No se deje engañar por el terrorismo

Por: Steven Jones Chaljub


La semana pasada el país vivió uno de los ataques terroristas de mayor impacto de los últimos años. La detonación de un carro bomba en Escuela General Santander de la Policía Nacional dejó un saldo de 20 muertos, 68 heridos y amplios daños en la infraestructura del plantel. Como era de esperarse ante tal evento los colombianos no tardaron en reaccionar, pero paradójicamente no lo hicieron en un lenguaje homogéneo de rechazo y solidaridad sino en un debate politizado de extremos donde incluso hubo espacio para las teorías de la conspiración y un ridículo humor negro. Desde la experiencia esto no es normal; es más, es sumamente preocupante porque demuestra que el terrorismo está haciendo bien su trabajo en el país, de allí que sea necesario educar a la población en los tecnicismos de este fenómeno.

Lo primero que debe entenderse para comprender el ataque del ELN en la escuela de la Policía Nacional, al igual que muchos otros eventos que se han presentado y presentarán, es que la prevención, mitigación y neutralización del terrorismo es un arte inexacto donde compite el factor humano con la incertidumbre, lo cual equivale a intentar leer el futuro con pequeñas pistas a disposición. De allí que sea importante aclarar que lo ocurrido NO constituye una muestra de incompetencia de la Fuerza Pública – catalogadas dentro de las mejores del mundo, sino una manifestación típica de la naturaleza imprevisible del terrorismo.

Lo segundo que debe decirse es que el terrorismo no busca generar una ‘victoria’ con un único ataque monumental y decisivo; muy por el contrario, se realizan golpes permanentes a una amplia gama de objetivos. La razón de fondo es que los daños inmediatos (muertes, heridos y destrucción material), en sí mismos, no tienen ningún valor a menos que estos logren movilizar la opinión y sentimientos de la población hacia un fin determinado. En este sentido, el terrorismo es una táctica psicológica y mediática que sólo emplea la violencia para canalizar un mensaje que tiene un propósito. Habiendo dicho esto, es posible afirmar – sin que esto signifique una simpatía personal – que el ELN está logrando perfectamente su cometido como verán a continuación.

El Ejército de Liberación Nacional perdió la ventana de oportunidad que abrió el gobierno de Santos para pactar, bajo los mismos términos favorables de las FARC, su transición a la vida civil. Ahora, bajo la nueva administración, las negociaciones no tienen la misma fluidez y prerrogativas, dando espacio a la frustración. Los ceses unilaterales brindados por el ELN como gesto de buena voluntad tampoco han descongelado la mesa, dejando al grupo en el limbo. Y aquí es donde el terrorismo, enmascarado como legítima defensa o legal dentro de las dinámicas del conflicto, muestra su utilidad con un mensaje claro: ‘El gobierno negocia y otorga concesiones o Colombia vive una ola de violencia que marca el reinicio de la guerra’.

El atentado de Escuela General Santander, así como el artefacto explosivo desactivado un par de días después en la vía Boyacá-Arauca, emplean el mensaje mencionado, y cuentan con que las redes sociales y medios de comunicación lo diseminen para que la población, motivada por una diversidad de sentimientos, presione al Estado a actuar. Por un lado están quienes exigen una salida pacífica negociada y una postura conciliadora dado el miedo que genera la posibilidad de nuevas muertes, dolor y sufrimiento y, por el otro, están quienes demandan incesantemente retribución y apoyan una respuesta vigorosa armada por parte de la Fuerza Pública que obligue al grupo a doblegarse. Cuando ambas posturas chocan en un escenario público y se rompe la convivencia ciudadana es donde el terrorismo tiene todas las de ganar pues se pone la legitimidad del Estado contra la espada y la pared, ya que si éste sobreactúa se le trata de belicista y si no lo hace de débil.

La lección de todo lo ocurrido es que la lucha contra el terrorismo no es ‘la guerra de Duque y Uribe’, sino una dinámica compleja de negociación donde ambas partes involucradas tratan de obtener los mejores resultados. Hay quienes argumentan que los acuerdos con las FARC son el ejemplo ideal de cómo llegar a la paz, mientras que otros afirman que el gobierno, como se dice vulgarmente, ‘se bajó los pantalones’ para tener resultados antes que el tiempo de la administración de Santos terminará. Sea cual sea el caso, cabe señalar que ningún conflicto de insurgencia en el mundo se ha terminado sólo con el empleo de la Fuerza, pero ello tampoco significa que la institucionalidad deba dejarse chantajear puesto que ésta debe garantizar la justicia, verdad, reparación y no repetición de las víctimas. Así pues colombianos, dejen al gobierno jugar sus cartas en esta partida de póquer, por más dura que sea, y no le sigan tan fácilmente el ritmo al terrorismo que abusa de nuestra ilusión de vivir realmente en tranquilidad.