Contra la libertad de expresión

Por Santiago Silva Jaramillo

El pasado 20 de julio Colombia amaneció siendo un poco menos libre. En una absurda decisión, la Corte Suprema de Justicia confirmó una sentencia de 18 meses de prisión contra Gonzalo Hernán López, que había tratado de “rata” y sugerido las actividades ilegales de la Directora de la Federación de Departamentos, Gloria Escalante, en la sección de comentarios de una nota del periódico El País de Cali.

La decisión –muy controversial, por supuesto- ha pasado en general por debajo del radar de la paranoica opinión pública colombiana, tan pendiente de las crisis emergentes que no solo olvida rápido su indignación, sino que la escoge con un cruel criterio de sensacionalismo.

Así que pocos han sido los que nos hemos ofendido con este caso, un clarísimo abuso contra la Libertad de Expresión en nuestro país. Pero como suele pasar con ciertos derechos naturales, los damos por sentados y cuando son violados lo ignoramos o creemos que solo es una excepción.

Pero lo preocupante de la decisión contra el señor López es que genera dos precedentes perversos, uno formal, en la forma de jurisprudencia de la Corte, y uno informal, en que otros funcionarios con egos sensibles podrán recurrir a este tipo de demandas cuando en el futuro, alguien los cuestione, incluso, en la irrelevancia de un foro de comentarios de una página web.

Nos enfrentaremos entonces a pequeños tiranos con demasiado poder relativo. Mejor dicho, funcionarios con suficiente influencia para atacar y abusar de ciudadanos de a pie o sus empleados, pero poco más. Dispuestos a hacerlo todo, incluso violar un derecho, con tal de defender ese ego torpe de las personas que sobre compensan su incompetencia e irrelevancia con orgullo.

La Libertad de Expresión no solo es un derecho natural de los hombres, también supone uno de los pilares de la democracia liberal que tanto decimos defender, y su defensa no es una vieja hazaña de la historia patria, sino una lucha constante contra el abuso del poder de los poderosos, la coerción como forma de silencio.

De igual forma, el mérito de la Libertad de Expresión de la que goza una sociedad está en su tolerancia de opiniones incómodas, irrespetuosas, excesivas; no de las que son aceptadas o conciliadoras. La libertad se disfruta en el extremo, no en el centro, en el conflicto, no en la conformidad.

Nuestros funcionarios, autoridades e incluso algunos compatriotas deben aprender que no toda ofensa debe saldarse con sangre o en este caso, con condenas judiciales. Que ser funcionario público también implica respetar ideas, atender opiniones y ser capaz de responder a cuestionamientos sin utilizar su influencia en abusar de los ciudadanos. Atemorizar sus opiniones hasta la sumisión.

Colombia necesita más pluralismo, y más libertad. Su problema de fondo es la concentración política, el elitismo y la coerción; la idea del “usted no sabe con quién se está metiendo”, o del “mejor no hablemos de eso”. Pero el caso del señor López se constituye en una terrible señal de los lejos que estamos de superar esos vicios.

Alcalde medellin