martes, agosto 16, 2022
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    Prostitución, corrupción y pobreza: Abelardo De La Espriella

    Prostitución, corrupción y pobreza:

    Abelardo De La Espriella

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    El desmantelamiento de una poderosa red criminal de prostitución infantil y de adultos, que operaba en el nivel nacional y en el internacional, es sin duda un paso importante en la lucha contra ese terrible flagelo. Las autoridades colombianas, de la mano de varias agencias gubernamentales norteamericanas, lograron descifrar los sofisticados métodos y las estrategias implementadas por dichos “mercaderes del sexo” para burlar la ley. Con ello se consiguió la caída de un imperio que facturó miles de millones, pues, de la mano de la prostitución, va el comercio de drogas ilícitas.

    En lo concerniente al “mercadeo sexual” de personas mayores, vaya y venga; al fin y al cabo cuentan con la suficiente madurez para saber lo que hacen y qué es lo que quieren. Lo que sí resulta inaceptable es la utilización de menores para esas prácticas: niños y niñas de hasta 11 años, un verdadero horror. La pregunta inevitable es la siguiente: ¿por qué menores y personas adultas terminan vendiendo su cuerpo al mejor postor? La respuesta es obvia: la falta de oportunidades, la pobreza. Nadie está en eso por gusto.

    En la mayoría de los casos, esas criaturas que acaban prostituyéndose no pueden ser mantenidas por sus padres, porque estos nada tienen que ofrecerles, por cuenta de la exclusión y la ineficiencia del sistema para crear condiciones de prosperidad y bienestar social para todos. Y la fuente de esa iniquidad rampante es la corrupción. Si todos los recursos públicos que se han robado los inescrupulososdurante doscientos años de vida republicana, se hubiesen invertido correctamente, como debe ser, este país no padecería tanta miseria y, seguramente, los niños estarían en la escuela y no entregándose a depravados.

    Lamentablemente, la corrupción no genera tanto interés para el Estado y sus autoridades. Si aplicaran la misma premisa que implementan para perseguir y judicializar a los proxenetas (incluyendo la cooperación internacional), los cacos de cuello blanco hace rato habrían desistido en su empeño de saquear las arcas del Estado; pero no, a nadie le conviene que la corrupción se acabe o que disminuya a sus justas proporciones, como dijo un ilustre expresidente, porque es mucha la gente que come de ese basural. Así de sencillo: lo único que se requiere para extirpar un cáncer como el de la corrupción, es voluntad política, y la verdad es que en Colombia nunca ha habido tal decisión, por parte de la clase dirigente.

    Estamos en mora de contar con un cuerpo élite, integrado por la Fiscalía, la Procuraduría, la Policía y el Ejército, cuyo propósito sea perseguir hasta los confines del infierno la maldita corrupción. Algo así como un “Bloque de Búsqueda”, aunque, pensándolo bien, no habría tantos cupos en las cárceles para todas las ratas con las que contamos; pero ese es un problema que se resuelve construyendo centros de reclusión. Lo cierto es que están buscando el muerto río arriba, porque se combate el resultado, no la causa.

    Todo el mundo sabe que a Colombia se la roban de cabo a rabo, pero esos delitos no se ven reflejados en el número de funcionarios, contratistas y particulares judicializados que hacen parte del entuerto. Solo el 5% de los casos de corrupción pública termina en los estrados judiciales. Las “joyas” que integran el deshonroso 95% restante están felices, gracias a la complicidad o permisividad de la justicia.

    La corrupción es la madre de todas las tragedias de Colombia. El día que como sociedad y Estado entendamos eso habremos encontrado la fórmula para salvar al país de un final apocalíptico.

     

    La ñapa I: El mal llamado proyecto de Equilibrio de Poderes es más de lo mismo: “cambiemos todo, para que nada cambie”.

    La ñapa II: El régimen Chavista, en el Consejo de Seguridad de la ONU, es más peligroso que dejar a Emilio Tapia cerca de un acordeón.

