El panorama financiero para las familias que subsisten con un salario mínimo en el país revela una grieta profunda en el sistema bancario tradicional. Según cifras recientes sobre el comportamiento del gasto y el endeudamiento, cerca de la quinta parte de las obligaciones financieras contraídas por los hogares de estratos bajos 20% no provienen de entidades bancarias, sino del mercado informal.
Este fenómeno, comúnmente asociado a modalidades peligrosas como el «gota a gota» o prestamistas de barrio, representa casi el 20% del total de la deuda acumulada por este sector de la población. La cifra no solo alerta sobre la vulnerabilidad económica de millones de personas, sino que pone de manifiesto las barreras de acceso que persisten en la banca formal para quienes perciben ingresos básicos.
El 20% de los hogares con ingresos bajos está en peligro financiero
Para una familia que vive con un salario mínimo, un imprevisto médico, una reparación del hogar o simplemente el encarecimiento de la canasta básica puede desestabilizar el presupuesto mensual. Ante la falta de garantías exigidas por los bancos tradicionales como historial crediticio sólido o estabilidad laboral comprobada—, el mercado informal se presenta como una solución inmediata, pero letal.A diferencia de un crédito de consumo regulado, donde las tasas de interés están vigiladas por las autoridades financieras, los préstamos informales operan bajo lógicas de usura. En muchos casos, los intereses pueden superar el 10% o 20% mensual, creando un ciclo de dependencia donde el deudor termina pagando varias veces el capital solicitado sin lograr amortizar la deuda real.

Los datos indican que este 20% de deuda informal no se destina, por lo general, a inversión o lujos. Por el contrario, se utiliza para:
Cubrir necesidades básicas: Pago de servicios públicos o arriendos atrasados.
Sustento diario: Compra de alimentos en momentos de iliquidez.
Emergencias: Situaciones de salud no cubiertas o reparaciones urgentes.
Mientras que un microcrédito bancario puede tardar días en ser aprobado y requiere trámites burocráticos, el crédito de barrio se entrega en minutos, «sin papeles» y directamente en efectivo. Sin embargo, esta agilidad es el anzuelo para un sistema de cobro que, en los casos más extremos, recurre a la coacción y la intimidación.
A pesar de los esfuerzos gubernamentales y de las entidades financieras por promover la bancarización, el hecho de que uno de cada cinco pesos debidos por los hogares más pobres pertenezca a la informalidad demuestra que el sistema actual no es lo suficientemente flexible.Expertos en economía familiar señalan que el salario mínimo actual, aunque ha tenido ajustes, se ve rápidamente devorado por la inflación de los alimentos y el transporte. Esto deja un margen de ahorro nulo, empujando a los ciudadanos a buscar liquidez fuera del radar institucional. La deuda informal se convierte entonces en un «mal necesario» para la supervivencia diaria, a pesar de los riesgos de seguridad y la erosión del patrimonio que conlleva.
Reducir este porcentaje requiere más que campañas de educación financiera. Se necesitan productos diseñados específicamente para el trabajador que gana un mínimo: créditos de bajo monto con requisitos simplificados que compitan en velocidad con el «gota a gota», pero bajo el marco de la ley.
Mientras el acceso al crédito siga siendo un privilegio para quienes ya tienen capital, el mercado informal continuará siendo el banquero de facto para el 20% de los hogares más humildes. La cifra es un recordatorio urgente de que la estabilidad económica de un país no solo se mide por sus grandes indicadores, sino por la capacidad de sus ciudadanos más vulnerables para financiar su vida sin poner en riesgo su integridad o su futuro.
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