País monopolizado

Por: Andrés Felipe Gaviria


Las problemáticas de profundidad que existen en Colombia han sido objeto de estudio en numerosos casos, tanto desde lo político como lo académico. Si bien es cierto que se ha mejorado en los últimos 10 años frente a lo que teníamos, todavía tenemos un país desorganizado, ineficiente y que aún no sienta las bases de una construcción integral de su sociedad. No se ha llegado a un acuerdo sobre lo fundamental. Creo firmemente que una de las fallas en la construcción de nuestro Estado es que siempre han primado los intereses personales antes que el bienestar del país, los que han ostentado el poder, ponen por encima su apellido y necesidades, mas no el país como un todo.

Tenemos un país innegablemente estratificado, con una desigualdad social enorme, (GINI- 0,522 en 2015 a 0,517 en 2016, en el total nacional), manejado por un circulo muy cerrado desde tres departamentos. Son las mismas familias de siempre las que ponen el presidente, los mismos tres empresarios multimillonarios deciden qué se hace y qué no se hace, se han convertido en los jefes del presidente, y si a eso le sumamos la rampante corrupción, nos encontramos con tres raíces claras del problema.

No es malo que en un país existan ricos, por el contrario, preferiría que tuviéramos un mercado como el americano, donde no hay solo 3 ó 7 millonarios, sino que cada año se gradúan en esa categoría más de 70 mil personas. La riqueza no está tan concentrada, por ende, es más eficiente y genera mayor progreso con equilibrio social y económico.

Los problemas sociales en Colombia son de un calado catastrófico. El gobierno ha optado por no tomar medidas necesarias pero impopulares, y eso ha agudizado asuntos como la reproducción de la pobreza, la ilegalidad, desorden social, entre otros. La anomia, ese fenómeno donde las personas se salen de los parámetros establecidos por la ley, que se desprende de ellos toda una clase de incredulidad y voluntad de no respetar las normas, ha hecho una gran carrera en Colombia. Las autoridades no son respetadas por los ciudadanos, y generalmente el colombiano del común viola todo el día desde las normas de tránsito hasta el código de policía.

Una sociedad rigurosamente dividida que compone prácticamente tres mundos distintos dentro un país. Claro que nuestro país es altamente jerarquizado, son las mismas castas y clases sociales de siempre. Por eso se dice en el argot popular que las decisiones de país se toman desde cocteles en Bogotá y oficinas frías de la capital desconectadas de las regiones.

El exceso de centralismo es devastador, desconoce la realidad de los territorios y se aleja de las decisiones que se deben tomar por cuenta de intereses propios del clientelismo, burocracia o intereses superiores de principales grupos económicos.

En Colombia opera el sistema capitalista a plenitud, aunque existe la particularidad de que el gobierno interviene en el mercado a la hora de una necesidad de regular precios, con subsidios y hasta en la creación de monopolios. Un problema remanente en el país es que los que están en rangos de extrema pobreza hoy en día pueden ascender a un nivel de pobreza corriente, pues recordemos que para el Estado quien gana $250.000 no es pobre. Por eso, sería más fácil ese ascenso si lo comparamos con la meta casi imposible de pasar de clase media a clase alta.

Es una zanja gigante, una acción épica sería ascender y lograr eso, pues los que están en la cúspide de la pirámide son supremamente ricos. Ahora, con lo que sí puede contar Colombia es con una amplia clase media, en gran parte endeudada y esclavizada modernamente, pero que trata de subsistir todos los días con bienes y servicios algo por encima de lo normal.

Es imperante apostarle a la descentralización y a un gobierno de todos, a un país más eficiente, con menos círculos cerrados y mayor participación, teniendo como base de construcción unos estamentos judiciales fuertes y de largo aliento, con leyes implacables que garanticen un orden social.