domingo, mayo 28, 2023
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    Donde viven los monstruos

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    Por Jesús Vallejo Mejía

    Maurice Sendak escribió con este título lo que hoy se considera un clásico de la literatura infantil. De él me valgo ahora para referirme a la profunda crisis institucional que hoy padece Colombia.

    Nuestra Constitución Política, expedida el 4 de julio de 1991, se acerca a su fin, apenas transcurrido un cuarto de siglo de su entrada en vigor. Nadie llorará por la desaparición de esta hija de dañado y punible ayuntamiento que surgió de una oscura componenda y el más flagrante desprecio por el Derecho que concebirse pueda.

    Yo he dicho de ella desde el comienzo que es un Código Funesto, una paridera de monstruos institucionales. Prácticamente todas sus innovaciones, no obstante los buenos propósitos que pudieron animar a los constituyentes que la produjeron, se han prestado a distorsiones y abusos  que la han desnaturalizado hasta hacerla irreconocible. (Oír audio)

    Quizás la institución que más se ha pervertido es la Corte Constitucional, ideada supuestamente para garantizar la guarda de la integridad y la supremacía de la Constitución dentro de los estrictos y precisos términos fijados por su  artículo 241. Pero otras innovaciones no le han ido en zaga, tales como el Consejo Superior de la Judicatura, la Fiscalía General de la Nación o la  finada Comisión Nacional de la Televisión, para solo mencionar algunas.

    La figura misma de los derechos fundamentales se ha desdibujado de tal modo que ya es casi imposible identificarla en los casos concretos, de donde se sigue el desmadre de la acción de tutela, que se había previsto como remedio excepcional y urgente para la protección de aquellos y terminó convirtiéndose en recurso ordinario de los litigantes para saltarse los trámites de los procesos habituales.

    Tema cotidiano son los famosos «choques de trenes», expresión con que la prensa se refiere a los conflictos entre las autoridades, sobre todo las del orden judicial.

    Y asunto de extrema gravedad es la desaforada corrupción que se pone de manifiesto en todos las áreas de la organización estatal.

    De hecho, la profundización de la democracia que se propuso el constituyente de 1991 ha permitido la captura del Estado por inextricables redes de corrupción que impiden la manifestación  idónea de la voluntad popular, pues el voto se compra directa o indirectamente a través de los recursos pecuniarios puestos a disposición de quienes controlan el poder público.

    Por esa vía, un gobernante carente de todo escrúpulo como el que hoy ocupa la Casa de Nariño ha logrado integrar una supuesta Mesa de Unidad Nacional a través de la cual controla el Congreso hasta el extremo de obtener que le aprueben iniciativas tendientes a aniquilar del todo lo que nos resta de institucionalidad.

    Tal vez sin quererlo, por aquello de las famosas traiciones del subconsciente, a la coalición que nos oprime se le dio el ostentoso nombre de Mesa de Unidad Nacional. Mesa, en efecto, es de comensales ávidos de entrar a saco no solo en la Hacienda Pública, sino en los haberes privados. Como a aquella la tienen arruinada a fuerza de inmisericordes exacciones, ahora se aprestan a tramitar una reforma tributaria destinada a torcerles el pescuezo a los contribuyentes de a pie, pues a los empresarios ya no les pueden sacar un céntimo más.

    Con Santos, los políticos corruptos han hecho un banquete de nunca acabar. Todo se les ha ido en francachela y comilona, han raspado la olla y quieren todavía más, sin darse cuenta de que en medio de las presentes dificultades de nuestra economía el pueblo ya no puede darles más, fuera de que el camino que irresponsablemente les están pavimentando a las Farc para que se tomen el poder terminará desalojándolos del mismo.

    ¿Qué poder pretenderán compartir con esos facciosos cuando sus huestes irrumpan en todos los escenarios diciendo a voz en trueno;»¡Ahora mandamos nosotros!»?

    Leo en estos momentos un doloroso escrito de Ian Kershaw que lleva por título «Descenso a los Infiernos» y versa sobre la historia de Europa en la primera mitad del siglo XX, «en la que el continente europeo estuvo a punto de autodestruirse»(pag. 38). Hacia allá vamos nosotros en desenfrenada carrera cuyo deletéreo impulso solo por obra providencial podemos ahora esperar que se corrija.

