Los social justice warriors no quieren trabajar

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Por: Redacción 360 Radio


Esta semana, los ciudadanos de Washington D.C. votan la Iniciativa 77 (Initiative 77), una consulta para decidir si aceptan que se aumente el salario mínimo de los empleados de bares y restaurantes, a quince dólares por hora, lo cual implicaría para ellos dejar de recibir propinas (o tips), pues las autoridades afirman que con un mínimo más alto los trabajadores podrán prescindir de ellas. Ante la propuesta, que persigue el noble fin de la igualdad -claro ejemplo de la tiranía de las buenas intenciones-, ha habido un consenso generalizado entre los meseros y baristas de la ciudad de que la medida actúa en perjuicio de sus intereses, en vez de resultarles beneficiosa. Primero, los costos para los empleadores serían mayores, lo que les exigiría incrementar los precios en bares, restaurantes y cafés, situación que podría disminuir la clientela. En segundo lugar, la mayoría de empleados del sector argumenta que, como en casi cualquier ciudad del mundo, las propinas ajustan el salario y con frecuencia llegan a triplicarlo. En el caso de Washington, una sola noche les puede representar más de cuatrocientos dólares en propinas.

Por todo el mundo se ha extendido la moda de los guerreros de la justicia social (los famosos social justice warriors), movimientos aparentemente espontáneos de gente indignada con las arbitrariedades del poder y la desigualdad imperante en la sociedad actual. Irrumpen en conferencias y foros universitarios, en programas radiales o televisivos de discusión política, o simplemente se toman las calles y las plazas, alegando ser víctimas de un sistema opresivo de sus derechos y reivindicaciones colectivas.

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Son los primeros en llegar a las grandes cumbres, donde se reúnen jefes de Estado, ministros de relaciones exteriores, empresarios y académicos, para rechazar las conspiraciones planeadas por la élite global, con la simpática paradoja de que son precisamente sus “opresores”, junto con un gran entramado de instituciones públicas y privadas, el trabajo de millones de personas y un modelo económico que promueve la generación y expansión de las ideas y la riqueza, los que han hecho posible su desplazamiento por avión, trenes de alta velocidad o autopistas, hasta los lugares donde gritarán, romperán vitrinas de establecimientos comerciales y destruirán bienes públicos pagados por los contribuyentes. El fenómeno de los social justice warriors es propio de este tiempo, donde a muchas personas les disgusta vivir en libertad, pero no porque esta sea esencialmente nociva, sino por el precio que debe pagarse por su disfrute, y este consiste en adquirir compromisos con la sociedad y realizar esfuerzos para conseguir las metas que cada individuo se propone.

Jordan Peterson, reconocido psicólogo canadiense, define la doctrina de la justicia social como la creencia según la cual todos los grupos deberían obtener los mismos resultados, y cuestiona el hecho de que esta idea tenga tanta acogida hoy en día, pues se ha llegado a la confusión de la igualdad de oportunidades con la igualdad de resultados, algo imposible en sociedades donde todos los individuos poseen habilidades, destrezas, competencias e intereses que los hacen diferentes a los demás. Los guerreros de la justicia social, tanto en Estados Unidos y Europa como en Colombia -momentos después de conocerse el ganador de la segunda vuelta en las elecciones presidenciales-, corean “¡Resistencia!”, mientras que los trabajadores serios y concentrados en sus objetivos personales, prefieren más libertad para trabajar y elegir entre las opciones que les ofrece el mercado.

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