El empalme: donde terminan los discursos y empieza a gobernar Colombia

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Más de 1.000 personas trabajan ya en la transición del presidente electo Abelardo de la Espriella. Que ese equipo esté a la altura no es un deseo: es la primera prueba real de que las promesas de campaña tenían sustancia.

Colombia entró en una fase diferente. La segunda vuelta quedó atrás, los discursos de campaña ya cumplieron su propósito y el presidente electo Abelardo de la Espriella enfrenta ahora el ejercicio que ningún eslogan reemplaza: gobernar. Y gobernar bien comienza, precisamente, en el empalme.

El proceso de transición que arrancó esta semana es el más ambicioso en la historia reciente del país. Más de 1.000 personas, organizadas en 22 mesas sectoriales, están trabajando para recibir el Estado colombiano en todos sus frentes: hacienda, salud, seguridad, minería, infraestructura, política exterior y más. El vicepresidente electo José Manuel Restrepo lidera la coordinación técnica. El BID comprometió 60 millones de dólares para apoyar el proceso. La arquitectura del empalme es, en papel, seria.

Ahora bien: que sea numeroso no garantiza que sea bueno. Y es aquí donde vale la pena detenerse — no para cuestionar personas, sino para recordar el estándar que el propio presidente electo fijó durante su campaña.

Mérito y coherencia: la primera deuda del gobierno electo

De la Espriella llegó a la presidencia con un discurso claro sobre la meritocracia, la reducción de la burocracia y el fin del clientelismo. Prometió un Estado más eficiente, rodeado de los mejores, sin cuotas políticas que comprometan la gestión. Esa promesa, que le ganó votos en todo el espectro político, tiene su primera prueba de fuego en el empalme mismo.

Un comité de transición de más de 1.000 personas es eficaz solo si quienes lo integran están ahí por su capacidad técnica y su conocimiento sectorial — no por su lealtad de campaña ni por el cupo que les correspondió a los distintos grupos de apoyo. En política colombiana esa distinción ha sido históricamente difícil de sostener. Este gobierno tiene la oportunidad de demostrar que puede.

El mérito importa también porque el diagnóstico que produzca este empalme no es un ejercicio académico: va a determinar las prioridades del gasto público, las reformas que se tramitarán en el primer año y los sectores que recibirán atención inmediata. Un diagnóstico hecho con rigor técnico producirá decisiones mejores. Uno hecho para complacer a aliados producirá las mismas distorsiones de siempre.

Conflictos de interés: el punto que no puede ser omitido

Hay un elemento que merece atención especial y que en Colombia raramente se aborda con la seriedad que merece: los conflictos de interés dentro del equipo de empalme.

Los integrantes de las 22 mesas sectoriales tendrán acceso a información sensible del Estado — contratos vigentes, situación fiscal de entidades, diagnósticos de sectores estratégicos, proyecciones de política pública. Esa información tiene un valor enorme para quienes operan en esos sectores. La pregunta natural, y legítima, es si existen salvaguardias para que ese acceso no sea aprovechado en beneficio privado.

No se trata de presumir mala fe. Se trata de construir el proceso de transición con las garantías institucionales mínimas que impidan que la buena fe sea insuficiente. Colombia ya ha vivido las consecuencias de empalmes donde la información privilegiada fluyó hacia intereses particulares. Este gobierno, que se ha definido como anticorrupción, debería ser el primero en blindar ese proceso con mecanismos claros: declaraciones de interés de los participantes, compromisos de confidencialidad verificables y protocolos de acceso a la información diferenciados por nivel de sensibilidad.

Si esos mecanismos existen, el equipo del presidente electo debería comunicarlos. No como respuesta a una crítica, sino como ejercicio natural de transparencia en un proceso que le pertenece a todos los colombianos.

Ya pasó la campaña — ahora toca otra cosa

El verdadero mensaje de esta semana no es cuántas personas están en el comité de empalme. Es que Colombia llegó al momento en que los discursos se vuelven presupuesto, decreto y gestión. El elector que votó por De la Espriella no lo hizo para escuchar cuatro años más de buenas intenciones — lo hizo para ver resultados concretos en seguridad, en economía, en las regiones que históricamente han sido las grandes olvidadas del centralismo bogotano.

El empalme es la bisagra entre lo que se prometió y lo que se hará. Si está bien hecho — con expertos que conozcan sus sectores, con independencia frente a intereses privados y con la voluntad real de entender lo que el Estado recibe y no solo lo que el gobierno quiere entregar — entonces el país tendrá bases sólidas para el período 2026-2030.

Si no, ningún discurso posterior podrá compensar el diagnóstico mal hecho desde el principio.

Desde 360 Radio Colombia seguiremos con atención este proceso. No como adversarios del gobierno que comienza, sino como lo que somos: un medio comprometido con informar a los colombianos sobre lo que pasa en su país, con el rigor que ese compromiso exige.

La campaña terminó. Bienvenidos al gobierno.

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