Las regiones han pasado del anhelo a la exigencia de una autonomía real. Los mandatarios locales y regionales han planteado de forma reiterada su deseo por la descentralización para poder tomar con autonomía las decisiones de sus territorios, y no depender de la capital. De hecho, en la última década este tema ha generado bastante discusión a nivel nacional. No obstante, al lograr el reconocimiento de la importancia de cada territorio para el desarrollo, se puede hacer evidente la necesidad del salario diferencial por regiones y la inversión que esto traería.
Y aunque el deseo por la descentralización pareciera ser un capricho regional, la realidad es que las dinámicas del día a día han demostrado que las políticas que se dictan desde el gobierno central muchas veces son arbitrarias. Lo anterior se debe al desconocimiento de las necesidades de los 1.103 municipios que tiene el país y en donde el Estado brilla por su ausencia. Es imposible dictar el futuro de 1.103 municipios desde un escritorio en la capital.
El papel de los presidentes en los últimos gobiernos también ha jugado un papel relevante en este tema, su interés en la descentralización ha sido casi que nulo. Esto ha llevado a un mayor anhelo por parte de las ciudades de poder contar con autonomía y a una critica reiterada sobre la atención que reciben, así como sobre la agilidad en resolver problemas puntuales de las regiones. La descentralización no es solo un deseo político, sino una necesidad económica asfixiada por el centralismo de Bogotá.
Esta desconexión no solo alimenta la inequidad, sino que genera una resistencia electoral significativa. El castigo en las urnas es la respuesta natural de una región que ve cómo su economía local se estanca mientras las soluciones se pierden en la burocracia central. El reto entonces para el próximo gobierno es el de la descentralización efectiva. Resolver los problemas a nivel regional debe ser una prioridad y el proponer políticas acordes con el desarrollo de la economía local.
Para esto, no se debe perder de vista el respeto por la propiedad y la empresa privada, al ser los motores de progreso y desarrollo. Así como incentivos regionales, entre los que podría estar presente el salario diferencial, para atraer inversión a zonas olvidadas como el litoral Pacífico y el Caribe. Esto fortalecería la fuerza laboral y el crecimiento del país en términos económicos.
Además, no hay que olvidar que el costo de vida varía en cada ciudad del país. Un arriendo, un mercado o un servicio público varía dependiendo el lugar en el que se reside. Es aquí en donde garantizar la descentralización y proponer un salario diferencial por regiones podría promover el crecimiento económico del país. El salario diferencial puede ser una herramienta técnica para corregir las asimetrías de costos entre ciudades como Medellín o Bogotá y el resto del país.
Garantizar la descentralización y ejecutar un salario diferencial no es un beneficio para las regiones, es la única vía para que Colombia deje de crecer a distintas velocidades y por fin priorice el motor de su verdadera riqueza, la empresa privada y la fuerza laboral de sus zonas olvidadas
