El verdadero reto de 2026 no es vender, es cobrar: la crisis silenciosa de liquidez en las MiPymes

Esta es la paradoja más incómoda del tejido empresarial colombiano: empresas que funcionan bien, pero quiebran por liquidez.

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En Colombia, hay un subsidio del que poco se habla, pero que sostiene silenciosamente a buena parte del aparato productivo: el que las MiPymes le otorgan a sus clientes cada vez que venden y aceptan pagar a 90 o 120 días.

No aparece en las cuentas públicas ni en los balances del sistema financiero. Pero existe. Y lo pagan, todos los días, miles de empresas que terminan financiando la operación de compañías más grandes, con más músculo financiero que ellas mismas.

Durante años hemos llamado a esto “crédito comercial”. En la práctica, es otra cosa: un modelo donde el proveedor asume el costo del tiempo, el riesgo del impago y la presión de sostener su operación mientras el dinero sigue en tránsito. Es decir, un modelo donde quien produce termina actuando como banco, sin margen, sin herramientas y sin haber decidido serlo.

El problema no es menor. Es estructural.

Mientras las empresas celebran ventas, su liquidez se deteriora. Mientras facturan más, su caja se contrae. Y mientras el sistema insiste en medir crecimiento en ingresos, miles de negocios operan con un capital de trabajo atrapado en cuentas por cobrar que no pueden convertir en efectivo cuando lo necesitan.

Esta es la paradoja más incómoda del tejido empresarial colombiano: empresas que funcionan bien, pero quiebran por liquidez. No por falta de demanda, no por mala gestión, sino porque el sistema les exige financiar a otros para poder vender.

Sin embargo, lo seguimos viendo como normal.

El resultado es un ecosistema donde las empresas más pequeñas terminan subsidiando a las más grandes, trasladando hacia abajo el costo financiero de operar en el país. Un modelo que no solo es ineficiente, sino profundamente desbalanceado.

Frente a esto, seguir hablando únicamente de acceso al crédito es insuficiente. El problema no es que las empresas no tengan opciones; es que el sistema las empuja a asumir un rol que no les corresponde.

La solución tampoco pasa únicamente por el proveedor. Pasa, sobre todo, por quien tiene la capacidad de ordenar la cadena: las grandes empresas. Son ellas las que definen plazos, condiciones y dinámicas de pago, y por lo tanto, las que pueden transformar cómo fluye la liquidez en el ecosistema.

Aquí es donde el confirming cobra relevancia. No como un producto financiero más, sino como una infraestructura que permite a las grandes compañías habilitar líneas de financiamiento para sus proveedores, anticipando pagos sin trasladarles la carga financiera ni el riesgo operativo.

Y no es solo un tema de eficiencia financiera. También es un tema de solidez operativa. Un proveedor con caja limitada es un proveedor que compra peor, produce con restricciones y tiene mayor riesgo de incumplimiento. En cambio, una cadena con acceso a liquidez es una cadena que puede crecer, mejorar calidad y responder con mayor consistencia.

El resultado es un cambio de fondo: el proveedor deja de financiar la operación de su cliente, el riesgo se gestiona en estructuras diseñadas para ello y la liquidez deja de ser un cuello de botella para convertirse en un habilitador de crecimiento para toda la cadena.

Porque al final, una cadena es tan fuerte como su eslabón más débil. Y en Colombia, muchas veces, ese eslabón sigue siendo el pequeño emprendedor que financia a todos los demás.

Por: Nicolás Villa Peláez

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