La verdad de la Gran Depresión

“Durante casi un siglo se nos ha repetido que la Gran Depresión fue culpa del libre mercado y que solo el intervencionismo del Estado pudo salvarnos. Nada más lejos de la realidad. La crisis de 1929 no fue un fracaso del capitalismo, sino el resultado previsible de la manipulación del dinero por parte de la Reserva Federal y de las políticas intervencionistas que, en vez de corregir los errores, los prolongaron durante más de una década.”

La verdad de la Gran Depresión

Mucho se ha escrito sobre la Gran Depresión: libros, artículos, conferencias académicas, simposios y hasta investigaciones, pero en su inmensa mayoría ha sido mentiroso. La Gran Depresión de 1929-1933 representa uno de los episodios más dramáticos y MAL-estudiados de la historia económica moderna. Lejos de ser una catástrofe inevitable del capitalismo o el resultado de fuerzas misteriosas del mercado, este período fue causado y prolongado por decisiones concretas de política económica del Estado. Las verdaderas causas de la crisis: una expansión crediticia artificial que generó un boom insostenible durante los años veinte, seguida de una intervención gubernamental persistente que impidió los ajustes necesarios y transformó una recesión normal en una depresión de más de una década.

El origen de todo está en la teoría del ciclo económico. Cuando el banco central expande el crédito por encima del ahorro real de la sociedad, baja artificialmente el tipo de interés. Los empresarios interpretan esa señal como si hubiera más ahorro disponible y lanzan proyectos de largo plazo (construcción, fábricas, maquinaria) que en realidad no pueden completarse con los recursos reales existentes. Esto produce malinversiones a gran escala: una distorsión en toda la estructura productiva. Durante los años veinte la Reserva Federal aumentó la oferta monetaria a un ritmo anual del 7 al 8 por ciento. Los tipos de interés se mantuvieron bajos y el crédito bancario se multiplicó.

El resultado fue un boom espectacular pero artificial: un enorme auge inmobiliario en Nueva York y Chicago, sobreexpansión en automóviles, electrodomésticos y radios, crecimiento desmedido en acero, ferrocarriles y empresas de electricidad, y una burbuja bursátil que multiplicó el Dow Jones por más de cuatro veces. Hacia 1928-1929 la Fed empezó a subir los tipos para frenar la especulación. El crack de octubre de 1929 (Black Thursday y Black Tuesday) no fue la causa, sino la manifestación de que las inversiones erróneas debían liquidarse.

Para entender la magnitud del error posterior hay que comparar dos crisis: la de 1920-1921 y la de 1929-1933. Ambas comenzaron con una contracción fuerte, pero la de 1920-1921 se resolvió en solo 18 meses porque el gobierno no intervino: permitió que salarios y precios bajaran, que las empresas inviables quebraran y que los recursos se reasignaran rápidamente. En 1929, en cambio, Hoover inició una política intervencionista activa. Convocó conferencias para mantener salarios altos, impulsó obras públicas con deuda, aprobó la ley Smoot-Hawley (que elevó drásticamente los aranceles y destruyó el comercio internacional), creó la Reconstruction Finance Corporation para rescatar bancos y empresas, subió impuestos de forma importante y presionó para evitar la liquidación de malas inversiones.

Todas estas medidas, que pretendían «suavizar» la crisis, terminaron prolongándola. Los salarios rígidos generaron desempleo masivo. Los aranceles provocaron retaliaciones y colapso del comercio. Los rescates impidieron que el capital se moviera hacia sectores productivos. El aumento del gasto y los impuestos drenaron recursos del sector privado. La producción industrial cayó cerca del 47 %, la construcción privada se derrumbó, el desempleo llegó al 25 % y miles de bancos quebraron. La economía quedó atrapada en un desequilibrio estructural durante más de una década.

En las universidades actuales, lamentablemente, la Gran Depresión casi nunca se enseña como realmente ocurrió. Cuando se menciona, se repite la versión convencional que culpa al «libre mercado» o al «capitalismo sin reglas», y se presenta el intervencionismo (especialmente el New Deal) como la gran solución. Pocas veces se explica con honestidad el rol de la expansión crediticia artificial ni cómo las políticas de Hoover y Roosevelt prolongaron la crisis en lugar de resolverla. Como resultado, generaciones de estudiantes salen sin entender una de las lecciones más importantes de la historia económica: que repetir los mismos errores intervencionistas solo genera más sufrimiento. Si se conociera mejor esta realidad, sería mucho más difícil volver a cometer los mismos fallos.

Es muy común que profesores intervencionistas afirmen que John Maynard Keynes resolvió la Gran Depresión con su libro La Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero, publicado en 1936. Esto es falso. El libro apareció siete años después del comienzo de la crisis. La economía estadounidense solo recuperó niveles de producción y empleo cercanos a los de 1929 cuando entró de lleno en la Segunda Guerra Mundial y se produjo una enorme movilización industrial para fabricar armamento y suministros bélicos. Esta recuperación tuvo un costo altísimo en vidas humanas y destrucción masiva en otros países, y desde ningún punto de vista puede considerarse una solución económica sana o deseable.

En Colombia lo estamos viendo hoy con claridad. El presidente Gustavo Petro es un intervencionista declarado que interviene constantemente en el mercado. Ha impulsado reformas tributarias para aumentar fuertemente el gasto público, una reforma laboral que encarece la contratación, aumentos del salario mínimo por encima de la productividad, subsidios masivos, intentos de control de precios y fuertes intervenciones en el sector petrolero y agrario. Estas medidas crean distorsiones, desalientan la inversión y terminan perjudicando a los mismos trabajadores y familias que dice proteger.

En definitiva, la Gran Depresión no fue un fracaso del mercado libre, sino la consecuencia previsible de la expansión crediticia artificial y de las intervenciones posteriores que bloquearon la corrección natural. Cuando el Estado distorsiona las señales de precios —especialmente el tipo de interés— y luego impide los ajustes mediante políticas bienintencionadas pero contraproducentes, lo que debería haber sido una recesión breve se transforma en una crisis larga y dolorosa. Respetar el funcionamiento natural del mercado y evitar la manipulación artificial del dinero sigue siendo la mejor garantía para prevenir que estos errores se repitan.

La historia de la Gran Depresión nos recuerda con crudeza que las buenas intenciones intervencionistas suelen pavimentar el camino hacia resultados mucho peores que el problema original que pretendían solucionar.

Por: Aldumar Forero Orjuela-  @AldumarForeroO

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