La mañana después de la Gran Consulta

Pero quizá la verdadera magnitud del momento no está únicamente en su victoria individual, sino en el fenómeno político que la rodeó: la llamada Gran Consulta por Colombia, que alcanzó 5.857.395 votos, convirtiéndose en la consulta más votada de la historia reciente del país.

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La mañana siguiente a una jornada electoral siempre tiene algo de revelación lenta. El país despierta con la sensación —todavía difusa, todavía difícil de nombrar— de que algo se ha movido en el fondo de su conciencia colectiva. Las cifras aparecen primero como simples reportes técnicos de la Registraduría Nacional del Estado Civil, pero con el paso de las horas adquieren otro peso: dejan de ser números y empiezan a parecer historia.

Ayer ese nombre fue el de Paloma Valencia.

No se trató de una victoria menor ni de una anécdota estadística dentro del calendario electoral. Fue una afirmación política de gran escala. 3.236.286 colombianos marcaron su nombre en el tarjetón de la consulta interpartidista, una cifra que no solo la convierte en la candidata más votada de ese proceso, sino que además la ubica en el centro de la conversación nacional con una legitimidad que pocas candidaturas en Colombia han tenido antes incluso de iniciar formalmente la carrera hacia la primera vuelta presidencial. Las cifras, en política, no suelen ser poesía. Pero a veces lo parecen. Porque detrás de cada número hay un gesto diminuto: una mano que marca un tarjetón, una conversación familiar, una esperanza que se atreve —aunque sea por un instante— a imaginar un país distinto.

Pero quizá la verdadera magnitud del momento no está únicamente en su victoria individual, sino en el fenómeno político que la rodeó: la llamada Gran Consulta por Colombia, que alcanzó 5.857.395 votos, convirtiéndose en la consulta más votada de la historia reciente del país. En una nación que durante años ha convertido la política en una maquinaria de trincheras ideológicas y antagonismos irreconciliables, ver reunidos en un mismo proceso a liderazgos de trayectorias tan distintas tuvo algo de acontecimiento republicano.

Allí estuvieron figuras como Juan Daniel Oviedo, Vicky Dávila, Juan Carlos Pinzón, Juan Manuel Galán, Enrique Peñalosa, Aníbal Gaviria y Mauricio Cárdenas, convocados alrededor de una idea que en Colombia suele sonar más retórica que real: la unidad. Detrás de ese esfuerzo estuvo también el papel persistente de David Luna, quien a lo largo del proceso actuó como una suerte de articulador político, insistiendo —cuando muchos dudaban— en que la convergencia era posible.

En un país donde la política suele premiar el personalismo, la mera existencia de esta consulta ya constituía un gesto significativo. Pero lo verdaderamente notable fue la manera como se cerró la noche electoral. El discurso de victoria de Paloma Valencia no fue el monólogo triunfalista que tantas veces se escucha en estos escenarios. Por el contrario, se detuvo a nombrar uno por uno a sus contendores, reconociendo en cada uno virtudes, trayectorias y aportes al país. En una época en la que la política colombiana parece haber olvidado el lenguaje de la generosidad republicana, ese gesto —tan sencillo como escaso— resultó profundamente simbólico.

Porque si algo dejó claro esta consulta es que el país empieza a cansarse de la política concebida exclusivamente como una guerra cultural permanente. La Gran Consulta fue, en muchos sentidos, una respuesta a esa fatiga colectiva: la demostración de que sectores distintos del espectro político pueden sentarse en la misma mesa sin necesidad de anularse mutuamente.

Dentro de ese mosaico de candidaturas hubo también una historia particularmente reveladora: la de Juan Daniel Oviedo. Con una campaña austera, sin los aparatos tradicionales ni las maquinarias territoriales que suelen dominar la política nacional, logró reunir 1.255.510 votos. Es un resultado notable por varias razones, pero sobre todo porque demuestra que existe un electorado urbano y joven dispuesto a respaldar perfiles técnicos, alejados del estruendo ideológico que tantas veces monopoliza el debate público.

