Lo que no se derrumba

Esa oscilación lenta y grave que no sacude sino que mece, que no derrumba de inmediato sino que advierte, que le da al miedo exactamente el tiempo necesario para instalarse antes de que sepamos qué hacer con él.

Lo que no se derrumba
Foto: Redes sociales

Tengo que confesar algo.

Hay noches en que pienso en este país como se piensa en alguien que se ama sin remedio: con una mezcla de gratitud y de angustia, con el orgullo mezclado en la garganta junto con algo que se parece demasiado al llanto. Colombia me habita de esa manera. No como una idea ni como una bandera ni como el accidente geográfico del lugar donde nací. Me habita como habitan las personas que uno ama sin haberlas elegido: desde adentro, desde antes, desde un lugar más antiguo que cualquier razonamiento.

El 10 de agosto, a las siete y treinta y cuatro de la mañana, la tierra se abrió.

Lo sentí en el cuerpo antes de entenderlo con la mente. Esa oscilación lenta y grave que no sacude sino que mece, que no derrumba de inmediato sino que advierte, que le da al miedo exactamente el tiempo necesario para instalarse antes de que sepamos qué hacer con él. En Bogotá duró lo suficiente para sentirse eterno. Pero en el Chocó, en Pereira, en Manizales, en Cali, la tierra no negoció ni advirtió ni avisó. Simplemente habló con la brutalidad de lo inevitable, y en cuestión de segundos que algunos vivimos como una eternidad, se llevó vidas. Dejó familias buscando familias entre los restos de lo que fue su mundo. Dejó manos excavando escombros con una desesperación que no puede describirse porque pertenece al registro de los dolores que están más allá del lenguaje.

Hubo una imagen que no he podido sacudir de la memoria desde entonces.

El alcalde de Pereira, agotado hasta el hueso, quebrándose frente a las cámaras con esa clase de llanto que no pide permiso ni considera la audiencia. En un país acostumbrado a funcionarios que han convertido la compostura en armadura y el sufrimiento ajeno en materia prima para comunicados de prensa, ese instante tuvo algo que me llegó muy adentro. Porque en ese momento no había alcalde. Había un hombre. Un ser humano frente a una tragedia que lo desbordaba con la misma democracia brutal con que desbordaba a todos los demás. Dejó caer la corbata y con ella cayó también la distancia institucional, el protocolo, la necesidad de aparentar que se tiene el control cuando el control es precisamente lo que se ha perdido. Y en esa caída, paradójicamente, apareció lo más alto que puede mostrar alguien que sirve a otros: la humanidad sin disfraz. El dolor compartido sin mediación. Un periodista lo abrazaba; eso, me dije, también es Colombia.

Quiero hablarles directamente a quienes están bajo los escombros o buscan a quienes están bajo ellos. A las familias que esperan noticias con esa clase de silencio que pesa más que cualquier ruido. A los rescatistas que llevan horas excavando con las manos llenas de tierra y los ojos llenos de una determinación que no cede aunque el cuerpo ya no dé más. A los médicos que operan en condiciones que no eligieron. A los vecinos que abrieron sus casas sin que nadie se los pidiera porque simplemente no concibieron otra manera de responder. A todos ellos quiero decirles que Colombia los ve. Que Colombia no es únicamente lo que aparece en los noticieros de la noche ni en los debates del Congreso ni en las columnas de opinión. Colombia también son ellos. Colombia es, sobre todo, ellos.

Y es pensando en ellos que vuelvo a pensar en esta tierra.

Esta tierra que tiembla y que florece al mismo tiempo. Que tiene páramos donde el agua comienza su viaje en silencio, donde los frailejones crecen un centímetro por año con la paciencia de quien no conoce la prisa. Que tiene un Pacífico oscuro y hondo donde las ballenas jorobadas vienen a parir desde el otro extremo del planeta, como si supieran instintivamente que aquí están a salvo. Que tiene selvas que respiran por todos nosotros aunque nosotros no siempre hayamos sabido merecerlas. Que tiene cordilleras que al amanecer se visten de niebla con una solemnidad que no tiene nombre en ningún idioma que yo conozca. Que tiene ríos que son también memorias, que guardan en su corriente siglos de lo que hemos sido y de lo que no hemos podido dejar de ser.

Sobre esa tierra vivieron almas que el mundo reconoció como propias sin saber exactamente de dónde venían. Botero, que entendió que la desmesura no era un defecto sino la única forma honesta de mirar a Colombia. Barba Jacob, que encontró en la existencia una herida tan hermosa que dolía como duelen las verdades que no tienen cura. León de Greiff, que llevó el lenguaje hasta un territorio donde la lengua española nunca había estado y desde donde nunca pudo volver del todo. Débora Arango, que miró de frente lo que todos preferían no ver y no apartó los ojos. Tomás Carrasquilla, que escuchó hablar a las montañas y tuvo la sabiduría de callarse para transcribirlas. Lucho Bermúdez, que convirtió el alma colombiana en ritmo y demostró que la alegría también puede ser una forma de profundidad. Personas que nacieron aquí, en este exceso de belleza y de dolor, y que hicieron de esa contradicción el material de obras que sobrevivieron a todo lo que las rodeaba.

