Hacia la destitución de Gustavo Petro

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Al hijo del Ejecutivo le tocaría presentar las pruebas que tumbarían al presidente, Gustavo Petro, porque si son aceptadas no podrían conducir a nada distinto que a la destitución.

Por: Saúl Hernández Bolívar

Ni el más febril escritor habría imaginado el devenir del primer gobierno comunista de Colombia justo a un año de su posesión. El gobierno de Petro ha llegado virtualmente a su final, agobiado por las pruebas inocultables de su corrupción que le es imposible negar porque las denuncias no provienen de la oposición sino de sus propias entrañas.

Mientras los colombianos nos sentíamos presos de un desgobierno al que todavía le faltarían tres años de gestión, una denuncia motivada por infidelidad conyugal puso a temblar al establecimiento: un hijo de Petro, Nicolás, se habría embolsillado sumas exorbitantes de dineros mal habidos, donados por personajes de dudosa reputación a la campaña de su padre.

Vinieron después los escándalos de Laura Sarabia y Armando Benedetti, que opacaron de momento el tema de Nicolás Petro. A ella, al parecer, le robaron una maletada de dinero de su jefe, el presidente, por una cuantía de 3.000 millones de pesos de oscura procedencia. Los entresijos de este caso incluyen un muerto, el coronel Óscar Dávila, cuyo aparente suicidio sigue siendo un misterio.

Por su parte, Benedetti también hizo su pataleta de novia engañada y se quejó con Sarabia por el trato descomedido que le daban ella y el presidente Petro. Gracias a la revista Semana conocimos los audios que Benedetti le envió a Sarabia donde, en resumen, le advierte que sabe tanto de los sucios manejos de la campaña Petro Presidente, que si habla se van presos todos. Y aun no ha hablado. Pero, además, en su rabieta atizada por el alcohol y la cocaína, le recuerda a la Sarabia que él se consiguió los 15.000 millones de pesos con los que compraron los votos necesarios para elegir a Petro. Dineros de la mafia con los que, como si fuera poco, se superó el tope legal de financiación de la campaña. Estos escándalos, por ahora, están engavetados.

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Afortunadamente, la Fiscalía General de la Nación siguió haciendo su trabajo investigativo, lo que derivó en la decisión de capturar al hijo del presidente y a su exmujer por enriquecimiento ilícito. Para sorpresa de todos, allí afloraron sentimientos de orfandad, abandono, soledad y traición. Creíamos que Nicolás se prestaría a su inmolación para fungir como chivo expiatorio, purgando todas las culpas de una elección espuria. Así, se aguantaría seis o siete años de cárcel y luego, olvidado el pecado, le pagarían su sacrificio generosamente: plata es lo que hay.

Pero Nicolás Petro decidió que no iba a pagar cárcel por nadie, y menos por su padre ausente. Colaboró tanto que la Fiscalía le otorgó la libertad con la condición de presentar las pruebas de que a la campaña presidencial sí ingresaron dineros ilícitos y que se violaron los topes de la campaña. Es decir, al hijo del Ejecutivo le tocaría presentar las pruebas que tumbarían a su padre de la presidencia, porque si son aceptadas no podrían conducir a nada distinto que a la destitución de Petro.

Solo que esto es Colombia y aquí puede suceder cualquier cosa. El hijo de Nicolás, que viene en camino, podría no conocer a su padre. O conocerlo en prisión, si Nico no puede demostrar que los dineros entraron a la campaña. Lo mismo si se deja convencer, de algún emisario, de que se deje inmolar a cambio de una futura vida de lujos. Eso porque todavía puede retractarse como lo hizo Benedetti de sus audios, con el cuento de que «me dejé llevar por la rabia y el trago». En este caso sería por «depresión», como ya lo sugiere en entrevistas el propio Nicolás.

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Y, al final, puede que las mayorías en el Congreso se vendan como siempre y no procesen a Petro por indignidad, lo que debería derivar en su destitución. Pero para los colombianos ya no hay dudas, todo está muy claro. Petro debería renunciar no solo por corrupto sino por inepto, pero precisamente por ese motivo es que no lo va a hacer. Toca ayudarle. Que pase el siguiente: ¡don Armando Benedetti!

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