El perfil del ministro de Defensa que debará designar Abelardo De la Espriella para enfrentar el narcotráfico y el crimen organizado

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Cuando Abelardo de la Espriella llegue a Casa de Nariño el 7 de agosto de 2026, heredará el ministerio más grande del Estado colombiano y uno de los más complejos del hemisferio. El Ministerio de Defensa administra un presupuesto que en 2025 superó los 60 billones de pesos, equivalente al 4,1% del PIB, y para 2026 tiene asignados 3,7 billones adicionales en inversión, un incremento del 47% respecto al año anterior. En total, la cartera proyecta movilizar más de 49 billones de pesos en modernización.

En ese ministerio conviven las Fuerzas Militares, la Policía Nacional, la inteligencia del Estado, la infraestructura de defensa y un aparato logístico de proporciones industriales.

La cifra que más incomoda, antes incluso de hablar de liderazgo o de relaciones diplomáticas, es esta: el 79% del presupuesto de Defensa se va en gastos de personal. Eso significa que el ministro heredará una estructura con margen de maniobra fiscal acotado, donde cada peso de inversión tiene que rendir el doble. Y eso requiere algo que en la política colombiana se suele subestimar: capacidad gerencial real, no voluntad política.

El mapa de amenazas: complejidad sin precedentes

Colombia no enfrenta un problema de seguridad. Enfrenta varios superpuestos, cada uno con su lógica propia y sus actores transnacionales. Según el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz), en los primeros cinco meses de 2026 se registraron 54 masacres y 233 víctimas. El año 2025 cerró con 13.726 homicidios, uno cada 38 minutos, impulsados en un 61% por ajustes de cuentas del crimen organizado.

Los grupos armados suman hoy más de 27.000 integrantes activos, un crecimiento del 23,5% en apenas doce meses: el Clan del Golfo creció 30%; las disidencias de las FARC, 22%; el ELN, aunque en menor proporción, sigue expandiéndose. El desplazamiento forzado aumentó un 85%, impulsado en parte por la crisis del Catatumbo, que obligó a más de 100.000 personas a abandonar sus hogares.

En el frente del narcotráfico, los datos de la ONU lo dicen todo: Colombia concentra el 67% de los cultivos de coca del mundo, con 253.000 hectáreas registradas. En 2023 produjo más de 2.600 toneladas de cocaína, un incremento del 53% frente al año anterior. Y en mayo de 2026, en operativos conjuntos entre la Policía Nacional y la DEA bautizados como Operación Bastión Norte, fueron desmantelados los dos primeros laboratorios de producción autónoma de fentanilo en Colombia: uno en Cali y otro en el Cauca. El país ya no es solo el mayor productor de cocaína del mundo. Está entrando a la cadena de producción de opioides sintéticos que devasta a Estados Unidos. Eso cambia radicalmente el nivel de presión internacional que recibirá el gobierno entrante.

Lo que hacen los mejores ministerios de defensa del mundo

Los ministerios de defensa de primera línea el Pentágono, el MOD británico, tienen en común una arquitectura que trasciende la seguridad clásica. Integran capacidades de ciberdefensa, inteligencia artificial para análisis de amenazas en tiempo real, drones autónomos, guerra electrónica y diplomacia de seguridad regional. Estados Unidos destina 310.000 millones de dólares anuales a defensa y 17.200 millones solo a ciencia y tecnología militar. Israel, con un presupuesto incomparablemente menor, ha construido la doctrina de defensa más eficiente por dólar invertido del mundo: inteligencia de anticipación, tecnología de frontera y cooperación interagencial sin fricciones. El Ministerio de Defensa colombiano no tiene que replicar esas escalas, pero sí debe aprender de su modelo: articulación entre inteligencia civil y militar, cadena de mando clara, rendición de cuentas y visión de largo plazo con resultados de corto plazo medibles.

El perfil: siete condiciones no negociables

No hay margen para la improvisación. El nuevo ministro debe cumplir, al menos, estas siete condiciones.