Somos un pueblo que no sabe rendirse. Hay algo profundamente colombiano en esa obstinación. Nos hemos caído demasiadas veces para desconocer la posibilidad de levantarnos. Hemos enterrado demasiados muertos, hemos reconstruido demasiadas casas, hemos vuelto a sembrar demasiadas veces en tierras que alguien arrasó, como para creer genuinamente que esto no tiene salida. Hay algo en el colombiano que no es optimismo ingenuo sino obstinación antigua, una terquedad casi irracional que dice que aquí nos quedamos y que de aquí nadie nos saca, ni la violencia ni la corrupción ni la tierra cuando decide moverse bajo nuestros pies.

Y es pensando en ellos que necesito decir algo que incomoda y que sin embargo hay que decir.

Las cámaras están en las capitales. Están donde hay aeropuerto, donde hay señal, donde hay alcaldes que pueden llorar frente a un micrófono. Pero el epicentro del terremoto fue San José del Palmar. Chocó. El departamento más biodiverso de Colombia, el más rico en agua dulce, el más generoso en recursos naturales y el más abandonado por el Estado en toda la historia republicana. Esa paradoja no es nueva ni es accidental: es la vergüenza estructural que Colombia lleva siglos posponiéndole al Chocó, y que el terremoto acaba de iluminar con una brutalidad que no admite mirar para otro lado.

¿Quién está hablando de lo que pasa allá? ¿Qué había en San José del Palmar antes del terremoto, que el terremoto simplemente empeoró?

Por eso quiero plantear algo concreto. No retórica, no buenas intenciones: propuestas reales para un gobierno que acaba de empezar y que tiene en esta tragedia una oportunidad que sería imperdonable desperdiciar.

Que la reconstrucción use mano de obra y materiales locales. Los terremotos en Colombia históricamente terminan siendo un negocio para contratistas de Bogotá que llegan, construyen mal y se van. Esta vez debe ser diferente: la reconstrucción del Chocó puede ser una palanca de desarrollo económico local, no otro episodio de extractivismo institucional disfrazado de ayuda humanitaria. Y que se reconstruya bien: la norma sismo-resistente NSR-10 existe, el problema es que en el Chocó profundo no se aplica porque el Estado tampoco existe. Reconstruir sobre la misma fragilidad es garantizarle al país la próxima tragedia. Que el gobierno decrete titulación de tierras de emergencia para los damnificados, porque sin título no hay seguro, no hay crédito de reconstrucción, no hay absolutamente nada. Que haya atención psicosocial seria y prolongada, especialmente para los niños, porque el terremoto que se siente en el cuerpo dura segundos y el que se queda en la mente puede durar toda una vida.

Que los contratos de reconstrucción sean licitaciones abiertas de quince días con una condición no negociable: póliza de cumplimiento real e interventoría elegida por sorteo público. El que construya mal, que lo pague el seguro, no el Estado. Que la ayuda humanitaria entre con Ejército y Policía y se quede, con corredores seguros y presencia permanente, porque de nada sirve mandar cemento si los grupos armados se quedan con la mitad antes de que llegue a su destino. Que haya desregulación tributaria temporal en la zona: IVA cero para materiales de construcción, renta cero para empresas que contraten mínimo setenta por ciento de mano de obra local, trámites express para crear empresa. Que reconstruir en el Pacífico sea un negocio atractivo para el sector privado, porque donde llega la inversión privada el Estado no carga solo con el peso. Y que cada peso de la reconstrucción sea público, con nombre, cédula y foto, en un portal en tiempo real. El que se robe un peso de esta tragedia: cárcel efectiva y extinción de dominio inmediata. Sin casa por cárcel, sin beneficios, sin excepciones. La transparencia y el castigo son los únicos anticuerpos reales contra la corrupción que siempre llega, puntual e inevitable, con cada desastre.

Y sobre todo, lo que contiene todo lo demás: que el Estado llegue al Chocó de verdad y se quede. No con una brigada humanitaria de dos semanas que desaparece cuando los noticieros cambien de tema. Con presencia permanente, con instituciones, con inversión sostenida. Que esta tragedia sea la última vez que Colombia descubra con vergüenza que hay colombianos viviendo en condiciones que nunca debieron existir, en territorios que la República lleva siglos nombrando en su Constitución y silenciando en la práctica.

Ese es el compromiso que le pido al gobierno. Y ese es también el compromiso que me hago yo como columnista: no dejar que el Chocó desaparezca de la conversación nacional en cuanto las cámaras se vayan. Porque el ciclo noticioso del terremoto dura setenta y dos horas. Después, Bogotá vuelve a su rutina. Y San José del Palmar vuelve a su invisibilidad de siempre.

Esta vez no. Eso, al menos, depende también de nosotros.

Colombia es mis montañas y mis ríos, mis muertos y mis vivos. Es el alcalde que llora y la comunidad que se levanta. Son las manos que excavan y las manos que siembran, siempre, después de todo, otra vez. Nos hemos caído demasiadas veces para desconocer la posibilidad de levantarnos. Pero esta vez, cuando nos levantemos, hagámoslo de una manera que no nos obligue a volver a caer exactamente en el mismo lugar.

Por: Juan Diego Vélez Forero -@juandiegovelezf

Del mismo autor: La toga y el circo

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