El renovado interés de EE. UU. por Groenlandia volvió a encender una tensión diplomática en el Atlántico Norte. En las últimas semanas, el presidente Donald Trump insistió en que Washington necesita controlar la isla por razones de seguridad nacional, una afirmación que generó una respuesta inmediata y firme por parte de Dinamarca y de las autoridades groenlandesas, que reiteraron que el territorio no está en venta ni busca cambiar de soberanía.
Aunque la idea de que Estados Unidos “compre” Groenlandia no es nueva, el contexto internacional ha cambiado. La aceleración del deshielo en el Ártico, el aumento de la competencia entre grandes potencias y la carrera por el control de recursos estratégicos han convertido a la isla en una de las piezas más codiciadas del tablero global.
El valor estratégico de Groenlandia pone en tensión a EE. UU., Dinamarca y Europa
Groenlandia es la isla más grande del planeta y ocupa una posición geográfica privilegiada entre América del Norte y Europa. Desde el punto de vista militar, es una plataforma natural de vigilancia sobre el Ártico y una puerta de entrada hacia Eurasia, una región donde confluyen los intereses de potencias como Rusia y China. Esta cercanía explica por qué, desde la Guerra Fría, Washington ha mantenido presencia militar en el territorio, con una base que hoy es clave para los sistemas de alerta temprana ante misiles y para el monitoreo espacial.
Pero el valor de Groenlandia no es solo militar. Bajo su hielo y sus suelos se esconden algunos de los recursos más estratégicos del siglo XXI. La isla alberga grandes reservas de minerales críticos, como tierras raras, fundamentales para la fabricación de tecnologías modernas: desde teléfonos inteligentes hasta vehículos eléctricos, sistemas de defensa y energías renovables. También hay indicios de petróleo, gas, cobre, níquel y oro, lo que convierte a Groenlandia en una reserva potencial de enorme peso económico.
El problema es que la mayor parte de esos recursos sigue sin explotarse. El propio gobierno groenlandés ha sido prudente, priorizando consideraciones ambientales y sociales. Sin embargo, el progresivo deshielo del Ártico está cambiando las reglas del juego: nuevas áreas se vuelven accesibles y rutas marítimas que antes estaban congeladas empiezan a ser navegables durante más meses del año. Esto reduce costos, abre corredores comerciales y vuelve más atractiva la inversión en una región que antes era prácticamente inaccesible.
Para Estados Unidos, esto implica una oportunidad, pero también un riesgo. Washington observa con preocupación cómo China y Rusia han incrementado su presencia en el Ártico, tanto a nivel científico como económico y militar. En ese contexto, asegurar influencia en Groenlandia permitiría a EE. UU. reforzar su posición en una región que será cada vez más relevante para el comercio global y la seguridad internacional.

Desde Copenhague y Nuuk, sin embargo, la respuesta ha sido clara. Groenlandia forma parte del Reino de Dinamarca y goza de un amplio nivel de autogobierno. Aunque la isla administra la mayoría de sus asuntos internos, la política exterior y la defensa siguen siendo competencia de Dinamarca, cuya soberanía sobre el territorio está reconocida por la comunidad internacional desde hace décadas.
La primera ministra danesa ha advertido que las declaraciones de Trump no pueden tomarse a la ligera y ha insistido en que ni Dinamarca ni Groenlandia tienen intención de ceder el territorio. Para los groenlandeses, además, el debate va más allá de un pulso entre potencias: se trata de su identidad, su autonomía y su derecho a decidir su propio futuro.
Así, Groenlandia se ha convertido en el centro de una disputa que refleja los grandes desafíos del siglo XXI: la competencia por recursos estratégicos, el control de nuevas rutas comerciales y el reordenamiento del poder global en un mundo cada vez más marcado por el cambio climático y la rivalidad entre potencias.