    [email protected]

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    Abelardo De La Espriella

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    El desmantelamiento de una poderosa red criminal de prostitución infantil y de adultos, que operaba en el nivel nacional y en el internacional, es sin duda un paso importante en la lucha contra ese terrible flagelo. Las autoridades colombianas, de la mano de varias agencias gubernamentales norteamericanas, lograron descifrar los sofisticados métodos y las estrategias implementadas por dichos “mercaderes del sexo” para burlar la ley. Con ello se consiguió la caída de un imperio que facturó miles de millones, pues, de la mano de la prostitución, va el comercio de drogas ilícitas.

    En lo concerniente al “mercadeo sexual” de personas mayores, vaya y venga; al fin y al cabo cuentan con la suficiente madurez para saber lo que hacen y qué es lo que quieren. Lo que sí resulta inaceptable es la utilización de menores para esas prácticas: niños y niñas de hasta 11 años, un verdadero horror. La pregunta inevitable es la siguiente: ¿por qué menores y personas adultas terminan vendiendo su cuerpo al mejor postor? La respuesta es obvia: la falta de oportunidades, la pobreza. Nadie está en eso por gusto.

    En la mayoría de los casos, esas criaturas que acaban prostituyéndose no pueden ser mantenidas por sus padres, porque estos nada tienen que ofrecerles, por cuenta de la exclusión y la ineficiencia del sistema para crear condiciones de prosperidad y bienestar social para todos. Y la fuente de esa iniquidad rampante es la corrupción. Si todos los recursos públicos que se han robado los inescrupulososdurante doscientos años de vida republicana, se hubiesen invertido correctamente, como debe ser, este país no padecería tanta miseria y, seguramente, los niños estarían en la escuela y no entregándose a depravados.

    Lamentablemente, la corrupción no genera tanto interés para el Estado y sus autoridades. Si aplicaran la misma premisa que implementan para perseguir y judicializar a los proxenetas (incluyendo la cooperación internacional), los cacos de cuello blanco hace rato habrían desistido en su empeño de saquear las arcas del Estado; pero no, a nadie le conviene que la corrupción se acabe o que disminuya a sus justas proporciones, como dijo un ilustre expresidente, porque es mucha la gente que come de ese basural. Así de sencillo: lo único que se requiere para extirpar un cáncer como el de la corrupción, es voluntad política, y la verdad es que en Colombia nunca ha habido tal decisión, por parte de la clase dirigente.

    Estamos en mora de contar con un cuerpo élite, integrado por la Fiscalía, la Procuraduría, la Policía y el Ejército, cuyo propósito sea perseguir hasta los confines del infierno la maldita corrupción. Algo así como un “Bloque de Búsqueda”, aunque, pensándolo bien, no habría tantos cupos en las cárceles para todas las ratas con las que contamos; pero ese es un problema que se resuelve construyendo centros de reclusión. Lo cierto es que están buscando el muerto río arriba, porque se combate el resultado, no la causa.

    Todo el mundo sabe que a Colombia se la roban de cabo a rabo, pero esos delitos no se ven reflejados en el número de funcionarios, contratistas y particulares judicializados que hacen parte del entuerto. Solo el 5% de los casos de corrupción pública termina en los estrados judiciales. Las “joyas” que integran el deshonroso 95% restante están felices, gracias a la complicidad o permisividad de la justicia.

    La corrupción es la madre de todas las tragedias de Colombia. El día que como sociedad y Estado entendamos eso habremos encontrado la fórmula para salvar al país de un final apocalíptico.

     

    La ñapa I: El mal llamado proyecto de Equilibrio de Poderes es más de lo mismo: “cambiemos todo, para que nada cambie”.

    La ñapa II: El régimen Chavista, en el Consejo de Seguridad de la ONU, es más peligroso que dejar a Emilio Tapia cerca de un acordeón.

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