¡Rebélate, Congreso arrodillado!

Por: Abelardo De La Espriella


Por lo general, los seres humanos viven momentos determinantes en el transcurrir de su existencia, en los cuales deben sentar posiciones, hablar fuerte, generar precedentes o como, se dice coloquialmente, “pararse en la raya”. Lamentablemente, el carácter es un atributo de la personalidad muy escaso por estas tierras del Sagrado Corazón de Jesús: el colombiano promedio es conocido por ser acomodado, oportunista y flemático. La valentía, el arrojo, la gallardía y la altivez no son precisamente los rasgos más representativos de nuestra raza. Lo anterior explica de forma meridiana por qué, a pesar de la anarquía reinante, el pueblo aguanta los avatares indecibles incubados por el desgobierno del régimen santista, sin volcarse a las calles -como debería ser- a exigir los cambios que demanda la Patria.

El congreso de cualquier país es el reflejo de su sociedad y de sus gentes, y, en consecuencia, nuestros “honorables” parlamentarios son tan cobardes como la mayoría de la población que integra esta nación, pero con un agravante letal: la Cámara y el Senado están atestados de políticos corruptos, puesteros y contratistas, que solo piensan en los negocios que harán para reelegirse, buscando con ello seguir robando (para mantener sus feudos) de la mano de mafias locales y nacionales, que ven en el erario el botín por excelencia. El hecho de que estos “señores de la democracia” sean tan alambicados en sus procederes y relativos de principios implica, de suyo, que hipotecarían -como en efecto ocurre- su conciencia al mejor postor.

El régimen que padecemos prostituyó el Congreso de Colombia a niveles inimaginables y francamente repugnantes. El legislativo ha pasado a ser un apéndice del ejecutivo, que “notariza” los caprichos de su amo, cual peón de estribo. No hay división de poderes ni mucho menos autonomía, por la simbiosis de dos elementos altamente nocivos para la institucionalidad: miedo y corrupción. Los congresistas sienten verdadero pánico por las represalias del Gobierno, si no actúan de una manera u otra, y en ello les asiste razón: Juan Manuel Santos es capaz de todo para quitar del medio a quien le estorba; pero, por otro lado, aceptan ser “subastados” a través de puestos, contratos y partidas del régimen, eufemísticamente llamados “mermelada”.

Señores congresistas, ¿qué les dirán en unos años a sus hijos y nietos, cuando no quede nada de Colombia por cuenta de la incursión sin restricciones a la vida nacional de la guerrilla de las Farc, que ustedes, con leyes amañadas e inconstitucionales patrocinan?

¿Acaso no se dan cuenta de que detrás de la democracia y la institucionalidad caerán ustedes mismos y los suyos?

Hoy más que nunca el Congreso de la República tiene la obligación moral e histórica de hundir la ley estatutaria de ese adefesio demoníaco que es la JEP, evitando con ello, entre otras abominaciones, la participación en política de genocidas de lesa humanidad que se están burlando de sus víctimas.

A los congresistas buenos, que son la minoría: sigan luchando por la causa con ahínco. A los bandidos de siempre: reivindíquense de una buena vez, haciendo lo correcto: el honor y el patriotismo son el mejor de todos los legados posibles.

La ñapa I: La Comisión de la Verdad, al igual que la JEP, es un órgano integrado de manera cínica y descarada por personas que claramente tienen posiciones pro-Farc. Ciudadanos que han estado camuflados y agazapados en el interior de las instituciones civiles, a las que, desde hace 60 años, la misma guerrilla quiere destruir. Las Farc no ganaron la guerra militarmente, pero, por cuenta de la estulticia de Santos, se darán el lujo de manejar el tribunal que juzgará a los actores del conflicto y también reescribirán la historia a su acomodo. Con todo esto, la guerrilla y sus amigos pretenden fundar el “nuevo modelo de Estado’, al que los colombianos dijimos “NO” en el plebiscito.

La ñapa II: Se dice que el régimen, de hundirse la ley estatutaria de la JEP, apelaría a la conmoción interior para revivirla. Ojalá sea así: entre más burdo el mecanismo empleado, más fácil será acabar con ese monstruo.