Info Wars. Tommy Robinson y el gulag interactivo

Por: Juan David García Ramírez


La censura y la manipulación de las leyes como instrumentos de persecución política, se han convertido en armas de mayor precisión que las utilizadas por los francotiradores, como el legendario estadounidense Chris Kyle, reconocido héroe de guerra por ultimar a más de un centenar de terroristas en Afganistán e Irak, con la virtud de haberlo hecho, en casi todos los eventos, a varios kilómetros de distancia. En el ámbito contemporáneo de la guerra política, mediática y jurídica, donde los totalitarios y enemigos de las libertades democráticas se mueven como tiburones, no es necesario disparar un solo tiro o activar una bomba para silenciar al rival. Bajo el principio de la economía de fuerzas, otros medios son más eficaces y expeditos para conseguir ese objetivo. El fin es la hegemonía del discurso a través de la supresión del disenso, no del triunfo en la batalla de las ideas.

En las últimas semanas, dos casos en Estados Unidos e Inglaterra se han convertido en emblemas de lo que el escritor ruso Vladimir Bukovsky ha llamado el gulag interactivo, haciendo referencia a los gulags o prisiones a las que en la Unión Soviética se enviaba a todo aquel sospechoso de representar algún tipo de amenaza contra la Revolución. En el nuevo tipo de gulag, la gente no es necesariamente torturada o sometida a trabajos forzosos. En cambio, se le condena a la marginación social y del espacio público, o se le atemoriza con la prisión. Alex Jones, periodista y activista que dirige el famoso portal Info Wars, recibió la sorpresa de que sus cuentas en Apple, Spotify, Facebook y YouTube, habían sido borradas, siendo acusado de incitar al odio y a la violencia con sus contenidos. En las palabras sofisticadas de la izquierda norteamericana, se le señala de difundir un hate speech o discurso de odio. Ahora, los millones de seguidores de Info Wars deben remitirse a los sitios web en donde Jones sigue publicando mayormente artículos y entrevistas, pero ha desaparecido de las redes sociales, controladas por el liberal establishment imperante en los Estados Unidos. El hate speech se asemeja al crimental (o crimen mental) de 1984, la novela de George Orwell sobre el totalitarismo. Cuando en la audiencia ante el Congreso de los Estados Unidos se preguntó a Mark Zuckerberg, creador de Facebook, por el significado de la expresión y los criterios para determinar en qué casos alguien usaba un discurso de odio, este titubeó durante casi un minuto y no supo dar una explicación clara al respecto, siendo notoria la subjetividad y arbitrariedad con que se emplea el término.

El otro caso es el de Tommy Robinson, reportero independiente y activista de la English Defence League. Robinson había sido acusado de entorpecer la acción de la justicia, y también, de alentar acciones violentas y de odio contra la comunidad musulmana del Reino Unido, por reportar sobre el juicio contra los integrantes de una banda de presuntos violadores en la ciudad de Leeds. Primeramente fue sentenciado a trece meses de prisión, y el pasado 1° de Agosto fue puesto en libertad, bajo una serie de nuevas condiciones que le impiden publicar noticias judiciales.

Aunque tanto Alex Jones como Tommy Robinson despiertan por igual simpatías y antipatías en la opinión pública, hoy en día es indiscutible que cualquier desafío a la corrección política se paga con la condena al nuevo gulag interactivo.

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