¿Por qué América Latina necesita una IA con contexto propio?

Nuestro entorno empresarial no es limpio ni lineal. Es complejo. Y esa complejidad rara vez aparece en las promesas de la inteligencia artificial.

¿Por qué América Latina necesita una IA con contexto propio?

Hace poco, un CFO me dijo algo que todavía resuena, “Yo no tomo decisiones con datos. Tomo decisiones con lo que alcanzo a ver.”

No era falta de capacidad sino de visibilidad.

En nuestra región, demasiadas decisiones estratégicas se toman así: con información parcial, fragmentada, dispersa entre sistemas que no conversan entre sí. Procesos manuales sobreviven incrustados en plataformas digitales. Reglas operativas que nadie documentó, pero que todos entienden.

Nuestro entorno empresarial no es limpio ni lineal. Es complejo. Y esa complejidad rara vez aparece en las promesas de la inteligencia artificial.

Muchos modelos globales de IA se entrenan en ecosistemas ordenados, con datos estructurados y procesos estandarizados. Las economías más digitalizadas desarrollan tecnología sobre infraestructuras integradas, donde la información fluye con coherencia y trazabilidad.

Aquí ocurre algo distinto. Antes de analizar los datos, hay que encontrarlos. Antes de automatizar, hay que conciliarlos. Antes de proyectar, hay que reconstruirlos.

Ese desorden tiene un costo silencioso. Lo llamo el impuesto a la fricción.

Horas de talento altamente calificado dedicadas a revisar inconsistencias, cruzar planillas, rehacer conciliaciones y resolver diferencias que no deberían existir. No es solo ineficiencia operativa. Es energía estratégica consumida por la operación diaria.

Si la inteligencia artificial quiere ser un verdadero igualador, y no una nueva brecha,  necesita contexto.

No basta con importar soluciones que funcionaron en otros entornos y esperar que se adapten automáticamente. Se requieren sistemas que comprendan cómo operan realmente nuestras empresas: sus particularidades regulatorias, sus flujos financieros, su informalidad estructural, su forma, a veces improvisada, de documentar y decidir.

En nuestra experiencia trabajando con equipos financieros en distintos países, la transformación no ocurre cuando agregamos más IA sobre estructuras fragmentadas. Eso solo automatiza el desorden.

Ocurre cuando primero absorbemos esa complejidad y la traducimos en claridad.

Cuando la tecnología entiende el flujo real del negocio, deja de ser una herramienta adicional y se convierte en una ventaja estructural. Permite anticipar, no solo reaccionar. Permite decidir con información completa, no con aproximaciones.

No podemos aspirar a competir en igualdad de condiciones si seguimos operando sobre infraestructuras invisiblemente frágiles. Pero cuando diseñamos tecnología que nace desde nuestra realidad y no adaptada superficialmente a ella, hay algo que cambia.

El talento deja de administrar fricción. Empieza a generar valor. Y cuando el contexto deja de ser un obstáculo, se transforma en ventaja competitiva.

Por: Matías Umaschi, CEO de Payana

Del mismo autor: El salario sube, la productividad no: la ecuación que empuja a la IA al centro del trabajo en 2026

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