Si bien los resultados de las votaciones presidenciales en primera vuelta implicaron varias sorpresas, una situación que generó bastante desconcierto fue el número de votos obtenido por la fórmula conformada por Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo. En la Gran Consulta por Colombia, Valencia recibió cerca de tres millones doscientos mil votos, mientras que Oviedo obtuvo algo más de un millón doscientos mil. Por lo anterior, luego de dos meses y medio de campaña, lo único que se podía esperar era que ese número incrementara o, al menos, se mantuviera. Especialmente al considerar que la estrategia política se dirigió a mostrarse como una opción moderada de derecha, en la cual tenían cabida diferentes corrientes y que, además, era la única opción real para ganar en una eventual segunda vuelta en contra de Iván Cepeda. Por lo que, si ya se contaban con los votos de la base uribista que Valencia siempre había representado, la adhesión de Oviedo implicaba la llegada de nuevos votantes de centro. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario y la dupla solo obtuvo cerca de un millón seiscientos mil votos.

En redes sociales se han expresado bastantes teorías para poder entender la disminución en la votación. De todos los tuits que leí al respecto, hay uno que aún resuena en mi cabeza: el reconocimiento de que a Valencia la dejaron sola. El abandono a la candidata no solo fue por parte de algunos miembros tradicionales del Centro Democrático, ni de otras participantes en la Gran Consulta por Colombia, sino también de aquellos votantes uribistas con los cuales contaba Valencia, no solo como representante del partido, sino como la heredera de Álvaro Uribe Vélez. A partir de las máximas de la experiencia, es posible concluir que la migración de esos votos no se dio hacia la candidatura de izquierda de Cepeda, sino que estos se trasladaron a la campaña de Abelardo de la Espriella. Todo lo anterior me llevó a preguntarme: ¿por qué estos votantes consideraron que de la Espriella podría representar mejor sus intereses que Valencia?
La realidad es que sería incorrecto considerar que existe una única explicación al cambio tan drástico que, en tan solo dos meses y medio, tuvo la intención de voto a favor de la candidata. Sin embargo, en mi concepto, gran parte de esta decisión obedece a prejuicios de género que aún están muy presentes en la sociedad colombiana. Más allá de los ataques sexistas que recibieron en campaña tanto Valencia como Claudia López, que los votantes sigan relacionando como “masculinos” asuntos relacionados con la economía y la seguridad, jugó en contra de Valencia. Como lo ha explicado Ann Tickner, tanto en las Relaciones Internacionales como en la Política, hay temas que se entienden como inherentemente masculinos, entre los cuales se encuentran: el manejo de la seguridad, la defensa, los asuntos militares, la lucha contra el crimen y la economía. Mientras que temas como la educación o el bienestar social son considerados como asuntos femeninos. Y, como han expuesto Bodenhausen y Lei, en momentos de inestabilidad o en situaciones en las cuales los votantes consideran que el país pasa un mal momento, la balanza tiende a inclinarse a favor de candidatos hombres.
No fue suficiente que Valencia contara con preparación académica, ni con la experiencia en el legislativo, ni que fuera una de las principales caras de la oposición al gobierno Petro, ni que tuviera el beneplácito de partidos tradicionales, ni que estuviera casada con un hombre, ni que fuera madre, ni que no buscara un cambio absoluto de los cimientos patriarcales del sistema político; todas razones por las que se ha explicado el por qué las mujeres de otras corrientes políticas no han podido llegar a altos cargos en la Rama Ejecutiva. Tampoco valió que, en sus últimas apariciones en plaza pública, optara por acercamientos más fuertes o por indicar que ella no se iba a esconder detrás de vidrios o chalecos antibalas. Por el contrario, de manera consciente o inconsciente, en muchos de los votantes tradicionales de derecha caló el discurso de Abelardo de la Espriella, el cual encarna una masculinidad hegemónica, donde la dureza no es solo una propuesta programática, sino un signo de cómo su hombría lo hace apto para gobernar.
Los resultados del domingo nos demostraron que las normas culturales cambian lentamente y que las creencias antiguas no se desvanecen de la noche a la mañana. Por el contrario, cuando existe incertidumbre, los votantes acuden a atajos cognitivos que activan prejuicios de género. Todo lo anterior me genera más dudas e incertidumbres sobre la posibilidad efectiva de romper techos de cristal. Pues, si este es el resultado obtenido por una candidata que no resulta una amenaza directa al status quo, parece poco probable que candidatas de otras orillas políticas logren resultados distintos al que obtuvo Valencia en estas elecciones presidenciales.
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