La elección del destino

“Colombia no enfrenta una simple elección, sino una decisión histórica, esto es, permitir que el país se precipite hacia el abismo de las utopías destructivas o unir fuerzas para defender la libertad antes de que sea demasiado tarde.”

La elección del destino

Ya están definidas las fórmulas presidenciales y vicepresidenciales que se medirán en la primera vuelta del 31 de mayo, y el tarjetón, con su aire de solemnidad democrática, despliega una fila de nombres que, en el fondo, se disuelven como niebla ante el sol implacable de la realidad, esto es, Paloma Valencia con Juan Daniel Oviedo, Abelardo de la Espriella con José Manuel Restrepo, e Iván Cepeda con Aída Quilcué. Las demás son apenas ecos lejanos, candidaturas que flotan como hojas secas en un río que ya sabe hacia dónde corre.

Pero dejemos de lado las máscaras electorales y hablemos con la crudeza que este instante exige, como quien sacude el polvo acumulado para que todo respire mejor. La elección de Quilcué como «vice» de Cepeda no es un astuto movimiento para capturar votos indígenas o rurales; es un estandarte alzado en lo alto de la izquierda más ortodoxa, un gesto que revela la verdadera naturaleza de su proyecto: un «cambio estructural» que, como una fiebre tropical, promete curar las desigualdades pero en realidad devora las raíces mismas de la república. Es el preludio de un desmantelamiento lento, paciente, casi poético en su destructividad, donde las instituciones se convierten en ruinas románticas y la libertad individual en un lujo burgués que hay que erradicar.

Y aquí la pluma debe arder, porque Iván Cepeda no es un político más; es un hombre cuya biografía parece escrita con tinta de las revoluciones fallidas del siglo pasado. Colombia lo sabe, aunque algunos prefieran el olvido conveniente. Su infancia y juventud transcurrieron en el exilio entre Checoslovaquia y La Habana, donde el castrismo lo envolvió como una niebla espesa y perfumada de utopía. Su padre, Manuel Cepeda Vargas, fue un pilar del comunismo colombiano, impulsor de la Unión Patriótica y cercano a las FARC en sus orígenes; un frente guerrillero llevó su nombre, como un tatuaje indeleble en la memoria del terror. Iván Cepeda heredó no solo el apellido, sino el credo: una devoción por Marx y Lenin que parece más profunda que cualquier lazo familiar, una ideología que lleva la destrucción en las venas, disfrazada de redención social.

Su amistad ideológica con el castrismo es antigua, inquebrantable, como un juramento hecho en la oscuridad de una celda imaginaria. Abraza el chavismo de Venezuela con la pasión de quien ve en el colapso ajeno no una advertencia, sino un faro. Chávez, el «arquitecto de un nuevo orden», como él mismo lo llamó; Maduro, su «digno sucesor», alabado sin rubor. Y las FARC no solo una afinidad ideológica, sino vínculos documentados en los computadores de Raúl Reyes, menciones como «compañero Iván Cepeda» pidiendo apoyo para marchas, fotos sonrientes con cabecillas que posan como viejos amigos. No es conspiración; es historia pública, ecos de una relación que roza lo personal, lo que muchos llaman complicidad con un grupo que sembró muerte y miedo durante décadas. ¿Cómo un país que marchó contra las FARC, que rechazó en las urnas el acuerdo de impunidad, que vio a sus víctimas humilladas, podría entregar el poder a alguien que parece venerar más a esos verdugos que a las lágrimas de sus compatriotas? Me lo pregunto con la perplejidad de quien contempla a un pueblo que, cansado de sus propias heridas, elige el veneno como remedio.

Cepeda no construye puentes; los dinamita en nombre de una justicia que siempre termina en cadenas. Un gobierno suyo sería el salto definitivo al abismo, las instituciones cooptadas por dogmas obsoletos, economía estrangulada por el estatismo, libertad de expresión convertida en lujo para los fieles, disenso etiquetado como traición. Y no es alarmismo; es la lección grabada a fuego en las calles vacías de Caracas, en las prisiones de La Habana, en los campos donde el igualitarismo forzado devora la prosperidad. América Latina ha pagado caro cada vez que confió en estos profetas de la destrucción disfrazados de salvadores.

Frente a esa sombra crece, sin embargo, una esperanza que no es ciega ni romántica, sino dura como el acero de quien sabe que la patria se defiende con uñas y dientes. Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella no son enemigos; son dos caras de una misma moneda republicana, matices de una tradición que defiende la economía de mercado como motor de dignidad, el Estado de derecho como muralla contra el capricho, la democracia liberal como el único antídoto contra el veneno populista. Abelardo trae la fiereza indomable, la defensa sin concesiones de la legalidad y la propiedad; Paloma, la serenidad del constructor, el énfasis en el desarrollo sostenible y la unidad que no negocia principios. Juntos, representan no un duelo de vanidades, sino la posibilidad concreta de una Colombia donde el esfuerzo no sea castigado, donde la Ley no sea un juguete en manos del poder, donde el futuro no se hipoteque a ideologías que han dejado cementerios en lugar de naciones prósperas.

Me indigna —y duele en el alma— ver a sus seguidores enzarzados en riñas mezquinas, como niños peleando por un juguete mientras el incendio consume la casa. Es suicida, irresponsable, un regalo envuelto en celofán de ego para quienes acechan desde la oscuridad. La historia latinoamericana está llena de estas tragedias: oposiciones divididas que abren las puertas al autoritarismo. Venezuela no cayó por fatalidad; cayó porque sus demócratas se odiaron más entre sí que al tirano. No repitamos el pecado. La unión entre Paloma y Abelardo no es una cortesía política; es una necesidad imperiosa, un acto de amor patrio crudo y urgente. Si no convergen pronto, si no entienden que sus diferencias son motas de polvo ante la avalancha que se avecina, estaremos entregando Colombia a un gobierno que, con su retórica de trincheras y su adoración por modelos fallidos, podría sepultar la democracia y la república bajo el peso de una «revolución» que solo trae ruina y cadenas.

La primera vuelta será un prólogo tenso; la segunda, el capítulo donde se decide el destino. Allí, la competencia debe metamorfosearse en alianza, en muralla contra el vértigo. Porque Colombia ha sobrevivido tormentas peores —el narcoterror, la guerrilla interminable, la  corrupción que carcome como ácido— gracias a momentos de lucidez nacional, cuando el sentido de patria aplasta las ambiciones pequeñas. Hoy, la coyuntura nos exige lo mismo, nada de disputas estériles, sino coraje para defender lo esencial. La esperanza palpita en esa convergencia posible entre Paloma y Abelardo; en un país que elija la libertad sobre la utopía destructiva, la prosperidad sobre el igualitarismo forzado, la república sobre el culto al líder infalible. Si lo logramos, no solo salvaremos el presente; legaremos a las generaciones venideras una Colombia que pueda mirarse al espejo con orgullo sereno. Si fallamos, la historia —ese juez inexorable— nos juzgará con la severidad que merecen los miopes que dejaron escapar la patria por orgullo tonto.

Colombia no está eligiendo solo un presidente; está eligiendo qué país quiere ser.

Por: Aldumar Forero Orjuela-  @AldumarForeroO

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