¡Oh, Colombia!

“En las vísperas de la elección, cuando las pasiones se disfrazan de convicciones y la razón se refugia en el silencio, rara vez escogemos entre la luz y la sombra, sino entre dos formas distintas de extravío.”

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Hace rato que la pluma permanecía quieta sobre el escritorio. No era pereza ni olvido, sino el peso de estos días en que Colombia parece haber extraviado el rumbo de la razón y se entrega, una vez más, al vértigo de las pasiones colectivas. Las elecciones que se decidirán el próximo domingo no son una simple alternancia de partidos: son el espejo de una nación que, entre el miedo y la esperanza, debe elegir entre dos caminos que, cada uno a su manera, amenazan con llevarnos a territorios ya conocidos y peligrosos.

Iván Cepeda Castro encarna la prolongación de un proyecto que, bajo el manto de la justicia social y la reconciliación, propone un Estado cada vez más omnipresente, capaz de subordinar la iniciativa privada, la propiedad y las libertades individuales a una visión ideológica que la historia latinoamericana ha probado con resultados catastróficos. Su trayectoria, marcada por afinidades explícitas con regímenes que terminaron en autoritarismo, exilio y miseria, no es un fantasma fabricado por adversarios: está allí, en sus propias declaraciones, en sus gestos y en su defensa de modelos que, donde se aplicaron sin reservas, devoraron las instituciones y empobrecieron a sus pueblos. Colombia ya ha vivido un anticipo de esa receta. El balance es más división, más desconfianza económica y un lento pero perceptible debilitamiento de las reglas que permiten la convivencia civilizada. Elegirlo sería apostar, una vez más, a que esta vez la utopía funcionará, ignorando la lección más dura de nuestro continente: ciertas ideologías no fracasan por errores de ejecución, sino por su esencia misma.

Frente a él está Abelardo de la Espriella, figura surgida fuera del establishment, portador de un discurso de orden, seguridad y rechazo frontal a lo que llama el socialismo del siglo XXI. Su falta de experiencia en el ejercicio directo del poder genera, con razón, suspicacia: ¿qué hará con el Estado cuando lo tenga en sus manos? ¿Será capaz de resistir la tentación del personalismo que tanto critica en sus rivales? Su victoria sería para muchos un acto de supervivencia y para otros un salto hacia lo desconocido. En ambos casos, la emoción ha secuestrado el juicio sereno. Una vez más, los colombianos no elegimos al mejor, sino al menos riesgoso.

Y sin embargo, abstenerse sería la peor de las cobardías. Votar es, en estas circunstancias, un deber moral impostergable. Cada sufragio depositado con lucidez es un acto de defensa de la frágil arquitectura institucional que nos separa de la arbitrariedad. La democracia no promete gobiernos luminosos; promete algo más modesto y valioso: la posibilidad periódica de corregir errores, de cambiar rumbo sin necesidad de derramar sangre. Quien se queda en casa por desencanto le entrega el campo a quienes sí saben movilizar multitudes con banderas y odios.

Lo más grave de estas semanas no han sido los candidatos mismos, sino los discursos incendiarios que, desde uno y otro extremo, preparan el terreno para la confrontación entre hermanos. Llamados a la deslegitimación anticipada de los resultados, insinuaciones de que la derrota propia justificaría la violencia, amenazas veladas de que el país se partirá en dos. Esos mensajes son criminales. Colombia ya pagó con decenas de miles de vidas el precio de las divisiones irreconciliables. El pueblo no debe seguirles el juego. Las diferencias se resuelven en las urnas, con argumentos, con instituciones y con la ley. Ni una sola gota de sangre colombiana más merece derramarse en nombre de la ambición política de nadie.

Al final, la verdadera grandeza de nuestro sistema no reside en que siempre acierte, sino en que siempre pueda rectificar. Es mejor tener un mal gobierno donde podamos decir que si es malo podremos elegir uno nuevo dentro de cuatro años, a un gobierno que se convierta en una tiranía y perdamos la democracia.

La verdadera victoria será que los colombianos salgamos de las urnas decididos a defender, con cabeza fría y espíritu vigilante, esa sociedad abierta donde el poder sea temporal, la crítica posible y la libertad individual el valor supremo. Votemos. Y después, vigilemos sin tregua. Esa es la única forma digna de querer a esta tierra.

Por: Aldumar Forero Orjuela-  @AldumarForeroO

Del mismo autor: Cepeda no será presidente de Colombia

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