Colombia tiene que hacer una revisión urgente sobre su tendencia a politizar todo, incluso las tragedias. Aquí se quiere llevar al terreno ideológico cualquier hecho, como si todo tuviera que dividirse entre izquierda y derecha. Pero cuando se trata de vidas humanas y de la defensa de una nación, hay una línea que no se puede cruzar. Estos temas deben estar blindados frente a cualquier intento de oportunismo político. No todo puede convertirse en discurso.
En esa misma línea, el presidente y las autoridades no pueden salir a pronunciarse sin información previa. Opinar sin investigación, sin preguntas básicas y sin contexto técnico no solo es irresponsable, sino que desinforma. Hablar de “chatarra”, por ejemplo, desconoce aspectos elementales de la aviación: un avión no se cae por viejo.
Si una aeronave cumple con sus mantenimientos, revisiones e intervenciones, puede operar durante muchos años. De hecho, su estado depende más de factores como las horas de vuelo, los ciclos de despegue y aterrizaje, que de su antigüedad. Reducir una tragedia a una explicación simplista no ayuda a esclarecerla.
Tampoco se puede descartar de manera apresurada ninguna hipótesis. Es necesario que se investigue a fondo y sin sesgos, incluso la posibilidad de un atentado, más aún cuando hay indicios que deben ser verificados. Lo mínimo que se les debe a las familias de los más de 66 soldados fallecidos es una verdad completa, construida con rigor y sin conclusiones anticipadas.
Ahora bien, si se amplía la mirada, las cifras de accidentes en la Fuerza Aérea en los últimos años e incluso en la última década resultan preocupantes.
Esto vuelve a poner sobre la mesa un punto de fondo: las decisiones en materia de seguridad y defensa nacional no pueden estar sometidas al vaivén del debate político ni al escrutinio de la opinión pública en clave emocional. Son decisiones técnicas, especializadas, que corresponden a quienes tienen el conocimiento y la responsabilidad directa sobre estas operaciones.
En medio de este panorama, también es cierto que las responsabilidades son compartidas. Señalar únicamente a un gobierno o a otro no resuelve el problema de fondo.
Durante años, decisiones clave se aplazaron o se diluyeron en medio de tensiones políticas. Hoy se intentan hacer ajustes que debieron darse hace más de una década. Pero, nuevamente, ese debate no puede darse en medio del dolor ni a costa de la tragedia.
Porque, al final, lo esencial no cambia: primero está la vida. La de los soldados, los pilotos, los policías y todos los miembros de las Fuerzas Armadas. Y precisamente por eso, hay temas que Colombia debe aprender, de una vez por todas, a no politizar.
