En un movimiento que redefine el tablero de la geopolítica energética y agrícola, EE. UU. ha puesto en marcha una estrategia de emergencia para asegurar el abastecimiento de fertilizantes, señalando a Venezuela y Marruecos como sus aliados estratégicos más viables.El bloqueo de las rutas comerciales en el Golfo Pérsico ha disparado el costo de los insumos agrícolas en más de un 30% en apenas unas semanas, amenazando con trasladar la inflación directamente a la cesta de la compra estadounidense.
Marruecos y el dominio de los fosfatos: Un aliado clave para la agricultura de EE. UU.
El giro más sorprendente se ha dado hacia Caracas. El Departamento del Tesoro de EE. UU. emitió recientemente licencias que flexibilizan las sanciones sobre la industria petroquímica venezolana con un objetivo reactivar la producción de urea y amoníaco en complejos como Fertinitro, en el estado Anzoátegui.Kevin Hassett, asesor económico de la administración Trump, confirmó en una entrevista para la cadena CNBC que estas autorizaciones buscan incentivar la producción de precursores químicos.
«Es una póliza de seguro contra las interrupciones», afirmó el funcionario, refiriéndose a la parálisis del transporte marítimo que normalmente fluye desde Oriente Medio. Con el petróleo Brent superando la barrera de los 100 dólares y el Estrecho de Ormuz bajo máxima tensión, la cercanía geográfica de Venezuela se ha convertido en una ventaja competitiva imposible de ignorar para EE. UU.

Las relaciones comerciales con el Reino de Marruecos han entrado en una fase de normalización acelerada. Tras años de litigios arancelarios, EE. UU ha decidido no impugnar las resoluciones favorables al Grupo OCP, el gigante estatal marroquí que lidera el mercado mundial de fosfatos.
Esta medida allana el camino para que los fertilizantes fosfatados del país magrebí regresen con fuerza al cinturón agrícola de Estados Unidos. Marruecos, que posee las mayores reservas de roca fosfórica del planeta, ofrece no solo estabilidad en el suministro, sino también una ruta logística segura a través del Atlántico, evitando los focos de conflicto que hoy mantienen en vilo al comercio global.La urgencia de estas maniobras diplomáticas se entiende al observar las cifras del mercado.Según analistas del sector, cerca de un tercio de los fertilizantes nitrogenados del mundo transitan por vías fluviales hoy consideradas de alto riesgo. La escasez global ha provocado que la urea registre alzas de hasta el 40%, niveles que no se veían desde la crisis de 2022.Para los agricultores estadounidenses, que se preparan para las próximas temporadas de siembra, el acceso a estos productos es una cuestión de supervivencia financiera. «No se puede ignorar el gasto; la agricultura moderna necesita estos insumos para mantener la productividad», señalan informes de consultoras agrícolas.
Este nuevo enfoque de la Casa Blanca demuestra que, cuando la seguridad alimentaria y la estabilidad de los precios internos están en juego, la política exterior tiende a volverse más pragmática. La reintegración gradual de Venezuela en el mercado energético y el fortalecimiento del vínculo comercial con Marruecos no son solo gestos diplomáticos; son movimientos calculados para contener un «shock» de precios que podría desestabilizar la economía norteamericana en un año electoralmente sensible.Mientras el conflicto en el Golfo Pérsico siga limitando la oferta global, Caracas y Rabat se perfilan como los nuevos pilares que sostendrán el sistema agroalimentario de la mayor potencia del mundo.
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