Primero, experiencia comprobada en el sector. No existe justificación alguna para que llegue a ese despacho alguien sin relación directa y documentada con la defensa y la seguridad. Colombia ha pagado un precio muy alto por nombramientos políticos en esta cartera. El momento actual con 27.000 combatientes, fentanilo en Cali y Colombia recién inscrita en el Escudo de las Américas, no admite aprendices.

Segundo, inglés operativo. La relación con Estados Unidos, el Reino Unido e Israel se gestiona en esa lengua. Las negociaciones de cooperación, los acuerdos de inteligencia, la interoperabilidad con la Coalición de las Américas contra los Cárteles (A3C) exigen un ministro que pueda sentarse en la misma mesa que Pete Hegseth sin necesitar un intérprete. Las conversaciones de fondo, las que importan, nunca ocurren en la sala oficial.

Tercero, competencia gerencial demostrada. El Ministerio de Defensa es la empresa más grande del Estado. Administrar 60 billones de pesos, 450.000 hombres entre militares y policías, logística de escala industrial y contratos de modernización de armamento exige un perfil de liderazgo ejecutivo, no únicamente operacional. El 79% del presupuesto atado a nómina deja poco espacio para errores de gestión.

Cuarto, autoridad ante la tropa. El respeto no se declara desde el escritorio. El ministro debe tener un historial que genere credibilidad genuina entre los mandos medios y la tropa. Sin esa autoridad no verbal, las órdenes difíciles no se ejecutan con la contundencia que se necesita.

Quinto, capacidad de resultados en el corto plazo. El presidente electo rompió con la política de “paz total”. La ciudadanía esperará hechos concretos en los primeros 90 días: reducción de masacres, ofensiva contra el Clan del Golfo y recuperación de territorios con presencia estatal real. El ministro debe tener claridad sobre qué palancas mover desde el primer día, y cómo articular la fuerza pública con la inteligencia civil para generar impacto visible.

Sexto, relaciones estratégicas con aliados. Estados Unidos, Reino Unido e Israel no son solo proveedores de equipamiento: son socios de inteligencia. El Escudo de las Américas implica una articulación operativa real con el Comando Sur estadounidense. El ministro debe llegar con vínculos previos construidos en esas comunidades de defensa, no estar estableciéndolos desde cero mientras el país arde.

Séptimo, madurez diplomática con los vecinos. La amenaza no termina en la frontera. Brasil es clave en el control amazónico; Ecuador y Perú en los corredores del narcotráfico; Panamá en el tránsito migratorio y del crimen organizado. Y Venezuela lo es en todo. El ministro debe tener la inteligencia diplomática para gestionar relaciones complejas con Caracas —inevitables por porosa que sea la frontera y por mucho que desde Miraflores se apoye al ELN— sin ceder soberanía ni abrir flancos políticos internos.

La prueba de fuego

El presidente De la Espriella tiene una ventana muy estrecha para construir credibilidad en seguridad. Cada semana que pase sin contundencia en los territorios controlados por grupos armados será una semana que fortalecerá la narrativa de que el cambio fue solo de discurso. Colombia ha tenido ministros de Defensa extraordinarios y otros que han costado vidas. La diferencia, en todos los casos, no estuvo en los recursos: estuvo en el perfil.

Abelardo de la Espriella llegará al poder el 7 de agosto en un país que produce el 67% de la coca del mundo, que ya tiene laboratorios de fentanilo, que tiene más de 27.000 combatientes ilegales activos y que acaba de comprometerse con Washington a combatir el narcoterrorismo con una nueva arquitectura regional. El ministro que nombre deberá hablar inglés, saber administrar, tener autoridad ante la tropa, generar resultados rápidos y ser capaz de sentarse con los vecinos más difíciles del continente. No es un perfil imposible de encontrar en Colombia. Pero sí es un perfil que no admite compromisos políticos.

Colombia lleva décadas pagando el costo de nombramientos motivados por lealtades en lugar de competencias. Esta vez, el costo de equivocarse sería simplemente demasiado alto.

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