El espejo de la IA: La nueva brecha que nos deja por fuera del futuro tecnológico

Inteligencia artificial
Foto: Redes sociales

En Colombia, la inteligencia artificial se ha convertido en el nuevo accesorio de los discursos oficiales. Se desarrollan eventos y foros de innovación, pero la realidad es decepcionante: el país no se está preparando para la transformación tecnológica más profunda del momento. En contraste, el mundo avanza y nosotros nos quedamos solo en palabras y conocimiento.

La ciencia y los hechos han demostrado que la IA no es una tendencia. Esta tecnología se ha convertido en el centro de atención y de la inversión mundial, llegando a compararse con la electricidad o el internet en sus inicios. Sin embargo, mientras otros países efocan sus esfuerzos en actualizarse y estar a la vanguardia, en Colombia estamos atrapados en debates superficiales. Nos preguntamos cómo «regular a los robots», pero ignoramos lo necesario para avanzar quién formará el talento, cómo se modernizarán las instituciones y de dónde saldrá la infraestructura necesaria.

Esto deja claro que estamos fallando en lo más importante, la educación. Pese a la creciente demanda del mercado, los jóvenes no están aprendiendo pensamiento computacional, ni uso productivo de datos. Seguimos formándolos para un mundo que ya desapareció. Esto provoca que la brecha social incremente y que se traduzca en exclusión laboral y menos movilidad. Y aunque ya hay universidades interesadas en este tema, son apenas el inicio.

Por otra parte, si revisamos el panorama nacional, hay mucho por hacer. En la mayoría de los municipios no hay conectividad robusta ni equipos preparados para liderar proyectos de datos. Tratamos la IA apenas como una idea decorativa en los planes de desarrollo y no como la palanca de productividad que podría mejorar la salud, la seguridad o la justicia.

En el sector privado, el panorama es igual de preocupante. Se está abriendo una brecha entre un grupo minúsculo de grandes empresas que ya optimizan sus procesos con IA y una inmensa mayoría de pymes que ni siquiera saben por dónde empezar. Si no se atiende este desfase, la economía colombiana quedará partida entre la eficiencia de unos pocos y el estancamiento de la mayoría.

Lo inquietante no es ir detrás, sino no estar construyendo las capacidades mínimas para no desaparecer del mapa. El talento que logramos formar termina emigrando por falta de ecosistemas serios, mientras que la conversación pública se agota en eslóganes vacíos como «economía del conocimiento».

Prepararse para la IA exige decisiones incómodas y reales, renovar currículos, invertir en formación docente, fortalecer la investigación y modernizar las bases de datos públicas. No basta con regular.

Colombia no será competitiva por decreto. La verdadera diferencia no estará entre quienes tienen acceso a las herramientas y quienes no, sino entre los países que asumieron la IA como una política de Estado y aquellos que la usaron como una pieza de propaganda. Hoy, estamos peligrosamente cerca de lo segundo. Si no corregimos el rumbo, la IA no será nuestra oportunidad de modernización, sino el espejo que nos recordará que vimos venir el futuro y preferimos quedarnos en el anuncio.

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