El contraste con la consulta del llamado Pacto Histórico también resulta inevitable. Allí el resultado de Iván Cepeda Castro fue significativamente menor. La aritmética electoral no determina por sí sola el desenlace de una elección presidencial, pero sí establece el clima político del momento. Y el clima que emerge de estas consultas es el de una ciudadanía que parece inclinarse, al menos por ahora, hacia una alternativa distinta a la que ha dominado la conversación política en los últimos años.

Desde una perspectiva estrictamente estratégica, la victoria de Paloma Valencia tiene implicaciones profundas para la configuración de la campaña presidencial que comienza a desplegarse. No es lo mismo llegar a la primera vuelta como candidata designada por acuerdos partidistas que hacerlo con el respaldo explícito de más de tres millones de ciudadanos. Esa diferencia otorga algo que en política es invaluable: autoridad. Autoridad para liderar la coalición, para fijar la agenda programática y para negociar futuras alianzas desde una posición de fortaleza.

Al mismo tiempo, la amplitud de la Gran Consulta envía un mensaje claro a los sectores de centro que todavía observan el panorama electoral con cautela. La coalición que emergió de este proceso no es un bloque ideológico homogéneo; es más bien una convergencia amplia donde conviven corrientes liberales, reformistas, tecnocráticas y conservadoras. Esa diversidad, lejos de ser una debilidad, puede convertirse en su mayor activo electoral.

En el otro extremo del tablero político aparece la candidatura de Abelardo de la Espriella, respaldada por el movimiento Salvación Nacional, que logró superar el umbral con 3.63 % y asegurar representación parlamentaria. Ese resultado le otorga visibilidad política y capacidad de negociación en el Congreso, pero también plantea un dilema estratégico evidente: competir en un mismo espectro electoral con una candidata que ya demostró capacidad de movilizar millones de votos.

En contextos como este suele operar una dinámica conocida en la ciencia política como voto útil. Cuando el electorado percibe que una candidatura tiene mayores probabilidades de alcanzar la segunda vuelta y disputar el poder real, tiende a concentrar su apoyo en ella. Bajo esa lógica, la posición de Paloma Valencia dentro del bloque opositor aparece hoy considerablemente fortalecida.

Otro elemento que inevitablemente entra en la conversación es la posible fórmula vicepresidencial. Desde un punto de vista estratégico, una dupla entre Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo tendría una coherencia política y electoral difícil de ignorar. Ella representa la experiencia parlamentaria, la claridad ideológica y una trayectoria de debate político intenso; él encarna la credibilidad técnica, el lenguaje de las políticas públicas y una conexión evidente con sectores urbanos y jóvenes. La combinación podría construir un puente poco común entre liderazgo político tradicional y legitimidad tecnocrática contemporánea.

Pero más allá de las ecuaciones estratégicas, lo ocurrido ayer abre una pregunta de carácter histórico. La política colombiana ha sido durante décadas un territorio dominado casi exclusivamente por liderazgos masculinos. Aunque varias mujeres han ocupado posiciones de enorme relevancia institucional, el acceso a la Presidencia de la República sigue siendo una frontera no atravesada.

La contundente victoria de Paloma Valencia en esta consulta introduce por primera vez esa posibilidad dentro del horizonte político real. No como un gesto simbólico ni como una concesión retórica a la representación de género, sino como el resultado de un liderazgo que ha sabido construir respaldo ciudadano, estructura política y una narrativa de país que muchos colombianos consideran necesaria en este momento.

Todavía falta un camino largo. Las campañas presidenciales en Colombia son procesos impredecibles, llenos de alianzas cambiantes, tensiones internas y giros inesperados. Pero lo que ocurrió ayer no fue un simple episodio dentro del calendario electoral. Fue la aparición de una fuerza política que logró reunir voluntades diversas alrededor de una candidatura clara y de una idea sencilla: que el país puede aspirar a algo distinto a la política del resentimiento permanente.

Por ahora, lo único indiscutible es que la conversación política nacional ha cambiado de eje. Y en el centro de esa conversación aparece, con una fuerza que pocos habrían anticipado hace algunos meses, el nombre de Paloma Valencia. Una candidata que no solo ganó una consulta, sino que logró algo más difícil en la política contemporánea: convertir una victoria electoral en una esperanza colectiva.

Por: Juan Diego Vélez Forero -@juandiegovelezf

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