desempeñar otro papel durante varios años más.
Esa es la premisa detrás de #RetoIluminaColombia 2.0, una iniciativa que reutiliza baterías provenientes de vehículos electrificados de Volvo para convertirlas en sistemas estacionarios de almacenamiento de energía alimentados por paneles solares.
El objetivo no es únicamente extender la vida de un componente tecnológico, sino ofrecer una solución a comunidades donde los cortes de energía o la ausencia de infraestructura eléctrica siguen siendo parte de la vida cotidiana.
La necesidad es evidente. De acuerdo con el Plan Indicativo de Expansión de Cobertura (PIEC) de la Unidad de Planeación Minero Energética (UPME), alrededor de 1,32 millones de hogares colombianos presentan déficit en el acceso a energía, y más del 80 % de ellos se encuentran en zonas rurales donde la red eléctrica nunca llegó.
Una batería convertida en un sistema de almacenamiento
El proceso es mucho más complejo que instalar una batería usada junto a unos paneles solares, pues las unidades retiradas de vehículos eléctricos e híbridos enchufables pasan primero por un diagnóstico técnico donde se evalúa el denominado Estado de Salud (State of Health o SoH) de cada módulo.
Mientras que aquellas celdas que presentan degradación son descartadas y los módulos que todavía conservan buena capacidad energética son seleccionados para una segunda vida.
Posteriormente comienza un proceso de repotenciación o upcycling. Los ingenieros desmontan el paquete original y reconfiguran sus componentes para convertir la batería automotriz en un sistema estacionario de almacenamiento de energía, conocido técnicamente como Battery Energy Storage System (BESS).
La transformación también implica reemplazar o adaptar el Battery Management System (BMS), el cerebro electrónico encargado de monitorear permanentemente variables críticas como voltaje, corriente y temperatura. Si detecta cualquier anomalía, el sistema desconecta automáticamente la batería para evitar riesgos.
Una vez completada la reconfiguración, la batería trabaja junto a un sistema fotovoltaico compuesto por paneles solares e inversores híbridos.
Durante el día, los paneles captan la radiación solar y producen corriente continua. Parte de esa energía abastece directamente el consumo y el excedente se almacena en la batería. Cuando llega la noche o se presentan interrupciones del suministro eléctrico, la energía acumulada alimenta nuevamente el sistema, mientras el inversor transforma la corriente continua en corriente alterna para que puedan funcionar luminarias, computadores, refrigeradores y otros equipos convencionales.
Energía estable para estudiar y conservar alimentos
La segunda fase del proyecto amplió el alcance que había comenzado en 2025 con la ecoaldea Nashira. Ahora los sistemas fueron instalados en dos puntos del Valle del Cauca donde el acceso estable a la electricidad representa un reto permanente.
Uno de ellos es la Institución Educativa de Desarrollo Rural La Selva, ubicada en Ginebra, donde cerca de 30 estudiantes de primaria pueden utilizar iluminación y equipos tecnológicos incluso cuando la red eléctrica presenta interrupciones.
El otro corresponde al comedor comunitario de Tienda Nueva, en Palmira, donde la disponibilidad constante de energía garantiza el funcionamiento de sistemas de refrigeración que permiten conservar alimentos destinados a más de 50 personas en condición de vulnerabilidad.
En ambos casos, la electricidad deja de ser únicamente un servicio básico para convertirse en un factor que influye directamente sobre la educación, la seguridad alimentaria y las condiciones de permanencia de las comunidades en sus territorios.
Una segunda vida que también reduce el impacto ambiental
La reutilización de baterías responde además a un modelo de economía circular. En lugar de enviar inmediatamente estos componentes a procesos de reciclaje industrial, se aprovecha la capacidad energética que todavía conservan para aplicaciones menos exigentes que un automóvil.
Mientras un vehículo eléctrico demanda aceleraciones constantes, cambios rápidos de carga y descarga y altas exigencias térmicas, un sistema estacionario opera bajo condiciones mucho más estables.
Las baterías trabajan con ciclos de carga y descarga lentos y controlados, sin vibraciones ni cambios bruscos de temperatura, lo que reduce considerablemente su degradación química y permite extender su funcionamiento entre cinco y ocho años adicionales.
Una vez concluye esa segunda etapa, las baterías regresan a procesos especializados de reciclaje donde materiales como litio, cobalto y otros metales pueden recuperarse para nuevos ciclos productivos.
Seguridad diseñada para operar en zonas rurales
El almacenamiento de energía mediante baterías de litio exige protocolos específicos de protección.
Por ello, los sistemas incorporan un BMS que supervisa permanentemente cada celda, gabinetes industriales con protección contra humedad, polvo e insectos, además de inversores que incluyen mecanismos automáticos de desconexión frente a sobrecargas o fallas eléctricas.
A esto se suma un componente poco visible, pero determinante para la continuidad del proyecto: la capacitación de líderes comunitarios.
Las comunidades reciben formación para monitorear el estado del sistema, comprender su funcionamiento y realizar un seguimiento básico que garantice su operación durante los próximos años.
Lea también:
