Los pecados de la paz

Reciclaje de la violencia

“La política de Santos era lograr la firma de los acuerdos a como diera lugar [y] terminó en un sofisma de distracción para justificar el terrorismo y el narcotráfico de las Farc”.


Por: Rafael Nieto Loaiza

En unas cortas vacaciones que tuve este fin de año me di a la tarea de leer el libro del general Mora sobre el proceso con las Farc. Actor privilegiado como que fuera uno de los negociadores principales en La Habana, el General con acierto tituló su testimonio como Los pecados de la paz. En un reflejo de aquello que más le dolió, Mora insiste en algunos puntos que vale la pena destacar:

“Las Farc no llegaron a la mesa de negociaciones por su buena voluntad. Fue un acto de supervivencia frente a su fracaso”, resultado de la reestructuración de las Fuerzas Militares, El Plan Colombia y «el liderazgo y compromiso de Uribe por llegar al fin del conflicto. Él fue el verdadero gestor de paz para los colombianos”.  

Mientras que las Farc tenían sus objetivos, estrategias y equipo definido y estable y lo que buscaba era «el poder, no la paz”, el Gobierno destacaba por su “debilidad [y] no se caracterizó por la fortaleza, identidad, unión e integración que se esperaba frente a lo trascendental de la misión».

DEL MISMO AUTOR: Sin unidad no hay futuro

Para el Gobierno todo lo importante era “mantener a las Farc en la mesa [y] para lograrlo se recurrió a injustificadas concesiones […] contrarias a la equidad y conveniencia del Estado» y buscó más “las conveniencias de las Farc que los intereses de la sociedad».

“La política de Santos era lograr la firma de los acuerdos a como diera lugar [y] terminó en un sofisma de distracción para justificar el terrorismo y el narcotráfico de las Farc”.

El empeño de Santos en “complacer y mantener en la mesa” a las Farc respondía a sus “intereses y ambiciones personales para buscar un lugar en la historia”. Para Mora “la facilidad con que las Farc lograron incorporar sus intereses [en el pacto] se debió a las desmedidas pretensiones del presidente con el Nobel». Las Farc entendieron rápidamente el verdadero interés de Santos, “pusieron de su lado el factor tiempo y aprovecharon para adueñarse del discurso de la paz y convertirse en víctimas del sistema”. Las Farc primero usaron el afán de Santos de reelegirse para obtener ventajas estratégicas en la negociación, cuando el Presidente “le vendió el alma al diablo”, y después le sacaron jugo a su obsesión con el Nobel. En esas dos coyunturas el Gobierno se entregó a los intereses sustantivos de las Farc.

De entrada, el Gobierno se equivocó a dejar en pie de igualdad a las Farc y el Estado, una igualdad que aunque «se consideraba un imposible moral, se constituyó en patrona del proceso”. Esa falsa igualdad afectó gravemente todo el desarrollo de la negociación y le dio otra ventaja estratégica a las Farc que, al mismo tiempo que se legitimaban, conseguían la deslegitimación del Estado.

En esa dirección, «uno de los más grande errores de Santos fue permitir que se incluyeran en la mesa todos los problemas del país y hacer a las Farc partícipes de su solución […]  dejar participar a las Farc en las decisiones del estado significó un inmenso daño a la sociedad y a las instituciones”. Para Mora, tal cosa no fue un acto de ingenuidad sino una decisión «intencionada” de Santos.

Sergio Jaramillo “no era el jefe del equipo, pero sí dueño del verdadero poder en la misión… caracterizado por su empeño en evitar a toda costa cualquier malestar que incomodara a las Farc”. Con el tiempo, Mora entendió que Jaramillo no actuaba solo, sino que era la verdadera voz de Santos. Mora sugiere una identidad de Jaramillo con el ideario político de las Farc y sostiene que permanentemente engañó a los demás miembros del equipo negociador, excepto a De la Calle y a Naranjo que consecuencia se alinearon con Jaramillo.

La figura del jefe negociador es fuertemente cuestionada. Mora atribuye los cambios de De la Calle entre lo que pensaba antes de asumir el cargo y lo que hizo durante la negociación a su aspiración de ser candidato presidencial. A De la Calle “la política no lo deja actuar de acuerdo con sus convicciones”.

Suspender la aspersión aérea de los cultivos de coca con glifosato fue una exigencia de las Farc desde diciembre de 2012.

Las ideas de una constituyente, de darle tratamiento de acuerdo especial a la luz del derecho internacional humanitario a lo pactado con las Farc y de ingresarlo al bloque de constitucionalidad estuvieron presentes durante el grueso de la negociación y buscaban que los gobiernos venideros no pudieran cambiar lo pactado por Santos. 

Después del triunfo del NO en el plebiscito, remata Mora, al comparar las versiones previas y la nueva del acuerdo, no se incorporaron ninguno de los “puntos importantes” de los líderes del NO y detectó “varias modificaciones que contenían ajustes que jugaban más a favor de las Farc [y] afectaban a los militares”.

La lectura del libro permite entender mucho de lo ocurrido, porque se acordó lo pactado y se perdió en la mesa lo que se había ganado en los campos de batalla. Lecciones que deben ser aprendidas.

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