Data

En la actualidad, en la era de la digitalización, todo, absolutamente todo, es reducible a datos: cuántas calorías quemo en una caminata de 2 kilómetros, qué tipo de libros he leído en el último año, que alimentos estoy consumiendo, qué marca de crema de dientes utilizo, cuántas pulsaciones tengo al dormir y, así, la lista sería interminable…


Por: Felipe Jaramillo Vélez

En los últimos años se ha dicho muchas veces que “los datos son el nuevo petróleo que mueve el mundo”, frase cuya autoría resulta difícil precisar.

Sin embargo, la analogía podría ser la correcta y, por ello, sentar posiciones sobre el manejo de la data se hace necesario antes de que esta desborde el entendimiento humano.

En la actualidad, en la era de la digitalización, todo, absolutamente todo, es reducible a datos: cuántas calorías quemo en una caminata de 2 kilómetros, qué tipo de libros he leído en el último año, que alimentos estoy consumiendo, qué marca de crema de dientes utilizo, cuántas pulsaciones tengo al dormir y, así, la lista sería interminable.

Todo es un número y ese número se constituye en un elemento útil de control, ya sea para el mercado, para el Estado o, incluso, para la delincuencia organizada.

A través de la utilización de la data se está enterrando, en una fosa común o en un cementerio de tercera, uno de los proyectos más ambiciosos que ha emprendido el hombre desde sus comienzos: la búsqueda de la libertad.

Los datos y su manipulación representan un panóptico moderno, un medio para la dominación y el control humano que planteara Michel Foucault y que, hoy, a través de la tecnología, potencia su poder de vigilancia.

“las instituciones disciplinarias han secretado una maquinaria de control que ha funcionado como un microscopio de la conducta; las divisiones tenues y analíticas que realizaron han llegado a formar, en torno de los hombres, un aparato de observación, de registro y de encauzamiento de la conducta”.

Que una empresa promotora de salud tenga conocimiento en tiempo real de lo que pasa con mi organismo, marcando la cantidad de pulsaciones, el nivel de azúcar en la sangre, el éstres y hasta el estado de ánimo, está dejando de ser materia para un relato de ciencia ficción.

Con la tecnología actual, específicamente, con el advenimiento de la nanotecnología, contar con dispositivos que naveguen por la sangre y que brinden data permanentemente ya es posible.

Georeferenciar a una persona y establecer sus relaciones sociales, sus desplazamientos y sus perversiones será, cada vez más, una actividad cotidiana.

La negativa a entregar los datos personales será, sin ninguna duda, la mayor discusión en los años venideros, sin embargo, la resistencia a estar en bases de datos será imposible, en tanto que la única forma de evitarlo sería a través de la ética, disciplina que, desgraciadamente, no tiene mucho crédito en nuestros días.

Que en la vacuna del coronavirus va a ir un pequeño dispositivo con el que podrán monitorizarnos permanentemente empieza a ser ya un elemento de conspiración y paranoia mundial, razón por la que millones de personas se abstendrán de vacunarse, inclusive, a sabiendas de que el no hacerlo podría ocasionar su muerte y la de sus seres queridos.

No obstante, esta acción de prevención o de rebeldía, no servirá a la postre de mucho, pues, a través del consumo de cualquier alimento se podría inocular un dispositivo monitoreable inalámbricamente.

De nada sirve huir, ni correr, en tanto que la cuestión no es de esconderse y no hay ningún lugar donde el hombre pueda ser invisible.

Pero, aún podría haber una esperanza, esta reside en la reflexión colectiva, una que establezca límites basados en los riesgos, límites que ayuden, paulatinamente, a reestablecer la prudencia como madre de todas las virtudes morales, como principio básico y rector de la vida.

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