Por un instante, la encuesta de Invamer pareció concederle a Iván Cepeda el cetro que tanto anhela: 44,3 % en la primera vuelta, un salto que los encuestadores presentaron como irrefutable. Pero las encuestas miden intenciones declaradas en laboratorios asépticos, no el pulso moral de un país que, de pronto, se vio sacudido por la barbarie. El pasado fin de semana, mientras los colombianos aún digerían aquellos números, el Cauca y el Valle del Cauca amanecieron con un horror que ninguna gráfica puede maquillar: más de veinte inocentes muertos —quince mujeres entre ellos—, decenas de heridos, un cráter en la vía Panamericana y el terror desatado por las mismas disidencias que la «Paz Total» prometió domesticar.
Esa política, bandera y obsesión del gobierno Petro, tiene un arquitecto principal en el Congreso y es Iván Cepeda. Fue él quien, desde la Comisión de Paz, empujó el andamiaje jurídico, legitimó las negociaciones ambiguas y defendió con vehemencia un modelo que hoy se desmorona en explosiones y cadáveres. Los colombianos no necesitan ser politólogos para entender lo evidente, cuando la «paz» se negocia con quienes siguen matando, lo que se obtiene no es concordia, sino impunidad y más sangre.
Y en medio de esta tragedia, Cepeda sí habló. Pero su pronunciamiento no fue el rechazo rotundo, visceral, incondicional que exige el momento. Fue un comunicado calculado, casi burocrático, que condenaba «los actos de barbarie» al tiempo que insinuaba —con esa sutileza tan suya— que los atentados podrían estar orquestados para favorecer «intereses de la extrema derecha» y desestabilizar el proceso electoral. Como si la muerte de civiles indígenas y campesinos fuera, ante todo, un complot contra su candidatura. Como si el dolor de las familias fuera un daño colateral en la narrativa de persecución que tanto le gusta cultivar.
Hay en esa reacción algo profundamente revelador, esto es, la incapacidad de un sector político —la izquierda miserable— para mirar de frente el fracaso de su propio proyecto. Cepeda, que durante años ha mantenido diálogos y contactos con los actores armados que hoy siembran el terror, parece incapaz de pronunciar la palabra «condena» sin añadirle un matiz político que la diluye. No es la primera vez. Su trayectoria está marcada por una ambigüedad calculada frente a la subversión, esto es, supuesto defensor de la paz, sí; pero siempre con la puerta entreabierta para quienes nunca han renunciado a las armas.
Los colombianos, sin embargo, no son idiotas. La encuesta de Invamer se hizo antes de los atentados. Los números de abril ya pertenecen al pasado. Hoy, cuando el orden público es el principal problema del país según la misma Invamer (36,9 %), cuando seis de cada diez rechazan la «Paz Total» y se sienten más inseguros por ella, el electorado está despertando. Despertando a la realidad de que votar por Cepeda no es votar por la continuidad de un gobierno; es votar por la continuidad del desastre.
No se trata de odio ni de polarización barata. Se trata de algo mucho más profundo: la defensa elemental de la vida, del Estado de Derecho y de la decencia mínima que un país herido tiene derecho a exigir a sus aspirantes a presidente. Colombia, que ya ha pagado con demasiada sangre las utopías armadas y las paces de papel, no va a premiar al arquitecto de una política que ha fracasado con estrépito.
Las encuestas pueden inflar a Cepeda hasta el 44 % o más. Pero las urnas, el 31 de mayo, hablarán con la voz de un pueblo que ya no se deja engañar por las cifras. Y esa voz, cada vez más clara, dice BASTA. No más muerte. No más destrucción. No más Cepeda.
Por: Aldumar Forero Orjuela- @AldumarForeroO
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