    Nos esperan días aciagos.

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    Por Jesús Vallejo Mejía

    Maurice Sendak escribió con este título lo que hoy se considera un clásico de la literatura infantil. De él me valgo ahora para referirme a la profunda crisis institucional que hoy padece Colombia.

    Nuestra Constitución Política, expedida el 4 de julio de 1991, se acerca a su fin, apenas transcurrido un cuarto de siglo de su entrada en vigor. Nadie llorará por la desaparición de esta hija de dañado y punible ayuntamiento que surgió de una oscura componenda y el más flagrante desprecio por el Derecho que concebirse pueda.

    Yo he dicho de ella desde el comienzo que es un Código Funesto, una paridera de monstruos institucionales. Prácticamente todas sus innovaciones, no obstante los buenos propósitos que pudieron animar a los constituyentes que la produjeron, se han prestado a distorsiones y abusos  que la han desnaturalizado hasta hacerla irreconocible. (Oír audio)

    Quizás la institución que más se ha pervertido es la Corte Constitucional, ideada supuestamente para garantizar la guarda de la integridad y la supremacía de la Constitución dentro de los estrictos y precisos términos fijados por su  artículo 241. Pero otras innovaciones no le han ido en zaga, tales como el Consejo Superior de la Judicatura, la Fiscalía General de la Nación o la  finada Comisión Nacional de la Televisión, para solo mencionar algunas.

    La figura misma de los derechos fundamentales se ha desdibujado de tal modo que ya es casi imposible identificarla en los casos concretos, de donde se sigue el desmadre de la acción de tutela, que se había previsto como remedio excepcional y urgente para la protección de aquellos y terminó convirtiéndose en recurso ordinario de los litigantes para saltarse los trámites de los procesos habituales.

    Tema cotidiano son los famosos «choques de trenes», expresión con que la prensa se refiere a los conflictos entre las autoridades, sobre todo las del orden judicial.

    Y asunto de extrema gravedad es la desaforada corrupción que se pone de manifiesto en todos las áreas de la organización estatal.

    De hecho, la profundización de la democracia que se propuso el constituyente de 1991 ha permitido la captura del Estado por inextricables redes de corrupción que impiden la manifestación  idónea de la voluntad popular, pues el voto se compra directa o indirectamente a través de los recursos pecuniarios puestos a disposición de quienes controlan el poder público.

    Por esa vía, un gobernante carente de todo escrúpulo como el que hoy ocupa la Casa de Nariño ha logrado integrar una supuesta Mesa de Unidad Nacional a través de la cual controla el Congreso hasta el extremo de obtener que le aprueben iniciativas tendientes a aniquilar del todo lo que nos resta de institucionalidad.

    Tal vez sin quererlo, por aquello de las famosas traiciones del subconsciente, a la coalición que nos oprime se le dio el ostentoso nombre de Mesa de Unidad Nacional. Mesa, en efecto, es de comensales ávidos de entrar a saco no solo en la Hacienda Pública, sino en los haberes privados. Como a aquella la tienen arruinada a fuerza de inmisericordes exacciones, ahora se aprestan a tramitar una reforma tributaria destinada a torcerles el pescuezo a los contribuyentes de a pie, pues a los empresarios ya no les pueden sacar un céntimo más.

    Con Santos, los políticos corruptos han hecho un banquete de nunca acabar. Todo se les ha ido en francachela y comilona, han raspado la olla y quieren todavía más, sin darse cuenta de que en medio de las presentes dificultades de nuestra economía el pueblo ya no puede darles más, fuera de que el camino que irresponsablemente les están pavimentando a las Farc para que se tomen el poder terminará desalojándolos del mismo.

    ¿Qué poder pretenderán compartir con esos facciosos cuando sus huestes irrumpan en todos los escenarios diciendo a voz en trueno;»¡Ahora mandamos nosotros!»?

    Leo en estos momentos un doloroso escrito de Ian Kershaw que lleva por título «Descenso a los Infiernos» y versa sobre la historia de Europa en la primera mitad del siglo XX, «en la que el continente europeo estuvo a punto de autodestruirse»(pag. 38). Hacia allá vamos nosotros en desenfrenada carrera cuyo deletéreo impulso solo por obra providencial podemos ahora esperar que se corrija.

    Nos esperan días aciagos.

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