No hay por quién


Por: Miguel Gómez Martínez

No hay por quién votar” es la frase más escuchada en Colombia en los últimos días. A pesar de la sobre oferta de candidatos presidenciales y al Parlamento, parece como si el ciudadano no encontrara opciones que le resulten atractivas.

Es cierto que la crisis de la política es de tal magnitud que no es de extrañar que la participación política esté en su nivel más bajo. ¿Pero es eso realmente cierto? La política es un reflejo de la realidad de un país.

El Congreso no nos gusta porque se parece a nosotros. Cuando miramos el poder legislativo es como enfrentarnos al espejo: es la verdad con nuestras bellezas y defectos. ¿Por qué le pedimos a los políticos que sean los virtuosos que los demás colombianos no somos?

Así no nos guste aceptarlo, en el sector privado hay muchos Mussas y Ñoños. Así no queramos reconocerlo, los colombianos se parecen más a Santos con su cinismo, sus mentiras y su ausencia de principios. ¿Por qué le pedimos a nuestro presidente que sea como Mandela?

“No hay por quién votar” es la expresión de quien no quiere reconocer que la política es hecha por hombres y por lo tanto no es un obra divina. Los griegos decían que si existiese un gobierno de dioses sería una democracia. Eran entonces conscientes que el gobierno de los hombres sería por naturaleza imperfecto.

Nada ni nadie es perfecto y por lo tanto hay que “escoger de lo que da la tierrita” como dirían las abuelas. La tierrita da Macrons en Francia y Merkels en Alemania. La tierrita da ‘Trumps’ en Estados Unidos y ‘Putins’ en Rusia; da ‘Maduros’ en Venezuela y Santos en Colombia.

“No hay por quién votar” es una expresión de quienes no saben de política. Porque los apoyan a los políticos corruptos y enmermelados sí saben por qué y por quién están votando. Los que no se encuentran plenamente satisfechos con las opciones disponibles se quedan el día de las elecciones en cama o se van para la finca. Ellos, que se perciben como mejores que los políticos sin siempre serlos, son en buena medida los grandes responsables del deterioro de los asuntos públicos.

No es cierto que no hay por quién votar. Sí hay por quién. Los que dicen que “no hay por quién votar”, con su comodidad y suficiencia, debilitan aún más nuestra maltrecha democracia.