El crecimiento sin raíces

“Colombia no crece: se endeuda y se estanca. Mientras el gasto público desplace a la inversión y a la acumulación de capital, el estancamiento será su único destino.”

El crecimiento sin raíces

El 3,5% de avance del producto interno bruto en el segundo trimestre de 2026 no debería generar optimismo. Detrás de esa cifra se esconde una verdad incómoda: más de la mitad del resultado —alrededor del 60%— provenía del gasto público. Sin ese empuje artificial, vinculado a las elecciones, a los pagos retroactivos y al reforzamiento de la defensa, la expansión se habría limitado a un mediocre 2%. Este patrón no es neutral. Es el legado de un manejo económico que privilegió la expansión del Estado sobre la creación de riqueza real, financiando el desembolso con deuda y dejando a la inversión privada en un segundo plano.

Crecer a base de gasto público constituye un error de fondo. Mises lo formuló con precisión: el Estado no produce capital; lo absorbe y lo redistribuye. Cuando esa absorción se sostiene mediante endeudamiento, se comete una distorsión intertemporal grave. Se consume hoy lo que aún no se ha generado y se traslada la carga a quienes vendrán después. En la práctica colombiana, el gasto público alcanzó el 17,6% del PIB, mientras la inversión se estancó en el 16,9%. Esa inversión, además, se concentró en maquinaria importada y en unos pocos proyectos de infraestructura. La vivienda, indicador clave de la formación de capital a largo plazo, acumula ya un año y medio de contracciones. No hay acumulación genuina cuando el erario desplaza al ahorro privado. Hay, simplemente, malinversión, es decir, recursos desviados hacia usos que no responden a las preferencias reales de los consumidores ni a la estructura temporal de la producción.

El consumo de los hogares, que avanzó 2,8%, tampoco puede presentarse como motor legítimo. El impulso proveniente de la Copa Mundial de la FIFA —ventas de electrónicos, vestuario deportivo, apuestas y entretenimiento— fue transitorio. Una vez descontado ese efecto, aparecen las señales de agotamiento: desaceleración en bienes no durables, contracción prolongada en restaurantes y hoteles, y una mera recomposición del gasto hacia lo pasajero. La visión keynesiana sostiene que estimular la demanda es suficiente para generar prosperidad. Craso error que lo enseñan en las universidades. La Escuela Austriaca —que poco o nada enseñan en las universidades— responde que el consumo es el fin, no el origen. Sin ahorro previo y sin capital que multiplique la productividad, cualquier expansión forzada del gasto de las familias termina en desequilibrios. La apreciación del peso abarató las importaciones, pero redujo el poder adquisitivo de las remesas y de las exportaciones de servicios. Las tasas de interés más altas limitaron el crédito de consumo. La ocupación en las principales ciudades retrocedió de 61,5% a 60,6% entre diciembre de 2025 y junio de 2026. Y el terremoto en varias regiones del occidente del país interrumpió cadenas productivas en el corto plazo. Todo ello confirma que el consumo no puede sostenerse artificialmente sin erosionar sus propias bases.

Lo más preocupante reside en la decadencia de la inversión y de las exportaciones, los verdaderos pilares del crecimiento en cualquier economía del mundo. La formación de capital fijo dependió de bienes importados cuya contribución al valor agregado interno es limitada. Sin una estructura productiva más compleja y prolongada en el tiempo no hay aumento sostenido de la riqueza. Las exportaciones cayeron 1% y las de servicios registraron su primera contracción desde la pandemia, golpeadas por la pérdida de competitividad derivada de la fortaleza del peso y por la merma en la llegada de turistas. La agricultura sufrió por el alza de insumos y el fenómeno de El Niño. La minería permaneció limitada por la falta de un marco que incentive nuevas exploraciones e inversiones. Estos no son detalles sectoriales. Son la evidencia de que el orden espontáneo del mercado ha sido perturbado. Friedrich Hayek insistió en que el conocimiento está disperso y que sólo los precios libres y la propiedad privada permiten coordinarlo. Cuando el Estado amplía su peso, desincentiva la acumulación de capital y debilita la inserción externa, destruye precisamente esos mecanismos.

El panorama que se abre hacia adelante no es alentador. La finalización del efecto mundialista, el ajuste fiscal inevitable, las tasas de interés todavía elevadas, la moderación del empleo y el impacto inmediato del sismo apuntan a una desaceleración de la economía colombiana. Las proyecciones sitúan el crecimiento en 2,5% para 2026 y en 2,1% para 2027. El primer semestre fue sobresaliente en apariencia; el detalle revela factores temporales y una base productiva debilitada.

El manejo económico del gobierno anterior expandió el gasto financiado con deuda, desplazó a la inversión privada y confió en un consumo que no puede ser motor autónomo. El resultado es un crecimiento sin raíces, vulnerable al primer ajuste. La corrección exige recuperar los principios que Mises y Hayek defendieron: reducir el tamaño del Estado para liberar recursos hacia el sector productivo, restaurar la disciplina fiscal y monetaria de modo que el peso no castigue la competitividad, proteger de manera efectiva los derechos de propiedad y eliminar las barreras que desalientan la inversión en minería, agricultura e industria. Sólo así el ahorro voluntario podrá convertirse en capital y los empresarios podrán alargar la estructura productiva bajo las señales del mercado, no bajo la dirección burocrática.

Colombia necesita dejar atrás la ilusión de que el erario y el consumo forzado generan prosperidad. El crecimiento que importa nace del trabajo, del ahorro y de la libertad de emprender. Mientras se privilegie lo contrario, el país seguirá registrando cifras que, en realidad, anuncian su propia fragilidad.

Colombia, en realidad, no crece: permanece estancada y con perspectivas de seguir estancada mientras no invierta el orden de sus prioridades. Debe abandonar la dependencia del gasto público y concentrarse en fortalecer la inversión y la acumulación de capital fijo, únicos fundamentos durables de la prosperidad.

El reto del gobierno que acaba de asumir consiste en reducir el déficit fiscal con determinación. Un país no puede sostenerse ni resultar atractivo cuando el gasto supera de manera sistemática los ingresos. Tampoco es legítimo equilibrar las cuentas mediante más impuestos o una regulación todavía más asfixiante. El ajuste debe recaer sobre el sector público, no sobre quienes producen y ahorran. Sólo así se abrirá la posibilidad de un crecimiento genuino, asentado en el capital y no en la ilusión del erario.

Por: Aldumar Forero Orjuela-  @AldumarForeroO

Del mismo autor: ¡Oh, Colombia!

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