Reivindicando “malas” palabras

Lo primero que habrá que hacer es limpiar el concepto de ocio de cualquier prejuicio que lo acerque a un algo indigno, en tanto tener tiempo libre y disfrutar de él no debería ser un acto reprochable…


Por: Felipe Jaramillo Vélez

A manera de oráculo, es decir, sin mucha ciencia, pero con mucha razón, puede uno afirmar que aquel que cimentó su vida en el trabajo, tal vez alcanzó algo de riquezas materiales, más no necesariamente mucha vida.

Reivindicar el ocio (del latín otium y del griego scholé, el tiempo libre, el tiempo para las actividades más elevadas del espíritu) en tiempos extraños como los que vivimos podría sonar descabellado.

Reactivar la economía, acelerar procesos en los que se generen necesidades en los consumidores y eficiencias en la producción, podría ser lo único apremiante en la actualidad.

Sin embargo, reinventarse ―esa palabra tan manida en nuestros días― podría lograrse solo a través del ocio.

Para ello, lo primero que habrá que hacer es limpiar el concepto de ocio de cualquier prejuicio que lo acerque a un algo indigno, en tanto tener tiempo libre y disfrutar de él no debería ser un acto reprochable.

Todo lo contrario, debería ser promovido como una capacidad exclusiva de los hombres que toca a todas las virtudes cardinales, ya que es prudente saber reposar suficientemente; es justo porque es un derecho del hombre ocupar parte de su tiempo en el cultivo de sí.

Denota templanza, pues equilibra los extremos viciosos de la adicción al trabajo y de la pereza y es propio del hombre fuerte, que mantiene su proceso de perfeccionamiento y de búsqueda de la virtud en medio de contingencias y adversidades, sin dejar que lo perturben ni lo inquieten más allá de la medida correcta.

Siguiendo con la reflexión, habría que evaluar las consecuencias de migrar del ocio natural ―que se despliega al aire libre, en campo abierto― al ocio de pantallas.

El primero, claramente, es un signo de la comunidad y el segundo es un reflejo del triunfo del individualismo muy propio del hombre posmoderno.

Habría que analizar las consecuencias de limitar los lugares para el ocio y, con ello no hablo de casinos ni burdeles, hablo de lugares donde el tiempo libre se mezcla con la generación de conocimiento, hablo de las universidades y de los colegios.

Limitar la educación –búsqueda común del saber– a la red es privar a los jóvenes de un espacio de creación y de relaciones como es el campus.

Trasladar las charlas en un corredor, una cafetería o un prado a un chat o una red social es ya una señal de deshumanización.

Patear un balón, compartir un buen libro, escuchar un riff de guitarra, o simplemente, asistir a un stand up comedy improvisado, son más allá de actos ociosos, momentos de socialización que superan con creces a las relaciones virtuales que en los últimos años hemos privilegiado y que hoy nos agobian.

Por lo anterior ―y sé que es mucho pedir―, la reinvención podría estar más en regresar a lo natural que en seguir en el avance de una vida contra-natura.

Regresar al campo, a las buenas constumbres, volver a una vida reposada sin tantas pretenciones, podría ser más satisfactorio que seguir recabando en un alter ego en el que la innovación marca la utilidad o la inutilidad de las personas.

Repensar el ocio, entregándole un lugar importante en nuestra vida, podría hacer que en nuestros últimos días las arcas no estén llenas, pero, a lo mejor, tendremos la dicha de no haber dejado eso que siempre fue nuestra pasión.

Además, podremos terminar con el placer de haber cosechado el ocio como una sana forma de vida lejana de la holgazanería y la pereza, tan contrarias al ocio como el activismo, la prisa y las carreras de las que no queda sino el cansancio.

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