Los buenos somos más: la solidaridad que nos vuelve a salvar

Los buenos colombianos, que hoy volvieron a ser mayoría a la vista de todos, ya hicieron su parte. Ahora falta que el Estado esté a la altura de su población.

Fotografía tomada de la Alcaldía de Bogotá

Esta semana, mientras el país contaba sus muertos, también contó otra cosa: cuánto da un colombiano cuando otro colombiano está en el suelo. En Bogotá, en el Palacio de los Deportes y en la sede de la Cruz Roja de la carrera 24, hicieron fila mercados, colchonetas y kits de aseo. En Pereira, siete cafés de barrio se convirtieron en centros de acopio.

En Medellín, un banco de alimentos y una universidad abrieron sus puertas. En Quibdó, en pleno epicentro del dolor, una fundación del barrio El Silencio recibe hoy lo que otros colombianos, desde lejos, decidieron enviar. Ese es el primer dato de esta tragedia que vale la pena subrayar antes que cualquier otro: la solidaridad llegó más rápido que la burocracia.

Los números de la destrucción son duros y hay que decirlos sin rodeos: 289 muertos, más de cuatro mil heridos, alrededor de ciento cuarenta desaparecidos, cerca de ciento veinte mil familias afectadas y más de ciento cincuenta mil viviendas entre destruidas y averiadas en once departamentos.

El aporte del sector empresarial

Pero al lado de esa cifra hay otra que también es Colombia: más de 500.000 millones de pesos movilizados por el sector empresarial en apenas una semana. La familia Gilinski destinó 150.000 millones para reconstruir hospitales y colegios en Cali.

La familia Santo Domingo aportó 100.000 millones. David Vélez, el fundador de Nu, otro tanto. Shakira anunció ayuda desde Quibdó, mirando a los ojos a la gente que la recibió. El chef José Andrés donó un millón de dólares para que los restaurantes pequeños del Eje Cafetero no cierren para siempre.

Y detrás de esos nombres grandes, miles de nombres pequeños: la señora que llevó dos bultos de arroz, el estudiante que donó su mesada, el camionero que cruzó la cordillera sin cobrar el flete.

360 Radio también se solidariza con Colombia

Este medio quiere decirlo con toda claridad: no somos espectadores de esta solidaridad, somos parte de ella. Desde hoy, 360 Radio se suma al movimiento de ayuda a los damnificados y pone su micrófono al servicio de quienes necesitan que su mensaje llegue más lejos.

Si quiere ayudar con dinero: Cruz Roja Colombiana, Davivienda cuenta corriente 0560455069996490, Bre-B @8600703011. Asociación de Bancos de Alimentos de Colombia, Bancolombia cuenta de ahorros 04867105340, Bre-B 0090989753. Banco de Alimentos de Bogotá, a través de bancodealimentos.org.co.

Si prefiere donar en especie, hoy se necesita alimento no perecedero, agua embotellada, elementos de aseo personal, kits escolares, artículos para bebés, comida para mascotas y colchonetas nuevas: la Cruz Roja ha insistido en que la ropa usada sin clasificar termina siendo más estorbo que ayuda.

Ninguno debería sorprenderse de esta reacción y, sin embargo, cada vez que ocurre, sorprende. Colombia ha enterrado Armero, ha llorado el terremoto del Eje Cafetero de 1999, ha sobrevivido inviernos que se tragaron pueblos enteros, y cada vez, sin que nadie lo organice desde un ministerio, el país se ha vuelto a poner de pie con las manos de la gente común.

Hay algo profundamente sano en esa reacción: la certeza de que la comunidad, la familia, la empresa privada y la fe resuelven en horas lo que al Estado a veces le toma semanas. Esa energía no la crea un decreto. La crea el carácter de un pueblo que ha aprendido, a fuerza de golpes, a no esperar a que alguien más lo salve.

El país que queremos reconstruir

Pero la solidaridad de emergencia, si se queda solo en la emergencia, es una oportunidad desperdiciada. La pregunta de fondo es qué país queremos construir con esos ciento cincuenta mil techos que hay que levantar de nuevo. Y ahí aparece un tema que Colombia arrastra desde 1991: la promesa incumplida de la descentralización.

El presidente Abelardo de la Espriella se posesionó en Cali, rompiendo la tradición de hacerlo en Bogotá, y buena parte de su gobierno operará desde Barranquilla. Es un gesto simbólico importante, pero un gesto no basta.

Descentralizar de verdad significa que Quibdó, Pereira y Manizales no dependan de que un ministro en Bogotá firme una resolución para tener un hospital de segundo nivel. Significa regalías y rentas que se queden donde se produce la riqueza, gobernadores con autonomía fiscal real, y una reconstrucción que no se convierta en excusa para que todo el poder de decisión regrese al centro del país.

Si Colombia logra algo bueno de esta tragedia, no será solamente reconstruir lo que se cayó. Será demostrar que las regiones pueden ejecutar, contratar y administrar su propio futuro sin pedirle permiso a nadie más que a la ley.

Esa es la Colombia que esta tragedia puede dejarnos: una donde el Chocó no necesite un terremoto para que el país entero lo mire, y donde la solidaridad de estos días se convierta, con el tiempo, en instituciones regionales fuertes y no solo en un recuerdo bonito de agosto.

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