En plena temporada de semana santa en la iglesia, fieles que acuden a distintos templos católicos han notado un cambio llamativo en la decoración de las iglesias: imágenes religiosas, crucifijos y estatuas de santos aparecen cubiertos con telas, en su mayoría de color morado.
Esta práctica, que para muchos puede resultar curiosa o incluso desconcertante, tiene un profundo significado dentro de la tradición litúrgica de la Iglesia Católica.
¿Por qué cubren las imágenes en las iglesias durante la semana santa?
De acuerdo con explicaciones compartidas por la Arquidiócesis de Tulancingo, en el estado de Hidalgo, esta costumbre no responde únicamente a los días posteriores al Viernes Santo, como suele creerse, sino que en algunos casos inicia desde el V Domingo de Cuaresma.

En 2026, esta fecha correspondió al 22 de marzo, momento en el que varias parroquias comenzaron a cubrir sus imágenes como parte de la preparación espiritual hacia la Semana Santa.
El gesto de ocultar figuras religiosas forma parte de un signo litúrgico que busca transformar la experiencia de los creyentes dentro del templo. Según detalló la arquidiócesis a través de sus canales oficiales, esta acción tiene como propósito invitar a los fieles a desprenderse de estímulos visuales que puedan distraerlos, con el fin de enfocar su atención en los momentos centrales de la fe cristiana: la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.
En muchos templos, las imágenes y obras de arte sacro destacan por su riqueza estética y simbólica, lo que naturalmente atrae la mirada de los asistentes. Sin embargo, durante este periodo, cubrirlas permite que los fieles centren su atención en la liturgia, especialmente en la proclamación del Evangelio.
De esta manera, los sentidos se orientan más hacia la reflexión espiritual que hacia la contemplación visual.
El uso del color morado en las telas no es casual. Este tono está tradicionalmente asociado con el tiempo litúrgico de la Cuaresma, caracterizado por la penitencia, la introspección y la preparación para la Pascua. No obstante, las disposiciones del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos contemplan también la posibilidad de emplear el color rojo en ciertos casos.
Además de cubrir las imágenes, las normas litúrgicas establecen otras disposiciones durante la Semana Santa. Entre ellas, se indica que no deben encenderse velas ni lámparas frente a las imágenes de los santos mientras permanezcan cubiertas, reforzando así el sentido de sobriedad y recogimiento propio de estos días.
Aunque en el pasado esta práctica era de carácter obligatorio dentro de la Iglesia, en la actualidad su aplicación es opcional. La Arquidiócesis de Tulancingo aclaró que se trata de una costumbre potestativa, es decir, que cada comunidad puede decidir si la adopta o no. A pesar de ello, en muchos lugares se mantiene vigente por su valor pedagógico y simbólico, ya que ayuda a transmitir el significado de la Cuaresma a los fieles.
Incluso en épocas en las que era obligatoria, existían excepciones. Por ejemplo, se permitía descubrir ciertas imágenes para procesiones específicas, como la de la Virgen Dolorosa con el cuerpo de Cristo en brazos durante el Jueves y Viernes Santo.
Asimismo, la imagen de la Dolorosa podía permanecer visible en el altar durante el llamado Viernes de Dolores, una fecha previa a la Semana Santa.

En cuanto al momento en que estas imágenes vuelven a mostrarse, la normativa litúrgica establece que el crucifijo destinado a la adoración del Viernes Santo debe descubrirse al inicio de este rito. Este gesto suele ir acompañado del canto tradicional “Mirad el árbol de la cruz”, que marca uno de los momentos más solemnes de la celebración.
Así, más allá de una simple tradición estética, cubrir las imágenes en las iglesias representa un llamado a la reflexión y al recogimiento, en uno de los periodos más significativos del calendario litúrgico católico.
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