Los salvadoreños están comprando Colombia

Mientras el capital suele fluir de las grandes economías hacia las pequeñas, hoy ocurre lo contrario: grupos empresariales salvadoreños están tomando posiciones estratégicas en marcas, activos y plataformas clave de Colombia, redefiniendo el mapa del poder corporativo en la región.

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Colombia vive una tendencia que, más que anécdota, parece señal de época: capitales salvadoreños ganando posiciones en activos emblemáticos del mercado colombiano, justo cuando muchas empresas locales buscan escala, liquidez y nuevos socios para competir en un entorno de inflación, tasas altas y consumo más sensible. No se trata de “compras” aisladas, sino de una lectura empresarial clásica: entrar donde ya existe marca, red, clientes y capacidad de expansión, para crear valor a partir de gestión, eficiencia y visión de largo plazo.

El caso más visible es el de Grupo Calleja (El Salvador), propietario de Súper Selectos, que tomó el control de Grupo Éxito, uno de los gigantes del retail colombiano. Tras la operación, Calleja consolidó alrededor del 86,5% de la compañía, reconfigurando el tablero de supermercados, comercio minorista y activos inmobiliarios comerciales en el país.

El mensaje al mercado fue claro: hay interés por plataformas con cobertura nacional, logística madura, relaciones con proveedores y un posicionamiento de marca que permite capturar sinergias operativas en un mercado de más de 50 millones de consumidores.


¿Por qué Colombia atrae capitales salvadoreños?

En aviación, la historia es más larga y reveladora. La integración Avianca–TACA, que estructuró una aerolínea regional con base en Colombia y liderazgo compartido con capital salvadoreño, anticipó lo que hoy exige la industria: tamaño, rutas, conectividad y disciplina financiera. Más que una “compra”, fue una construcción de escala continental, donde el know-how centroamericano en eficiencia se combinó con la red, el mercado y la marca de un campeón colombiano.

Salvadoreños en Colombia

La banca también ofrece señales recientes del patrón regional pues aunque no se trate de una operación localizada en Colombia, el anuncio de venta de Banistmo (operación panameña asociada a un grupo financiero colombiano) a un comprador de origen salvadoreño confirmó la estrategia: adquirir activos financieros con huella regional, cartera de clientes y plataformas tecnológicas listas para crecer.

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Comprar una empresa con marca y cobertura evita el costo de construir desde cero; permite acelerar la expansión, mejorar formatos, optimizar inventarios, renegociar con proveedores y capturar eficiencias logísticas. En retail, eso se traduce en surtido, precios y experiencia del cliente; en transporte aéreo, en redes de rutas y ocupación; en banca, en escala, costos y digitalización. Colombia resulta atractiva porque combina profundidad de mercado, sofisticación del consumidor y un ecosistema corporativo donde la gestión profesional puede elevar márgenes.

Colombia es una economía casi diez veces mayor que la de El Salvador, con mayor diversificación productiva y un mercado interno robusto. Sin embargo, enfrenta ciclos de volatilidad, presiones fiscales y un mercado laboral más rígido: la informalidad y el desempleo estructural han limitado la velocidad de recuperación del consumo. El Salvador, por su parte, aunque pequeño, ha mostrado en los últimos años una combinación de estabilidad monetaria (dolarización), una narrativa pro-empresa y avances en seguridad que han fortalecido la confianza de ciertos inversionistas regionales.

En empleo y clima de negocios, el contraste es nítido. Colombia crea más puestos de trabajo en términos absolutos, pero su estructura regulatoria y costos laborales son más elevados y heterogéneos por regiones. El Salvador ofrece un entorno más compacto: menor costo operativo, decisiones más rápidas y una cultura empresarial orientada al control de gastos, eficiencia y retorno sobre capital. Esa diferencia de “escala” explica parte del apetito: los grupos salvadoreños no buscan replicar su mercado doméstico, sino aplicar disciplina financiera y gobierno corporativo en empresas colombianas con marcas consolidadas pero con márgenes aún optimizables.

Los grandes conglomerados salvadoreños suelen ser familiares, con horizontes de inversión largos, bajo apalancamiento y toma de decisiones centralizada, más en una región donde muchas compañías buscan liquidez, desinversión o socios para enfrentar la competencia global, ese capital “paciente” se vuelve especialmente atractivo. Comprar marcas líderes como Éxito o participar en plataformas de conectividad como Avianca no es una apuesta coyuntural: es adquirir infraestructura comercial, redes de clientes y conocimiento de mercado que en condiciones normales tardaría décadas en construirse.

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Desde una perspectiva de integración económica, el fenómeno habla de un reordenamiento silencioso del poder corporativo en América Latina. No se trata de sustitución, sino de complementariedad: capital centroamericano que entra donde hay escala, y empresas colombianas que encuentran socios capaces de ejecutar transformaciones difíciles.

En ese cruce de intereses, Colombia ofrece volumen, diversidad y marca; El Salvador aporta foco, austeridad operativa y visión regional. Si la tendencia se consolida, no estaremos frente a compras aisladas, sino ante una nueva fase de consolidación empresarial latinoamericana, donde las fronteras importan menos que la capacidad de gestión y el control del consumidor final.

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